No es la primera vez que sucede, pero cada vez que ocurre sigue sorprendiendo, lo cual dice mucho: se trata de un hábito lo bastante raro entre nosotros como para que nunca lo hayamos normalizado del todo. Me refiero a las imágenes que se viralizaron tras el partido entre Japón y Países Bajos: aficionados japoneses que, concluido el encuentro, recorrían las gradas con bolsas de basura en mano para recoger los desechos propios y ajenos, sin que nadie se los pidiera.
Confieso que me cuesta evitar el contrapunto involuntario. Pienso en las veces que he visto a niños arrojar basura por la ventanilla de un automóvil y en cómo la presencia —o el silencio cómplice— de los padres en el asiento delantero convierte ese gesto en pedagogía. No hay otra forma de explicarlo. Un niño no tira basura a la calle si alguien le ha enseñado que no debe hacerlo. Y si la arroja y nadie le dice nada, aprende que puede hacerlo.
Michel de Montaigne dedicó uno de sus ensayos al poder de la costumbre, a la que definió como "maestra violenta y traidora". Es una frase que parece exagerada hasta que uno se detiene a pensar en ella. La costumbre es violenta porque actúa sin pedir permiso, sin deliberación, y es traidora porque se instala en nosotros con la apariencia de lo natural.
Escribió el filósofo francés con su habitual crudeza.
El texto fue redactado en el siglo XVI, pero podría haberse publicado esta mañana. Al comienzo de ese ensayo, Montaigne cuenta la historia de una mujer que, por haber cargado a un ternero desde recién nacido, llegó a cargarlo incluso cuando ya se había convertido en un buey. Esto significa que lo que se repite todos los días termina por volverse posible, familiar y casi imperceptible.
Pienso entonces en los niños que arrojan basura desde los autos; en los que hacen berrinches públicos mientras sus padres miran el teléfono; en los que gritan en restaurantes, aviones o salas de espera, y en los adultos a su lado que parecen haberles otorgado permiso tácito para convertirse en una interrupción perpetua del mundo.
Estoy convencido de que los hábitos no nacen solos, alguien los forja. Por eso cabe preguntarse quién enseñó a los japoneses del estadio que el mundo que dejan atrás también importa.
Existe un proverbio japonés cuya traducción literal podría ser: "el pájaro que se levanta no enturbia el agua". La imagen remite a una garza que alza el vuelo desde un estanque sin remover el fondo. El agua permanece serena, tal como estaba antes de su partida. Para la cultura japonesa, esa imagen encierra una norma de conducta. Quien deja un trabajo procura que los proyectos queden en orden para quien llegará después. Quien abandona una mesa, una habitación o un campamento los deja impecables. Incluso quien se marcha de una relación o de una comunidad intenta no dejar conflictos pendientes ni el polvo de su paso.
Lo interesante del proverbio es el alcance de su enseñanza. Habla de una forma de relacionarse con los espacios compartidos y de que las huellas que dejamos afectan inevitablemente a quienes vienen detrás. Nos recuerda que no somos los únicos habitantes del mundo.
Me pregunto si lo que nos sorprende de las imágenes del estadio no es el acto en sí —recoger basura es un gesto sencillo—, sino el hecho de que suceda de forma espontánea, colectiva y desinteresada. No hay una autoridad que obligue ni una recompensa inmediata que seduzca. Simplemente alguien toma una bolsa, otro lo observa y hace lo mismo, y al cabo de un rato varias personas realizan una tarea que nadie les pidió y que, para ellas, no requiere mayor explicación.
¿Cómo se forja algo así? No lo sé con exactitud, y sería deshonesto fingir que tengo una respuesta pedagógica bien armada. Sin embargo, si Montaigne tenía razón al afirmar que los vicios se instalan en la infancia, la misma lógica vale también para las virtudes. Si la costumbre es una maestra violenta, también puede serlo para el bien, pues lo que se repite cada día termina convirtiéndose en generosidad, respeto y cuidado de lo común.
Quizá el secreto está en enseñar a los niños que los lugares continúan existiendo después de que ellos se marchan. Que siempre habrá alguien que llegará cuando ellos ya no estén. Que el agua del estanque puede quedar turbia o permanecer en calma, y que eso depende, en buena medida, de la forma en que cada uno aprende a levantar el vuelo.
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