Cuenta Platón —con su habitual ironía— que Sócrates rechazaba la escritura, no por ignorancia, sino por convicción filosófica. En el "Fedro", el viejo maestro relata la historia del dios egipcio Theuth, inventor de las letras, quien se presentó ante el rey Thamus presumiendo su hallazgo como un remedio para la memoria. Thamus lo rebatió con severidad: la escritura, en lugar de fortalecer la memoria, la atrofiaría. Los hombres, en vez de recordar, aprenderían a depender de signos externos. Tendrían la apariencia del saber, pero no el saber mismo. La paradoja, desde luego, es célebre, pues conocemos el argumento socrático contra la escritura... gracias a que Platón lo escribió. No deja de ser irónico.
Más allá de la anécdota histórica, la advertencia toca algo profundo que conviene revisitar. Esta semana, la UNESCO, en su tablero de control del Objetivo de Desarrollo Sostenible 4, confirmó lo que muchos educadores ya saben: más de la mitad de los niños mexicanos que concluyen la educación primaria no comprenden lo que leen. En términos concretos, el porcentaje de estudiantes con competencia mínima en lectura cayó de 67% a 63%, y entre quienes finalizan la primaria, el indicador descendió de 43% a 42%, lo que sitúa a México en la categoría de "sin progreso".
Tal vez aquí convenga volver a Sócrates: su método era eminentemente oral y dialógico. La pregunta era la herramienta, no el libro. Sócrates sacudía al interlocutor de su certeza y lo obligaba a pensar, y de ahí surge el término "mayéutica", el arte de la partera. El maestro no introducía nada en el alumno; ayudaba a que lo que ya estaba dentro saliera a la luz.
La escritura, en cambio, no interpela. Se puede hojear sin leer, leer sin comprender, comprender sin sentir. Eso —hay que admitirlo— es exactamente lo que Sócrates temía. El niño que decodifica signos pero no entiende lo que "lee" es, en cierto sentido, el heredero exacto de la pesadilla socrática. No ha aprendido a pensar, solo a reconocer letras. Sin embargo, pienso que Sócrates estaba equivocado. O, al menos, incompleto.
La escritura rompe el tiempo, una virtud que el viejo maestro subestimó. El pensamiento hablado muere con quien habla; el texto, en cambio, persiste, viaja y se multiplica. Sin la escritura no habría filosofía crítica, ni tampoco manera de saber qué dijo Sócrates. Pero hay algo más: la escritura —cuando se lee de verdad— no es pasiva, pues leer bien implica sostener una voz ajena en la mente, seguirla, cuestionarla y contrastarla con la propia experiencia.
Desde esta perspectiva, la lectura profunda recupera algo del espíritu socrático. Gadamer lo llamaría la "fusión de horizontes". Lo que dice el texto y lo que trae el lector se encuentran en un espacio intermedio que no pertenece ni al autor ni al lector, sino que da lugar a algo nuevo. El problema es que no estamos enseñando a leer de esta forma.
Quienes hemos interactuado con el sistema educativo mexicano —ya sea desde la docencia, la investigación o la política pública— sabemos que estas cifras no son nuevas. Cuando el Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación aún existía, los datos ya señalaban con claridad un déficit estructural en comprensión lectora. No se trataba de un problema de infraestructura, ni únicamente de formación docente, ni siquiera solo de pobreza, aunque todo ello importa. Era —y sigue siendo— un problema de concepción: ¿para qué enseñamos a leer? Si la respuesta implícita del sistema es "para descifrar textos", el resultado es predecible. Pero si la respuesta fuera "para pensar, para cuestionar, para habitar el mundo con más densidad", los métodos serían radicalmente distintos.
El trasfondo filosófico importa, porque el alumno que termina de leer un texto y no se hace ninguna pregunta no ha leído. Ha pasado los ojos por encima de signos.
Los problemas no se limitan a la primaria; llegan hasta las aulas universitarias. El estudiante que no comprende lo que lee no es un caso patológico, sino el producto lógico de un sistema que nunca le exigió comprender. Leyó para pasar exámenes, subrayó sin pensar o resumió sin entender. Lo que se observa en la universidad no es un fracaso individual; es la materialización tardía de una deuda pedagógica que el sistema contrajo hace años y que acumula intereses, ya que a los dieciocho años es mucho más difícil enseñar a leer que a los siete.
La comprensión lectora se enseña leyendo con alguien. Se enseña cuando un adulto —maestro, padre o abuelo— hace la pregunta que Sócrates formulaba: ¿Y eso qué significa para ti? Necesitamos recuperar la oralidad socrática sin abandonar la escritura. El aula debe ser un espacio de diálogo sobre textos, no de simple transmisión de contenidos. Esto implica, entre otras cosas, que los maestros sean lectores, que las escuelas cuenten con libros que valga la pena leer y que se evalúe la comprensión, no la memorización.
Sócrates tenía razón y, al mismo tiempo, estaba completamente equivocado. Es cierto que, sin diálogo, sin inquietud y sin la pregunta que desequilibra, la letra muere. Pero Platón también tenía razón al escribir: sin la letra, el diálogo desaparece con quien lo sostuvo. La solución no está en elegir entre uno y otro; está en aprender a leer como si el texto nos hablara.