PRIMERA PARTE
El 4 de julio de 1776, en la ciudad de Filadelfia, un grupo de cincuenta y seis representantes aprobó un documento, que rompió con tinta y sangre, el vínculo de las trece colonias con la corona inglesa. Bajo la brújula de la "vida, libertad y la búsqueda de la felicidad", y la promesa de que "todos los hombres son creados iguales", nació un proyecto de Estado que dos siglos y medio después, se convirtió en el hegemón del sistema internacional. Aquel acto fundacional fue también la primera piedra de una lógica que acompañaría a Washington durante el resto de su historia: la de expandirse hacia el oeste, intervenir hacia el sur y proyectarse al resto del mundo.
Cuando imparto la materia de Historia de Estados Unidos, suelo mostrar al grupo dos mapas, uno junto al otro. El primero muestra a las trece colonias originales, apretadas contra la costa del Atlántico, el segundo ilustra el territorio actual de EUA con sus bases repartidas en los cinco continentes. Esa comparación nunca falla en despertar una duda llena de curiosidad: "¿Cómo es que ese territorio tan pequeño se convirtió en el país más poderoso del mundo?" No es una pregunta menor. La mayoría de los autores estadounidenses responden apelando al "excepcionalismo estadounidense" y a una supuesta superioridad de los "valores occidentales", que esa nación habría encarnado "mejor que nadie". Mi respuesta, por el contrario, suele ser más cruda: por el expansionismo y el intervencionismo. Ahí comienza el recorrido histórico, que se puede resumir en seis etapas: la expansión al Oeste, el nacimiento del imperio, la proyección mundial, la Guerra Fría, el momento unipolar y el declive relativo.
Cuando Estados Unidos emergió como país, los Montes Apalaches constituyeron su frontera natural al Oeste. Esta situación cambió en 1783, con la firma del Tratado de París, por el cual Gran Bretaña cedió el Valle del Ohio y otros territorios entre la vieja frontera y el Río Misisipi. Así, el joven país duplicó su tamaño y comenzaron los deseos expansionistas hacia el Oeste, mismos que serían alentados por los presidentes, como el caso de Thomas Jefferson, quien realizó la compra de la Luisiana en 1803, un territorio que amplió el suelo estadounidense otros 2 millones 144 mil 476 kilómetros cuadrados más. Luego vino la compra de la Florida a España, con el Tratado Adams-Onís de 1819.
Para 1823, el quinto presidente, James Monroe proclamó su famoso discurso al Congreso, que sería recordado como "la Doctrina Monroe". De esa manera se estableció una brújula de política exterior: las Américas ya no serían objeto de colonización europea y todo intento europeo de expandirse en el "hemisferio occidental" sería considerado una amenaza. Esto en la práctica representó la división del mundo en dos esferas de influencia, una para Europa y otra para Estados Unidos. De allí la frase "América para los americanos".
Esos episodios no estuvieron exentos de sangre. Como el expansionismo requería de las tierras, en 1830 se aprobó la Ley de Traslado Forzoso de Indígenas, que desplazó a miles de personas de las naciones cherokee, muscogee, chickasaw, entre otras. Las llamadas "Guerras Indias" fueron una muestra de lo que depararía el futuro: el desplazamiento sistemático poblaciones nativas, con el objetivo de despejar el territorio para asentamientos blancos.
Los siguientes objetivos fueron Texas y México. Esos deseos expansionistas se observan en el Destino Manifiesto, un término acuñado por el periodista John L. O´Sullivan en 1845. O´Sullivan argumentó en su ensayo "Anexión" (del inglés, "Annexation") que el gobierno estadounidense debía obtener Texas porque era su "destino manifiesto extenderse por el continente". Y con el Tratado de Guadalupe-Hidalgo, México perdió más de la mitad de su territorio, desde la Alta California hasta Nuevo México. Este ciclo se cerró con el Tratado de Oregón de 1846 y la compra de La Mesilla en 1853. Estados Unidos logró su expansión al Oeste y obtuvo salida a los dos océanos.
Si algo le aprendió Estados Unidos a Gran Bretaña fue que el control de los mares es vital para un imperio. Con la frontera continental prácticamente cerrada, el expansionismo viró hacia otros lados. Esta segunda etapa comenzó con la compra de Alaska en 1867, para obtener un espacio en el Ártico y sacar de Norteamérica al Imperio Ruso. Le siguió la ocupación de Midway y la Anexión de Hawai en 1898, lograda tras derrocar a la reina Liliuokalani, por colonos y empresarios azucareros estadounidenses, respaldados por marines. De esa manera el proyecto imperialista estadounidense obtuvo posiciones estratégicas en el Pacífico.
En esta época, Estados Unidos pasó de una potencia colonial a una potencia colonial de ultramar, al derrotar a España en 1898. En cuestión de meses, España perdió Cuba, Puerto Rico, Guam y Filipinas, y Washington heredó ese imperio casi sin esfuerzo. Cuba obtuvo una independencia condicionada por la Enmienda Platt, que le otorgaba a Estados Unidos el derecho de intervenir militarmente en la isla. Puerto Rico y Guam quedaron como posesiones directas. Mientras que Filipinas resistió la ocupación estadounidense en una guerra de contrainsurgencia (1899-1902) que costó cientos de miles de vidas.
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