Vivimos en la era del instante, y no se trata solo de una metáfora. Es la marca de nuestro tiempo, el aire que respiramos sin advertirlo. La velocidad, que en otros siglos fue un instrumento, se ha convertido en un fin. En ese frenesí cotidiano se nos escapa algo fundamental: la capacidad de pensar más allá del ahora.
No es un fenómeno nuevo. Lo que sí es nuevo es su universalización, su penetración hasta los últimos repliegues de la vida privada y pública. En la especie humana siempre ha estado presente la tentación de lo inmediato y de la satisfacción que no aguarda. Existe una historia muy antigua que lo ilustra con gran sencillez.
En el Génesis (25:19-34), los gemelos Esaú y Jacob —hijos de Isaac— encarnan, desde el vientre de su madre, una tensión que, además de fraternal, es filosófica. Esaú llegó primero al mundo, pero Jacob venía detrás aferrado a su talón, como si ya entonces supiera que debía alcanzarlo. Eran opuestos en todo. Esaú era corpulento, hombre de instintos y de campo, hábil con el arco, amado por su padre. Jacob era quieto, hombre de tienda y de cálculo, el preferido de su madre Rebeca.
Un día, Esaú regresó del campo agotado. Había cazado sin fortuna y el hambre le quemaba las entrañas. Jacob, en cambio, había pasado la jornada en casa preparando un guiso de lentejas cuyo aroma llenaba la tienda. Esaú lo vio, lo olió y algo en él se rindió antes de que pudiera pensarlo. "Dame de comer de ese guiso rojo", le pidió a su hermano. Jacob no respondió con generosidad, sino con un trato: "Véndeme en este día tu primogenitura".
En ese entonces, la primogenitura lo era todo. Significaba el derecho del hijo mayor a heredar el doble que sus hermanos, recibir la bendición del padre, ser cabeza del linaje, continuar el nombre y el pacto de la familia ante Dios y ante los hombres. Era, en una palabra, el futuro. "He aquí, yo me voy a morir —dijo Esaú—; ¿para qué, pues, me servirá la primogenitura?". Y así la vendió. Comió, bebió, se levantó y se fue.
El aroma del estofado, el cuerpo adolorido y el rugir del estómago conspiraron para que Esaú no pensara, para que solo sintiera. En ese momento —decisivo e irrevocable— entregó su herencia entera a cambio de lo que necesitaba ahora, algo que después harían tantos hombres y naciones.
Sería fácil juzgar a Esaú desde la comodidad de quien no tiene hambre. Pero el verdadero asombro de la historia no es su debilidad, sino que esa debilidad nos resulte tan reconocible. El texto bíblico captura un mecanismo que no ha cambiado en tres mil años: la dificultad de postergar la gratificación, de mantener viva la imagen de un bien futuro frente a la presión de un mal —o de un placer— presente.
En los jóvenes, ese fenómeno adquiere contornos de cierta urgencia. No porque la juventud sea frívola, sino porque el mundo que hereda esta generación les ofrece la ilusión de que el presente basta. Nadie les enseña a ver la primogenitura y la van vendiendo casi sin advertirlo. Lo hacen cuando sacrifican un rato de estudio por un estímulo digital, cuando reemplazan una conversación profunda por un intercambio fugaz, o cuando evitan una incomodidad que habría podido forjar su carácter.
Pero si la dimensión personal del fenómeno es preocupante, en la política resulta directamente peligrosa. Los gobiernos contemporáneos enfrentan una versión institucionalizada del dilema de Esaú: gobernar en el tiempo del elector, que es breve, o gobernar en el tiempo de la historia, que es largo.
La disyuntiva es real y, a menudo, cruel. Las grandes acciones —la educación de calidad, la infraestructura que cambia el futuro de un pueblo, la política científica cuyos frutos maduran en décadas— son, por definición, impopulares en el corto plazo. Cuestan, incomodan, exigen sacrificios cuyas recompensas no llegan a tiempo para la siguiente elección. Mientras tanto, el reparto de beneficios inmediatos —subsidios, espectáculos, promesas— genera adhesión instantánea, fotografías y aplausos. El resultado es un ciclo perverso, pues los gobiernos que construyen el futuro suelen ser castigados en las urnas por no atender el presente; los que prodigan el presente, en cambio, son premiados, aunque hipotequen el porvenir.
Habría que añadir, en honor a la complejidad, que no todo lo inmediato es insignificante ni todo lo diferido es noble. Hay necesidades urgentes que son también necesidades reales, y ninguna filosofía del largo plazo puede ignorarlas. El hambre de Esaú no era una debilidad del alma, era hambre. El problema no es el deseo presente, sino la incapacidad de articularlo con el deseo futuro y tender entre ambos un puente construido de razón y voluntad.
Después de todo, la lección más vigente de aquella vieja historia no tiene que ver con la glotonería ni con la maldad, sino con la facilidad con que cedemos lo que somos a cambio de lo que necesitamos ahora.
Quizá el primer acto de lucidez en tiempos de vértigo sea, simplemente, detenerse y recordar que existe el mañana; preguntarse, antes de firmar, qué es exactamente lo que se está entregando. Resistir, aunque sea por un instante, la tiranía de las lentejas.