El declive del orden democrático por los mercados (I)

RETORNO CONSERVADOR

"La libertad del ciudadano cede ante la pasividad del consumidor"

 — Byung-Chul Han, Psicopolítica

PRIMERA DE DOS PARTES

El mapa político de América Latina se ha pintado nuevamente de azul. Tras los resultados en Colombia, Kast en Chile, Noboa en Ecuador y Fujimori en Perú, el bloque conservador ha consolidado una geografía electoral que parecía impensable hace una década. La izquierda, mientras tanto, se aferra a sus últimos bastiones: Brasil y México, los países más poblados de Latinoamérica.

Sería reconfortante leer esto como la simple oscilación pendular de la historia. Pero hay algo más oscuro en este movimiento: la constatación de que el cambio de color en los gobiernos no amenaza solamente a un bando ideológico. Amenaza a la democracia misma y, con ella, a la idea de que los seres humanos valen más que los índices macroeconómicos; una tesis para mí ya central en mi análisis.

El sistema que llamamos democracia.

Antes de hablar del regreso de la derecha, habría que preguntarnos si alguna vez tuvimos verdadera democracia. En la mayor parte del mundo (y América Latina no es la excepción) el sistema que llamamos democrático descansa sobre una paradoja fundacional: se legitima en el voto popular, pero en la práctica excluye a la mayoría de sus supuestos ciudadanos.

De un universo posible de electores, apenas un tercio emite su voto en condiciones reales de información y libertad. De ese tercio, una fracción elige al ganador. El resultado es un gobierno que, por números, representa a una minoría; pero que gobierna como si fuera la expresión inequívoca de la voluntad general.

Rousseau hace más de tres siglos reconoció la trampa. Tocqueville la habría llamado por su nombre: la tiranía de la mayoría disfrazada de pluralismo.

Esta democracia de baja intensidad es la forma deliberada en que el poder de la minoría se ha asegurado de que la participación ciudadana sea suficiente, aceptada y legítima, pero a la vez estrecha al no alterar las estructuras que lo sostienen. Lo que cambia entre gobiernos de izquierda y de derecha no es la arquitectura del poder, sino su disfraz.

La derecha que vuelve y la izquierda que la trajo.

El retorno de la derecha en América Latina no puede entenderse sin examinar el fracaso (parcial, real, pero también amplificado mediáticamente) de los gobiernos progresistas que la precedieron. Esos gobiernos, cuando llegaron al poder, prometieron redistribuir la riqueza, reducir la desigualdad y poner al Estado al servicio del ciudadano común. En muchos casos, lo intentaron (te hablo Chile). En otros, lo proclamaron sin transformar las estructuras que hacen posible la desigualdad (te hablo México).

El problema estructural de la izquierda latinoamericana no fue la ineficacia de sus políticas. Fue que, una vez en el poder, reprodujo la misma lógica que criticaba: la dictadura de la mayoría, la desinversión en el disenso, callar en vez de dialogar con la oposición. Gobernaron para sus bases, no para el país. Y cuando los resultados económicos decepcionaron a las clases trabajadoras (golpeadas por la inflación, la inseguridad y la falta de oportunidades) el terreno estaba abonado para cualquier alternativa que prometiera orden.

La derecha que llegó no tardó en capitalizar ese escenario. No lo hizo con propuestas de política pública reales, sino con algo más poderoso y barato: narrativas emocionales distribuidas a través de algoritmos diseñados para maximizar la indignación. La desinformación, la polarización, el miedo: herramientas probadas durante décadas en los laboratorios de la comunicación política europea y estadounidense, adaptadas ahora con precisión quirúrgica a cada contexto nacional.

La democracia muerta que nadie quiere sepultar.

Algo paradójico de los tiempos que corren es que nunca en la historia humana ha habido tantas democracias formales en el mundo y, al mismo tiempo, nunca ha sido tan claro que el frasco democrático se está vaciando de desde adentro. No estamos ante golpes de Estado clásicos ni ante dictaduras que suspenden la Constitución, es algo más sofisticado y complejo, difícil de comprender hasta para los expertos en política, por ello más difícil de combatir: la erosión democrática desde el interior del propio sistema.

Lo que observamos en Argentina con Milei, en El Salvador con Bukele, en Hungría con Orbán o en los propios Estados Unidos durante el trumpismo no es la eliminación de las formas democráticas, es el vaciamiento del poder de la ley. Las elecciones siguen celebrándose, los parlamentos siguen sesionando, las cortes siguen fallando. Pero las instituciones que deberían contener el poder económico se subordinan a él.

Los medios independientes se asfixian económicamente o se venden. Los jueces son presionados o reemplazados. Y todo esto ocurre, paradójicamente, con el respaldo de un electorado que percibe estos cambios no como una amenaza a la democracia, sino como su saneamiento.

Este es el momento más peligroso: cuando la ciudadanía pierde la capacidad de distinguir entre la democracia real y su simulacro. Cuando la velocidad de los algoritmos, la saturación informativa y el agotamiento político hacen que la mayoría de las personas simplemente deje de importarle si el sistema funciona o no, con tal de que alguien le ofrezca la ilusión de que sus enemigos están siendo combatidos, incluso ante la ceguera de quien es el enemigo real.

El mercado como sustituto de la justicia.

La gran operación ideológica del último medio siglo ha sido convencer a las mayorías de que el mercado es el árbitro más justo de la vida social. Esta idea que el neoliberalismo instaló con una eficacia extraordinaria ha tenido una terrible consecuencia: la gradual sustitución de los derechos por los servicios, de la ciudadanía por la clientela, de la justicia por la solvencia.

Cuando el mercado se convierte en el principio organizador de la sociedad, la dignidad humana queda subordinada al poder adquisitivo. El acceso a la salud, educación, vivienda, seguridad: todo aquello que las constituciones democráticas proclaman como derechos universales se convierte, en la práctica, en un bien de consumo disponible para el que tenga dinero. Los demás reciben versiones degradadas, de parte de Estados capturados por intereses privados. Continuará.

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