La semana en que México quedó sin explicaciones

Política

Llevamos meses en los que semana a semana la política, la economía, la inseguridad pública, las relaciones bilaterales, el TMEC o el número de muertos y desaparecidos por la violencia imperante nos ahogan en un mar de noticias que no podemos procesar. También hay semanas en que la realidad no solo se acelera: se desordena. La muerte de un líder criminal, la ola de violencia que siguió, la presentación de una reforma electoral de origen opaco, los aranceles de Donald Trump, las presiones de la FIFA por la potencial inseguridad en las sedes del mundial 2026 a celebrarse en México, las opiniones de Elon Musk en X... Ante ello, la ausencia de una narrativa estatal coherente ha creado un escenario donde la ciudadanía enfrenta incertidumbre simultánea. En medio del exceso de coyunturas políticas a analizar, por su peso destacan dos: la seguridad pública y la arquitectura democrática. No es la cantidad de noticias lo que abruma, sino la falta de explicaciones.

I. Una reforma electoral sin origen público.

En cualquier democracia funcional, una reforma electoral es un proceso de Estado, no un proyecto de gobierno. Requiere deliberación, pluralidad, consulta técnica y distancia del poder que compite en la elección. En la mayoría de las democracias, las reformas electorales se diseñan bajo tres condiciones mínimas: participación de múltiples fuerzas políticas; consulta a organismos técnicos y sociedad civil; reglas que no beneficien al actor que las impulsa. México, sin embargo, está discutiendo retazos de una reforma que nació en un espacio cerrado: una comisión presidencial que no dialogó con especialistas, no abrió sus borradores al escrutinio público y no incorporó voces externas al círculo político dominante.

El problema no es solo de forma; fundamentalmente es de legitimidad.

Una reforma electoral puede ser legal, pero eso no basta. Necesita ser legítima, y la legitimidad se construye con procedimientos abiertos, con debate, con contraste de ideas. Cuando el poder diseña las reglas con las que será evaluado, la sospecha no es un accidente: es una consecuencia.

A esto se suma una paradoja difícil de ignorar: quienes han hecho carrera desde posiciones plurinominales, sin someterse al voto directo, ahora exigen que los futuros candidatos recorran territorio, toquen puertas y ganen legitimidad social. La contradicción no es anecdótica; es estructural. Habla de un diseño que no busca fortalecer la representación, sino reordenar el sistema desde arriba, sin participación de quienes lo habitan desde abajo. En otras palabras, con qué autoridad el eterno plurinominal, ahora en funciones de responsable de la comisión presidencial para la reforma electoral, alias Cero Votos, propone y exige la desaparición de los plurinominales.

II. La violencia no espera: la sucesión criminal ya empezó.

Mientras el país intenta entender una reforma electoral sin debate, la muerte de un líder criminal detonó una ola de violencia que dejó claro que los vacíos de poder no existen. Lo que existe es la disputa por ocuparlos. Y esa disputa se libra en las calles, no en los comunicados oficiales. En ese sentido, la recomposición del CJNG no es un fenómeno abstracto. Se sentirá en los territorios donde el cobro de piso, la extorsión y el control económico se han convertido en la forma cotidiana de dominación criminal. La transición interna de un grupo de ese tamaño no es un proceso silencioso: es un proceso violento. Y la ciudadanía lo sabe, porque lo vive.

No basta con confirmar la muerte de un líder. Se necesita explicar: qué zonas están en riesgo de disputa; qué capacidades se reforzarán; cómo se protegerá a la población civil; qué coordinación habrá con gobiernos locales; qué escenarios se anticipan en el corto plazo. La ausencia de esta información no es menor y es por eso que sorprende la falta de claridad del Estado, ya que cuando un liderazgo criminal cae, los efectos inmediatos suelen ser: fragmentación interna; disputas territoriales; incremento de extorsión y cobro de piso para financiar la transición; reacomodo de alianzas locales. En momentos de transición criminal, la incertidumbre es combustible para la violencia.

III. Dos crisis, un mismo problema: la falta de claridad del Estado.

La reforma electoral y la recomposición de las estructuras criminales a raíz de los eventos del domingo pasado parecen temas distintos, pero comparten un punto de origen: la opacidad con la que se han tratado ante la opinión pública.

En ambos casos, el Estado actúa sin explicar, decide sin deliberar y comunica sin detallar. En ambos casos, la ciudadanía queda atrapada entre decisiones que no entiende y riesgos que sí padece. En otras palabras, la democracia no se debilita solo por malas reglas, sino por reglas impuestas sin consenso.

Y la seguridad no se deteriora solo por la fuerza del crimen, sino por la falta de una estrategia clara para enfrentarlo, más allá de abrazos, no balazos, ataque a las causas o focalización de blancos específicos.

México no necesita certezas absolutas —ningún país las tiene—, pero sí necesita explicaciones. Necesita que el Estado hable con claridad cuando la violencia se intensifica y cuando las reglas del juego democrático se quieren reescribir. Necesita que la ciudadanía no sea la última en enterarse de lo que está en juego.

IV. El derecho a entender el país en el que vivimos.

Esta semana dejó una lección incómoda: no es la magnitud de los hechos lo que genera desconfianza, sino la falta de explicaciones sobre ellos.

La violencia puede ser enfrentada. Las reformas pueden discutirse. Lo que no puede sostenerse es un país donde las decisiones más importantes se toman sin decir por qué, para qué y con qué consecuencias. Es importante saberlo porque cuando una reforma surge desde el Ejecutivo o desde una mayoría legislativa sin contrapesos, el debate suele girar en torno a la legitimidad del origen, no solo al contenido. El hecho de que la comisión no haya tenido deliberación pública ni participación plural abre un espacio para discutir el estándar democrático, no la intención política. Hay que explicar por qué la violencia no es un accidente, sino un mecanismo de sucesión criminal, subrayando la necesidad de una estrategia clara.

El punto común es que ambos procesos requieren transparencia, comunicación y legitimidad. Ambos afectan la estabilidad democrática. Ambos están ocurriendo al mismo tiempo.

La ciudadanía tiene derecho a entender el país en el que vive.

Y el Estado tiene la obligación de explicarlo.