«Me gusta el vino tanto como las flores. Y los conejos, pero no los tractores».
Facundo Cabral
El fósforo no tiene el prestigio del petróleo ni el brillo del litio, pero sostiene una parte medular de la civilización moderna: la producción de alimentos. Sin fósforo no hay moléculas esenciales para la vida, como el ADN, y por tanto no hay raíces vigorosas, no hay granos llenos ni pasturas productivas. A diferencia del nitrógeno, que puede capturarse de la atmósfera mediante procesos biológicos o industriales, el fósforo agrícola depende en gran medida de una fuente geológica: la roca fosfórica. Es decir, es un recurso limitado y concentrado, y si la intención es mantener el ritmo de producción de la tierra, es necesario empezar a usarlo de maneras más inteligentes.
El fósforo no se "fabrica", sino que se extrae, se procesa, se transporta y se aplica. La agricultura moderna lo convirtió en fertilizante; el sistema alimentario lo convirtió en dependencia. De acuerdo con revisiones científicas, el fósforo no tiene sustituto en la producción de alimentos y el uso de fertilizantes fosfatados ha sido decisivo para elevar los rendimientos agrícolas durante las últimas décadas (Cordell and White, 2014).
La crisis no radica en que mañana se acabe el fósforo y, por consecuencia, la comida. El riesgo es más complejo y trastoca dimensiones tanto económicas, como ambientales, sociales y geopolíticas. Una de las preocupaciones principales es que las reservas están ubicadas en pocos territorios. El informe Our Phosphorus Future señala que cinco países concentran alrededor del 85 % de las reservas conocidas de roca fosfórica, y que cerca del 70 % se ubica en Marruecos y Sahara Occidental (Brownlie et al., 2022). En 2024, los principales productores fueron China, Marruecos, Estados Unidos y Rusia, como ha sido por varios años. La monopolización del recurso se traduce volatilidad en los precios y variabilidad en la calidad del mineral.
México se encuentra en una situación comprometida. En 2024, el intercambio comercial de fertilizantes alcanzó 2,670 millones de dólares, con compras internacionales por 2,330 millones y ventas por apenas 346 millones; es decir, una balanza claramente dependiente de importaciones (Data México, s.f.). La dependencia hacia las importaciones de fósforo deja al país en una posición vulnerable, incluso en temas de seguridad alimentaria.
En Tabasco, esta discusión parece lejana, pero no lo es. Cada hectárea de maíz, cacao, palma, forraje o caña depende de la fertilidad del suelo. En los sistemas ganaderos tropicales, el fósforo también es decisivo en el crecimiento, la reproducción, el metabolismo energético y el desarrollo óseo de los animales. Ante su carencia, no solo baja el rendimiento del pasto; también puede disminuir la productividad animal.
Entonces aparece la gran contradicción: hay una alta demanda de fósforo, pero gran parte del mineral que entra al sistema productivo no termina en los alimentos, sino en escurrimientos, estiércol mal manejado, aguas residuales o sedimentos. Esto no solo supone pérdidas de dinero; también conduce a la contaminación de cuerpos de agua por un fenómeno llamado eutrofización, donde el exceso de nutrientes en el agua desequilibra el ecosistema. Por eso, el futuro del fósforo no debe pensarse solo como minería, sino como reciclaje. La economía circular del fósforo propone recuperar este nutriente de todos estos reservorios, sean estiércoles, lodos, aguas residuales o residuos agroindustriales. Una de las rutas más estudiadas es la recuperación como estruvita, un mineral de liberación lenta que contiene magnesio, amonio y fosfato. Las revisiones recientes señalan que los planes nacionales de reciclaje de fósforo pueden reducir riesgos para la seguridad alimentaria y, al mismo tiempo, disminuir la eutrofización de ríos, lagunas y costas (Brownlie et al., 2024).
Mientras algunos países temen no tener fósforo suficiente para producir alimentos, otros contaminan sus cuerpos de agua por exceso de fósforo perdido. El reto no es solamente conseguir más fertilizante, sino usarlo mejor. En ganadería, esto implica analizar suelos y forrajes, ajustar suplementación mineral, evitar sobredosificación, manejar estiércol, proteger zonas ribereñas y reincorporar nutrientes al suelo. En agricultura, implica fertilización de precisión, manejo de la materia orgánica, abonos recuperados y monitoreo técnico.
El esquema actual de producción de alimentos es intensivo y, paradójicamente, excesivo. Mientras no se plantee seriamente un cambio de filosofía en el manejo de la tierra y en los patrones de consumo, crisis silenciosas como la del fósforo seguirán presentándose. El rendimiento de la tierra no está limitado exclusivamente por el número de tractores, también juegan los ciclos biogeoquímicos que hemos alterado. Y si una vez lo alteramos para desbalancearlo, tratemos de regresarlo al curso natural. El suelo es un recurso finito, y debemos de construir alrededor de ese hecho. Repetir el ciclo de deteriorar la tierra y compensarlo añadiendo más fertilizantes solo posterga el problema. (jorgequirozcasanova@gmail.com)
Las opiniones aquí expresadas son responsabilidad exclusiva de sus autores, y por ello no corresponden necesariamente con las de esta casa editorial ni de su sitio web.