PRIMERA DE DOS PARTES
Irán es uno de los países más juzgados y menos comprendidos del mundo. Cuando se habla de él, suele reducirse a una serie de adjetivos como "teocracia", "dictadura", "régimen", "radical", "peligroso" o "autoritario". Sin embargo, esas palabras suelen decir más sobre nuestros prejuicios que sobre la realidad de ese país. En un mundo acostumbrado a presentar un solo modelo político como universal, lo diferente tiende a generar rechazo y lo desconocido, miedo. Pero antes de juzgar a una nación conviene comprender su origen, sus creencias y su historia. Y para entender a la República Islámica de Irán es necesario hacer un viaje en el tiempo, hasta los últimos días del profeta Mahoma.
Mahoma, o Muhammad, nació alrededor del año 570 d.C. en la ciudad de La Meca, en la actual Arabia Saudita. Era comerciante y según la tradición islámica, solía retirarse a meditar a una cueva en el monte Hira. Allí, alrededor del año 610, el arcángel Gabriel le transmitió las primeras revelaciones de Dios. A partir de entonces, Mahoma comenzó a predicar el mensaje de Alá y a llamar a la adoración de un solo Dios. Así nació la religión que hoy conocemos como islam, la segunda con más creyentes en el mundo, con cerca de 1 900 millones de fieles.
En el año 632, luego de haber unificado gran parte de Arabia bajo la nueva fe, Mahoma murió sin dejar instrucciones claras sobre quién debía liderar a la comunidad musulmana. La ausencia de una sucesión definida abrió un debate que marcaría la historia del islam para siempre. Por un lado, algunos notables de La Meca consideraban que el nuevo líder debía elegirse entre los compañeros más sabios y respetados del profeta. Por otro lado, la familia de Mahoma en Medina defendía que el liderazgo debía permanecer dentro de su linaje, particularmente en Alí, primo y yerno del profeta. De ese desacuerdo surgió la gran división del mundo musulmán. Al primer grupo se le conoció como sunnitas, del árabe Ahl al-Sunna, "la gente de la tradición". A los partidarios de Alí se les llamó chiitas, del árabe shiat Alí, literalmente "el partido de Alí".
Tras la muerte de Mahoma, la comunidad musulmana eligió como primer califa a Abu Bakr, uno de sus compañeros más cercanos. Después gobernaron Umar y Uthmán, este último perteneciente al poderoso clan omeya. Durante esos años, Alí quedó al margen del poder, lo que alimentó las tensiones dentro de la joven comunidad islámica. En el año 656, Uthmán fue asesinado en medio de una grave crisis política y Alí fue finalmente proclamado califa. Pero llegó al poder en el peor momento posible: el mundo islámico estaba al borde de una guerra civil. El gobernador de Siria, Muawiya, miembro del clan omeya, lo acusó de ser cómplice del asesinato de Uthmán y se negó a reconocer su autoridad. Así comenzó la primera guerra civil del islam, conocida como la primera fitna.
Alí fue asesinado en el año 661. Muawiya tomó el poder y fundó la dinastía omeya, transformando el califato en un sistema cada vez más cercano a una monarquía hereditaria. Sin embargo, la historia no terminó ahí. Alí había tenido dos hijos con Fátima, la hija de Mahoma: Hassan y Huséin. Y sería Huséin quien se convertiría en la figura central del martirio chiita.
En el año 680, el poder estaba en manos de Yazid, hijo de Muawiya, quien había roto con la tradición al designar heredero a su propio hijo. Para los partidarios de la familia del profeta, aquello representaba una traición al espíritu del islam. Huséin se rebeló, pero fue interceptado por las tropas de Yazid en Karbala, en el actual Irak. Allí, Huséin y sus pocos seguidores fueron derrotados y asesinados. La muerte de Huséin se convirtió en el gran símbolo del chiismo. Para los chiitas, Karbala no es solo una batalla histórica, sino el ejemplo eterno de la lucha entre la justicia y la tiranía. Cada año, millones de fieles conmemoran ese sacrificio durante la festividad de la Ashura.
Hoy el chiismo representa entre el 10 y el 15 % del mundo musulmán. Sin embargo, se concentra en países clave como Irán, Irak, Bahréin y Azerbaiyán, además de tener comunidades importantes en el Líbano, Yemen, Afganistán y Pakistán. En Irán, cerca del 89 % de la población es chiita. Dentro del chiismo, la corriente mayoritaria es la llamada "duodecimana". El nombre proviene de su creencia en doce imanes, líderes espirituales descendientes de Alí, considerados los guías legítimos de la comunidad. El último de ellos, Muhammad al-Mahdi, según la tradición entró en un estado de "ocultación" en el siglo IX. No murió, sino que desapareció y regresará al final de los tiempos para restaurar la justicia.
Esta creencia plantea una pregunta fundamental: si el imam legítimo está oculto, ¿quién debe gobernar mientras tanto? Durante siglos, la respuesta chiita fue mantener distancia del poder político. Los clérigos actuaban como guías espirituales y juristas religiosos, pero no como gobernantes. Esta tradición cambiaría radicalmente en el siglo XX. En aquel entonces, Irán era una monarquía gobernada por el sha Mohammad Reza Pahlavi. Su poder se consolidó tras el golpe de Estado de 1953, apoyado por Estados Unidos y el Reino Unido, que derrocó al primer ministro Mohammad Mossadegh, luego de que este nacionalizara el petróleo iraní. Continuará. (El autor es académico universitario y especialista en geopolítica, colaborador de PRESENTE)