La aprehensión y muerte de El Mencho —catalogado como el criminal más influyente y poderoso del mundo actual— ha propiciado todo tipo de interpretaciones y ha suscitado cualquier cantidad de narrativas que resulta difícil percibir con claridad el sentido y el alcance del hecho. No me resulta fácil inclinarme ni hacia el optimismo que desbordan las versiones que aplauden a la presidenta, ni hacia el explícito revanchismo de quienes creen que la acción es resultado de la sumisión presidencial a la voluntad de Trump. Mis esfuerzos por entender me han conducido a un laberinto de hechos, dudas y preguntas. Lo comparto.
En primer término, un hecho. La ocurrencia del suceso tiene que ubicarse forzosamente en el marco de la contradictoria dialéctica de la estrategia de seguridad de la presidenta. Por un lado, su convicción de no reproducir por completo la política de su antecesor; es decir, optar por repartir menos abrazos y disparar balazos cuando necesario, sin que esto implique dejar de hacer eco en las conferencias matutinas de la principal importancia del combate a las causas del fenómeno. Por otro, la presión arrogante de Donald Trump y su convicción de que buena parte del territorio mexicano está en manos del crimen organizado y que la presidenta es una mujer increíble pero vive aterrorizada por los terroristas integrados en cárteles. Las evidencias son sólidas: fue el ejército mexicano el que operó la aprehensión, pero lo hizo con fuerte apoyo de inteligencia norteamericana. Los datos fueron recopilados en el último semestre del año pasado y entregados a la presidenta antes del inicio de éste.
Una duda. Resulta complicado creer que la secretaría de Gobernación y las fuerzas del orden desconocieran la ubicación del líder del cártel, a pesar de que era ampliamente conocido que estaba muy enfermo, que requería diálisis y que no tenía mucha movilidad. Menos creíble resulta la versión de que los movimientos de su pareja fueron los que revelaron el sitio de su resguardo. De lo contrario, habrá que preocuparse por la calidad de los servicios de inteligencia del gobierno mexicano.
Inevitables, pues, las preguntas: ¿pesó más en este caso la presión norteamericana que la estrategia de seguridad en manos de García Harfuch? Si es así, ¿qué sigue? ¿Qué dirección tomará la política de seguridad? ¿Reaccionar ante sucesivas solicitudes (bajémosle el nivel) del gobierno norteamericano? ¿Reaccionar autónomamente de acuerdo con la forma en la que las agrupaciones criminales respondan al hecho? ¿Hay ya trazadas rutas críticas de corto y mediano plazos?
Otros tres hechos. La aprehensión y muerte de Nemesio fue conocida por el enorme flujo de noticias que corrió por redes y medios de comunicación desde las primeras horas de la mañana. La información oficial se hizo pública por la tarde, a través de un escueto y muy cuidado boletín emitido por la Secretaría de la Defensa, no por presidencia; tampoco por la secretaría de Gobernación. Especial atención se identifica en él en no sobredimensionar la cooperación norteamericana.
En la conferencia matutina del lunes, la presidenta calmó a la población y garantizó la seguridad en el territorio, pero fue el secretario de la Defensa el encargado de dar los pormenores de la operación, poniendo especial énfasis en las bajas del ejército y afirmando categóricamente —así cerró su intervención— que el mexicano es un estado fuerte.
El mismo lunes, en el programa a Ras de Tierra, en entrevista con Ricardo Raphael, Arturo Ávila, vocero de Morena, se regodeó con el hecho y presumió la estrategia comunicativa de la presidenta. Mientras que Calderón (inevitable referencia) se habría puesto uniforme militar y habría ocupado el primer plano, dijo, la presidenta, en cambio, se hizo a un lado y dejó al secretario de Defensa informar sobre asuntos militares. A ella le corresponde, afirmó con sonrisa plena, la materia civil.
Me preocupa el interés en cuidar la información y la modestia de la presidenta. No soy defensor de Calderón, pero no creo que la vanidad y el protagonismo hayan sido las motivaciones que lo condujeron a anunciar el inicio de hostilidades contra el crimen organizado. Era el presidente y le correspondía hablar de frente al país sobre una decisión (mala o buena, es otra cosa) que era suya, que correspondía a su cargo.
No puedo dejar de preguntarme ¿por qué no fue ella quien se hizo cargo de informar sobre los hechos? ¿Por qué sólo se ocupó de referir la seguridad de la ciudadanía y no, en cambio, de decirle al país que bajo su mando el estado es fuerte y que la aprehensión del Mencho sólo es un primer paso para desmantelar el control que el crimen organizado tiene sobre buena parte del territorio y de las actividades económicas y políticas? ¿Por qué dejó que un militar afirmara la fortaleza de un estado gobernado por civiles? ¿No habría sido conveniente que ella le demostrara a Trump que no le teme al crimen organizado? ¿Qué significado adquieren tanto la caída del líder más importante del crimen organizado como la postura gubernamental frente al gobierno norteamericano cuando el suceso es encapsulado como un hecho aislado, como un evento sin conexiones con el empoderamiento adquirido por las bandas criminales a través de varias décadas y sin una dirección futura?
¿Seguirá la política de seguridad presa de sus contradicciones? ¿Por cuánto tiempo más podrá la presidenta hacer malabares para comunicarse —al mismo tiempo, con el mismo mensaje— con Palenque y con Washington?