En el eventual escenario en que Estados Unidos e Israel resulten victoriosos en el conflicto con Irán, la compensación o recuperación de los costos invertidos no responde a mecanismos tradicionales como el botín, sino a elementos estratégicos. Las guerras modernas se justifican por el incremento del poder, la adquisición de influencia, el fortalecimiento del posicionamiento geopolítico, el control sobre el entorno estratégico energético y la obtención de ventajas estructurales en materia de seguridad regional.
En la actualidad, las operaciones militares en el siglo XXI, ya sean conflictos bélicos, ataques o invasiones, demandan un alto consumo de combustibles debido a la prevalencia de nuevas estrategias de ataque, principalmente de índole aérea y naval, mientras que las incursiones terrestres son cada vez menos frecuentes.
Las estrategias militares inician con el despliegue de naves aéreas para neutralizar radares terrestres, centros de defensa, fábricas y otros objetivos clave. Estas acciones implican la ejecución de incursiones continuas que requieren un suministro diario de combustible. Asimismo, numerosas embarcaciones deben ser reubicadas desde distintos puntos del mundo hacia la zona de conflicto, lo cual también demanda abastecimiento constante de combustibles y provisión regular de energía eléctrica.
Resulta irónico que en las guerras actuales del siglo XXI se utilicen combustibles fósiles, los cuales también forman parte central de los conflictos. El propósito fundamental de los conflictos en el presente siglo se centra en la regulación del flujo energético, su cantidad y los mecanismos de intercambio global de estos recursos, lo cual determina su acceso y utilización a largo plazo.
El Departamento de Defensa de los Estados Unidos se reconoce como el principal consumidor institucional de combustibles derivados del petróleo a nivel mundial entre la parte militar, con un consumo estimado de entre 250,000 y 300,000 barriles por día. Este volumen implica un gasto diario que oscila entre 30 y 35 millones de dólares. Este volumen debe ser abastecido tanto desde territorio estadounidense como en los países donde se encuentran sus bases militares, así como en puertos y aeropuertos sujetos a tratados que permitan el acceso a dichos recursos.
La Fuerza Aérea de los Estados Unidos representa aproximadamente el 60% del consumo total diario de combustible, seguida por la Armada con cerca del 25%, el Ejército y los Marines con un 10%, y las bases, logística y vehículos terrestres con el 5% restante. El gasto en combustible constituye uno de los principales costos operativos para el Pentágono. En este contexto, la aviación militar—incluyendo cazas, bombarderos y aeronaves de transporte—concentra la mayor parte del consumo. La Armada utiliza grandes volúmenes principalmente en buques no nucleares, como destructores, embarcaciones anfibias y barcos logísticos. Por su parte, aunque el Ejército presenta un consumo más bajo en términos relativos, sus operaciones logísticas requieren una demanda significativa de diésel.
El Departamento de Defensa de los Estados Unidos emplea principalmente los siguientes combustibles: JP-8 para aviación, F-76 como combustible naval, diésel (F-24 / DF-2) y gasolina (MOGAS).
En el contexto del conflicto actual entre Estados Unidos, Israel e Irán, se observa que la totalidad de los recursos militares que requieren combustible están siendo asignados principalmente a operaciones aéreas continuas desde bases ubicadas en Qatar, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudita, así como a grupos de portaaviones que operan a alta velocidad. Asimismo, se llevan a cabo tareas de destrucción de infraestructura militar iraní (misiles, radares, bases aéreas), operaciones de defensa antimisiles 24/7 y una logística intensiva basada en diésel para el abastecimiento de bases avanzadas. Estas circunstancias sitúan el consumo de combustible en valores elevados.
Estados Unidos actualmente consume en su aparato militar un promedio total de 250,000 - 300,000 bpd durante períodos de paz. En el contexto del conflicto actual contra Irán, se estima que el consumo ha aumentado a 650,000–700,000 bpd, lo cual equivale a entre 2.5–3 veces el nivel habitual en tiempos de paz. Este incremento implica un gasto energético diario superior a los 60–65 millones USD/día.
El suministro de combustibles como JP-8, diésel (F-24 / DF-2) y gasolina (MOGAS) se origina en países como Estados Unidos, Kuwait, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos. Por otra parte, el F-76, combustible naval, es proporcionado por Estados Unidos, Japón, Corea del Sur, Emiratos Árabes Unidos y Bahréin.
El combustible constituye el segundo mayor costo operativo para el Departamento de Defensa de los Estados Unidos durante conflictos bélicos como el actual contra Irán, y únicamente superado por las municiones guiadas y el mantenimiento intensivo de aeronaves y buques.
La guerra contra Irán es energéticamente costosa, y el combustible es uno de los pilares logísticos que determinan la duración y sostenibilidad del esfuerzo militar estadounidense.
El gasto militar diario de Estados Unidos en la guerra contra Irán se estima entre 480 y 520 millones de dólares estadounidenses, de los cuales aproximadamente 60 a 65 millones corresponden exclusivamente al consumo de combustibles. Por lo tanto, entre el 12% y el 14% del esfuerzo militar diario está directamente vinculado al suministro energético.
¿Cuál es la fuente de los fondos utilizados por Estados Unidos para financiar la guerra contra Irán, ya sea en términos del gasto militar total como del consumo de combustibles? La respuesta no resulta evidente, ya que Estados Unidos no destina partidas específicas para conflictos bélicos, sino que recurre a mecanismos financieros y presupuestarios preexistentes que facilitan la sostenibilidad de operaciones militares de alta intensidad sin comprometer la estabilidad de su economía. (
– Grupo Caraiva – Grupo Pech Arquitectos)