La victoria del PRI en Coahuila el pasado domingo es una de esas que deslumbran sin alumbrar nada. Carro completo: 16 distritos de mayoría relativa, 55% de los votos contra el 26% de Morena-PT según el PREP. Alejandro Moreno ya habla de "mensaje para 2027" y de que solo el PRI puede derrotar a Morena. Los morenistas, por su parte, denuncian un presunto esquema de compra de voto a 500 pesos por sufragio, con códigos QR para fotografiar la boleta como comprobante —lo que ya bautizaron, con su habitual instinto para el "trending topic", como "QRgate".
El ruido ocupa los espacios informativos, pero ninguno de los dos bandos parece detenerse en la pregunta que realmente plantea el resultado: ¿qué tan significativo es perder una batalla que nunca se ganó?
Coahuila no es un campo de disputa ordinario. Es el único estado de la República donde el PRI ha gobernado sin interrupciones desde 1929, casi un siglo de hegemonía política sobre el mismo territorio. Se trata de una maquinaria política que no construyó "Alito" Moreno, sino sus antecesores durante décadas, y que según la politóloga Machely Flores Reyna, directora de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Autónoma de Coahuila, descansa sobre una red de lideresas territoriales que es, a diferencia del resto del país, "inamovible".
Esa estructura la perfeccionó Humberto Moreira entre 2005 y 2011 y sobrevivió escándalos, expulsiones y cambios de época. Morena jamás ha gobernado Coahuila. Nunca ha administrado un peso del presupuesto estatal ni ha logrado insertar cuadros propios en la administración pública local. Calificar de "debacle" el hecho de no haber conquistado una plaza que jamás fue suya requiere una creatividad retórica que raya en el autoengaño.
La historia ofrece un espejo útil. En las elecciones intermedias de 1997, el PRI perdió por primera vez la mayoría absoluta en la Cámara de Diputados federal. Fue una auténtica sacudida del poder porque el tricolor "sí controlaba" ese espacio. Ese resultado alteró la gobernabilidad, la negociación presupuestaria y la correlación de fuerzas. Lo de Coahuila en 2026 es de otra naturaleza: Morena no controlaba nada que hoy haya perdido. Una derrota real implica ceder algo que antes se poseía.
Dicho esto, el resultado tampoco es irrelevante para Morena. El PREP mostró a Morena-PT rondando el 26% de los votos en un estado que suma 2.4 millones de ciudadanos inscritos en la lista nominal. Con ese porcentaje, lejos del umbral que les daría representación proporcional significativa, el partido gobernante en más de 20 estados de la república queda como fuerza marginal en uno de los pocos que no controla.
El PAN, que fue solo a la elección por decisión de su dirigencia nacional, se hundió hasta el 2.17% y se encuentra al borde de perder su registro estatal. El dato merece atención porque ilustra lo que le puede ocurrir a cualquier partido cuando su discurso no conecta con el electorado local y su estructura territorial no existe o está desmovilizada.
El problema de fondo para Morena en Coahuila no es el "QRgate", cuya denuncia tiene lógica política, pero por ahora carece de sustento probatorio ante el INE, que reportó una jornada sin incidentes graves. El problema es la ausencia de implantación territorial efectiva. Es un discurso que en el norte del país —donde el vínculo con el gobierno federal es más tenso y donde la economía no depende de los programas sociales de la misma manera que en el sureste— suena lejano y poco convincente.
Los programas sociales federales son un instrumento de construcción de lealtades electorales. Nadie medianamente informado lo discute. Sin embargo, ese instrumento funciona donde hay gobernanza morenista que lo articule con presencia territorial, con candidaturas creíbles y con narrativas que anclen la gratitud en identidad política. En Coahuila, ese trabajo no se hizo o se hizo mal.
Las elecciones de 2027 son el verdadero termómetro. Se renovarán gubernaturas y congresos en varios estados donde Morena sí gobierna. Ahí, cualquier retroceso tendrá consecuencias reales sobre el ejercicio del poder. Si el partido en el poder no realiza desde ahora un diagnóstico honesto —uno que vaya más allá de atribuir cada derrota a maquinaria o dinero ajenos—, llegará a esos comicios con las mismas debilidades que mostró en Coahuila, aunque esta vez en terreno propio. El espejismo puede volverse caro.
El PRI ganó donde siempre ha ganado. Morena perdió donde siempre ha perdido. Lo que queda después del ruido mediático es una pregunta sin respuesta todavía: ¿tiene Morena la capacidad de autocrítica necesaria para convertir este resultado en aprendizaje? La historia reciente de los partidos mexicanos en el poder sugiere que esa capacidad es la primera en deteriorarse.
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