SEGUNDA DE DOS PARTES
Para entender lo que ocurre hoy en Irán recordemos que en 1953, el gobierno de Mohammad Mossadegh, un nacionalista democrático, nacionalizó el petróleo. Reino Unido y Estados Unidos no se lo perdonaron y orquestaron un golpe de Estado para restaurar a la monarquía del Sha Mohammad Reza Pahlavi. Así comenzó una dictadura de 26 años que saqueó los recursos de ese país. En 1979 el pueblo iraní se rebeló y derrocó a Reza Pahlavi.
CONTRA UNA TIRANÍA
La Revolución Islámica de 1979 no fue un secuestro del país por fanáticos religiosos, como suele venderse en los discursos de la derecha global. Fue la respuesta del pueblo, con una gran fortaleza religiosa, con sus mezquitas y sus calles, luchando contra la tiranía del Sha, impuesta por Occidente. El ayatolá Jomeini no llegó en tanques; llegó en un avión comercial, recibido por millones de iraníes que veían en él la promesa de dignidad y soberanía. Desde entonces, Irán se constituyó como un gobierno chiíta, y esto no es algo menor.
El Islam está dividido en dos grandes ramas, el sunismo y el chiísmo. Esta fractura no es solo teológica, es política, y se originó tras la muerte del Profeta Mahoma. Los chiítas, minoritarios en el mundo musulmán pero mayoritarios en Irán, creen que el liderazgo de la comunidad debe recaer en los descendientes del profeta, en los imanes. Para ellos, Irán no es solo un país; es el corazón espiritual de su fe. Atacar Irán no es solo atacar un gobierno; es agredir el centro simbólico y religioso de una comunidad de creyentes que cuenta sus mártires con lágrimas y su fe con orgullo.
A diferencia de lo que repiten los voceros del imperio, en Irán sí hay elecciones. El pueblo vota para elegir a su presidente, a su parlamento y a la Asamblea de Expertos. Existe una democracia que convive con las instituciones religiosas, y difícilmente podría ser de otra manera, ya que entre el 89% y el 95% de la población iraní profesa el islam chiíta. Nos guste o no su naturaleza teocrática, es un sistema con raíces profundas en la identidad nacional. Y es esa identidad, forjada en la fe y en la resistencia, la que el imperio pretende borrar con misiles.
El líder supremo, o ayatolá, es la máxima autoridad política y religiosa, con poder de veto sobre todas las decisiones de Estado. Es un cargo vitalicio, y desde 1989 lo ocupaba Alí Jamenei, sucesor del ayatolá Ruhollah Jomeini. Bajo su mando, compiten por el poder el presidente, el clero y la Guardia Revolucionaria. Es un sistema que fragmenta la toma de decisiones, pero que paradójicamente refuerza la autoridad final del ayatolá. La muerte de Jamenei abre una etapa de incertidumbre radical en Irán. Desde 1979, solo ha ocurrido una transición: la de Jomeini a Jamenei en 1989. Ahora, la constitución iraní activa un mecanismo de emergencia. La transición queda en manos de un Consejo de Liderazgo provisional, integrado por tres figuras: el presidente superviviente Masud Pezeshkian, el jefe del Poder Judicial Gholamhossein Mohseni Ejei (ultraconservador de línea dura) y el clérigo Alireza Arafi, miembro del poderoso Consejo de Guardianes y director de la red de seminarios islámicos de Qom. De estos tres, Pezeshkian es el menos radical, un médico devenido en político al que Occidente suele presentar como "moderado", aunque jamás osó oponerse a Jamenei. Los otros, Mohseni Ejei y Arafi representan el ala más dura del régimen. Pero la decisión final no es de ellos; la designación del nuevo líder supremo corresponde a la Asamblea de Expertos, un cuerpo de 88 clérigos elegidos por voto popular, aunque bajo el estricto filtro del Consejo de Guardianes.
La analista Suzanne Maloney, de la Brookings Institution, ha planteado tres escenarios para lo que viene. El primero es la continuidad controlada: la Asamblea de Expertos elige a un clérigo de perfil bajo, un funcionario leal al sistema, que garantice la supervivencia del régimen sin sobresaltos. Nombres como el propio Arafi, o incluso una figura simbólica como Hasán Jomeiní (nieto del fundador de la revolución), podrían emerger. El segundo escenario es el giro autoritario-militar: la Guardia Revolucionaria, que ya concentra un enorme poder económico y político, toma el control formal del Estado. En este escenario, figuras como Mojtaba Jamenei, hijo del líder fallecido y con profundos vínculos con los cuerpos de seguridad, podrían erigirse como el hombre fuerte detrás de un nuevo orden castrense. Sería un Irán más parecido a Egipto o Pakistán, represivo, nacionalista, pero quizás más pragmático en lo económico y menos atado a la retórica religiosa. El tercer escenario es el colapso del régimen: una combinación de guerra externa, crisis interna y luchas de poder que lleven a la desintegración del Estado. Maloney advierte que este escenario, aunque menos probable, sería el más catastrófico: un vacío de poder que podría desatar guerras civiles, movimientos autónomos de minorías étnicas (kurdos, baluchis) y una desestabilización regional de consecuencias impredecibles. Para Estados Unidos e Israel, un Irán colapsado sería un dolor de cabeza mayúsculo: otro Estado fallido en una región que ya cuenta con demasiados en tales condiciones.
Mientras tanto, en los think tanks (tanques de pensamiento, consejeros) de Washington y en las mesas de análisis de Tel Aviv, vuelve a circular un nombre: Reza Pahlavi, el hijo del último Sha, exiliado desde 1979. Como en 1953, el imperio busca su "hombre fuerte", su títere. Pero la historia no se repite como farsa, sino como advertencia. Pretender que un monarca sin base social, que no vive en Irán desde hace décadas, puede gobernar un país de 85 millones de personas con una revolución islámica en su memoria es el colmo del pensamiento mágico imperial. Como ha señalado Richard Haas, diplomático y politólogo, "el cambio de régimen es más fácil de proclamar que de ejecutar". Y sin presencia en tierra, sin un ejército propio, sin un pueblo que lo respalde, Pahlavi es solo un nombre que el imperio agita para justificar sus bombas.
La lección que nos deja este 28 de febrero es brutal pero necesaria: la diplomacia no le importa al imperio cuando sus cañones están calientes. Irán negoció, ofreció concesiones, aceptó limitar su programa nuclear y se sentó en Mascate a hablar con los enviados de Trump. Y aun así, las bombas cayeron sin importar la población civil. Esto debería enseñarnos algo como pueblo del Sur Global: la buena voluntad no detiene al imperialismo.