TERCERA Y ÚLTIMA PARTE
En América Latina, la Guerra Fría no fue fría en absoluto, sino todo lo contrario. El derrocamiento de Árbenz en Guatemala (1954), el bloqueo y los repetidos intentos de desestabilización contra Cuba tras la Revolución de 1959, el respaldo a dictaduras militares en el Cono Sur bajo el paraguas de la Operación Cóndor, y el golpe contra Salvador Allende en Chile (1973) convirtieron a la región entera en un laboratorio de intervencionismo encubierto. Por su parte, en Asia Occidental, el golpe de la CIA y el servicio de inteligencia británico contra el primer ministro Mossadegh en Irán (1953) —para revertir la nacionalización del petróleo iraní y reinstalar al Sha— sembró un resentimiento que aún hoy define buena parte de la relación entre Washington y Teherán. En suma, entre golpes de Estado auspiciados o tolerados, financiamiento de contrainsurgencias y apoyo a dictaduras aliadas, la Guerra Fría dejó en el "mundo libre" una contradicción evidente: la defensa retórica de la democracia coexistió, sistemáticamente, con el patrocinio de su destrucción allí donde un gobierno electo amenazaba los intereses estratégicos estadounidenses.
Con la desaparición de la Unión Soviética en 1991 comenzó el llamado "momento unipolar". Por primera vez en la historia contemporánea, una sola potencia dominaba prácticamente todos los ámbitos del poder internacional: el militar, el financiero, el tecnológico y el cultural. Fue el momento del "fin de la historia" que anunció Francis Fukuyama, la promesa de que la democracia liberal y el capitalismo de mercado habían resuelto definitivamente la pregunta sobre cómo debía organizarse la sociedad humana. Las guerras del Golfo, Afganistán e Irak reflejaron esa confianza en un liderazgo sin contrapesos. Durante esos años, muchos llegaron a creer que el siglo XXI sería, inevitablemente, el siglo estadounidense
Sin embargo, la historia rara vez permanece inmóvil. El ascenso económico y tecnológico de China, la recuperación militar de Rusia, el fortalecimiento de potencias regionales como India y Turquía, así como el desgaste provocado por dos décadas de guerras en Asia Occidental, han reducido el margen de maniobra de Washington. Estados Unidos continúa siendo la principal potencia del planeta, pero ya no disfruta de la supremacía absoluta que caracterizó la década de los noventa, ahora presenta grandes desafíos estructurales como su alta deuda, la creciente polarización, la desindustrialización de su economía, la cuasi-guerra civil en su interior, la ruptura del "sueño americano" y su retraso tecnológico en misiles hipersónicos. Ahora enfrenta un escenario de competencia entre grandes potencias que recuerda, en algunos aspectos, a otras transiciones históricas del poder mundial. Doscientos cincuenta años después de Filadelfia, la pregunta que mis estudiantes formulan frente al mapa: "¿cómo trece colonias se convirtieron en un hegemón?", empieza a tener una contraparte igual de urgente: "¿Cuánto tiempo más puede sostenerse esa hegemonía?".
Las opiniones aquí expresadas son responsabilidad exclusiva de sus autores, y por ello no corresponden necesariamente con las de esta casa editorial ni de su sitio web