Estamos viviendo tiempos históricos en Latinoamérica. Nos encontramos en un punto de inflexión decisivo donde el pueblo de izquierda tiene la obligación urgente de mantenerse unido como una auténtica heterodoxia frente a la ortodoxia de la derecha. Esta reacción conservadora no actúa sola; es una maquinaria transnacional promovida abiertamente desde los centros de poder de Estados Unidos bajo el liderazgo de Donald Trump. Ante una amenaza de tal magnitud, es un error imperdonable que los defensores del pueblo nos sigamos desgastando en discusiones bizantinas. Ningún movimiento social o político es perfecto, y por supuesto que tenemos la madurez para reconocerlo, pero ventilar las diferencias de forma autodestructiva es hacerle el juego directo a la reacción.
La derecha regional no es un bloque democrático, ni pacifista, ni mucho menos antinarco; es todo lo contrario. La hipocresía del imperio quedó al descubierto cuando el presidente Donald Trump otorgó un indulto pleno al narcoexpresidente de Honduras, Juan Orlando Hernández, quien cumplía una condena federal de 45 años en Estados Unidos por operar un narcoestado y traficar cientos de toneladas de cocaína. Este perdón presidencial, enmarcado en el escandaloso entramado del Hondurasgate, demuestra que para el imperialismo el narcotráfico es perdonable si el criminal es su aliado político. El ejemplo opuesto de este asedio judicial y mediático es el caso contra el presidente legítimo de Venezuela, Nicolás Maduro Moro, contra quien la justicia estadounidense ha sido totalmente incapaz de presentar argumentos reales y sólidos para un enjuiciamiento sustentable.
El intervencionismo no se limita a la propaganda. El ejemplo más claro y descarado ocurrió en 2025 en Argentina: ante una masiva corrida cambiaria, el Tesoro de los Estados Unidos desplegó un paquete extraordinario de 20.000 millones de dólares en respaldo financiero y swaps para salvar la economía de Javier Milei. La condición explícita detrás de este multimillonario salvavidas estatal fue apuntalar al gobierno para garantizar que el bloque libertario ganara las elecciones legislativas de octubre. Esto demuestra cómo el capital extranjero compra elecciones y financia directamente la supervivencia de sus peones neoliberales en la región.
Por todo esto, invito al pueblo latinoamericano a una profunda reflexión colectiva. Nos quieren manipular a través del miedo para entregarnos de rodillas a intereses ajenos. Lo que el neoliberalismo nos ofrece es una farsa macabra: nos quieren vender la "libertad" de ser brutalmente explotados por trasnacionales, la "libertad" de vivir eternamente endeudados con la banca internacional, y la "libertad" de ser reducidos a un recurso desechable sustituido por la tecnología.
Dense cuenta de cómo controlan los medios y las redes sociales para esparcir noticias falsas sobre supuestos "narcoestados", intentando acusar a la izquierda de sus propios pecados. Mientras tanto, callan las verdaderas luchas populares. Nadie habla de los sindicatos y campesinos en Bolivia que se manifiestan masivamente para defender los derechos que ganaron con tanto sacrificio. Tampoco dicen nada sobre Argentina, donde al trabajador se le despoja de garantías básicas convirtiéndolo en una pieza descartable, teniendo la osadía de llamar a esa esclavitud moderna "libertad". En Brasil la situación es idéntica, con el bolsonarismo intentando producir películas financiadas con capital estadounidense para sostener su guerra de propaganda y acusar falsamente a Lula.
No podemos perder lo ganado. La gente no debe caer en las trampas cognitivas de la propaganda corporativa. A las diferentes corrientes de la izquierda les pido unidad absoluta; busquemos la reconciliación por la vía de la proximidad ideológica. Si nos encuentran separados, nos vencerán; pero unidos, jamás podrán con nosotros. Desde esta trinchera, envío mis mejores deseos a Iván Cepeda en la segunda vuelta de la elección presidencial de Colombia, al tiempo que alcemos la voz con firmeza por una Palestina libre. Nuestro deber es mejorar el proyecto político para consolidar una mejor sociedad para todos, bajo los principios innegociables de congruencia, dignidad y solidaridad entre pueblos. (El autor es militante de MORENA)
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