El Edén en el Asfalto

Tres rostros del tabasqueño en la capital

La Ciudad de México es un monstruo que devora a sus hijos, pero a sus hijastros (los migrantes internos) a veces nos mastica con más parsimonia. Entre la marea de acentos que inunda el Metro en hora pico, hay uno que destaca por su velocidad y su cadencia tropical: el del tabasqueño.

Venir de "El Edén" a la jungla de asfalto es un cambio total de ritmo de vida. Sin embargo, la experiencia de ser un choco en la capital no es homogénea. El código postal heredado de nuestra tierra define la nostalgia. Aquí, tres postales de la diáspora tabasqueña en la CDMX.

1. La fría realidad de la periferia.

Para Luis, el frío de las cinco de la mañana en Iztacalco no solo cala en los huesos, cala en la memoria. Salió de una ranchería cerca de Jalpa de Méndez buscando lo que allá escaseaba: un flujo constante de efectivo.

Luis trabaja en una obra cerca de Santa Fe, pero vive a dos horas de distancia. Su realidad es la del migrante que cambia la humedad del Grijalva por el smog y los baches de la Agrícola Oriental. Aquí, su acento (esa forma de aspirar las eses y hablar golpeado) a veces es motivo de burla, otras de discriminación silenciosa, incluso entre sus compañeros.

"Allá se come fresco, aquí todo sabe a refri", dice mientras se come una torta de tamal que le parece seca, extrañando el puchero y las empanadas de camarón con queso.

Para la clase trabajadora migrante, la CDMX es una ciudad hostil que se conquista a pie. Luis no visita museos ni va a la Cineteca; su Ciudad de México es el trayecto, el trabajo duro y el envío de remesas quincenales para que en su pueblo terminen de colar el techo de la casa familiar. Tabasco es un recuerdo que lo mantiene caliente cuando el invierno capitalino lo hace temblar hasta los huesos.

Cuando los astros se alínean y puede tomar un Ecobus desde República de Perú en el centro con destino a Villahermosa, en su pueblo retoma fuerzas para otro año lejos de su casa.

2. El camuflaje de la Roma

María vive otra batalla: la de la asimilación. Estudió contaduría en la UVM, vive con roomies en un departamento en la Narvarte y trabaja en un corporativo en Reforma. Pertenece a esa clase media aspiracional que huyó del estancamiento económico del sureste buscando desarrollo profesional.

María ha aprendido a "neutralizar" su acento en las juntas de trabajo. Ha cambiado el "Kisite hija" por un "¿qué pedo, wey?" para no parecer "de provincia" ante sus colegas chilangos. Su resistencia es gastronómica y de fin de semana (esos viajes cada dos meses a su tierra).

Su mamá le llena una maleta de mano de comida 2 horas antes de llevarla al aeropuerto: tiene queso doble crema, horchata, butifarras, avena con cacao y platanitos Charricos para 2 semanas. María vive la dualidad del migrante exitoso: ama la oferta cultural y la libertad de la capital, pero sufre la soledad de la multitud.

Para ella, ser tabasqueña en la CDMX es un secreto que se comparte solo con otros paisanos, en esas reuniones donde por fin puede hablar rápido, comerse las letras y criticar la tortilla amarilla sin que nadie la mire raro.

3. El poder en Interlomas.

Finalmente, está Roberto. Él no vino buscando trabajo; vino a gestionar intereses. Vive en un departamento en Interlomas, o uno con vista al bosque en Polanco o Lomas de Chapultepec. Su migración es la de la élite, a menudo vinculada a la política o a los grandes negocios ganaderos y petroleros.

Para Roberto, el acento tabasqueño no es un estigma, sino (en el contexto político actual) casi una credencial de acceso, un símbolo de cercanía con el poder federal. Él no sufre el Metro; sufre el tráfico desde su Suburban con placas de Tabasco, las cuales porta con orgullo.

Su experiencia de la ciudad es cosmopolita. Come en los mejores restaurantes de Masaryk, pero todos los fines de semana (sin excepción) vuela de regreso a Villahermosa como quien toma un taxi. Para esta clase alta, la Ciudad de México es un centro de operaciones, no un hogar definitivo. Mantienen un pie en el asfalto y otro en su rancho o en el Country, disfrutando lo mejor de ambos mundos sin las carencias de ninguno.

Sueño compartido.

Ya sea en la obra, en la oficina o en las reuniones políticas carentes de materia, el tabasqueño en la capital comparte un síntoma incurable: la búsqueda del agua. Les falta el río, les sobra la altura y les pesa el aire seco y frío.

Son tres clases, tres realidades, pero un mismo origen. Al final del día, cuando el monstruo de la ciudad duerme, Luis, María y Roberto sueñan con lo mismo: un horizonte verde, un calor que abrace y una tierra donde la gente, al hablar, no camina... baila.