"El mundo es peligroso no por quienes hacen el mal,
sino por quienes observan sin hacer nada."
Albert Einstein. Científico.
Vivimos en una época de profundas contradicciones. Nunca la humanidad había alcanzado un desarrollo científico y tecnológico tan extraordinario como el que hoy presencia el mundo; sin embargo, ese progreso convive con un preocupante incremento de los conflictos sociales, la desigualdad, la violencia y el acelerado deterioro del medio ambiente. Es como si la civilización avanzara por dos caminos paralelos: uno impulsado por el conocimiento y la innovación, y otro marcado por la confrontación, la incertidumbre y la pérdida de valores. El riesgo es que este último termine por arrastrar al primero.
En el escenario internacional se observa una creciente reconfiguración del equilibrio del poder. Las potencias tradicionales enfrentan dificultades económicas, sociales y políticas que limitan su capacidad de mantener el liderazgo que ejercieron durante décadas. Particularmente, Estados Unidos atraviesa un periodo complejo, caracterizado por una elevada deuda pública, profundas divisiones internas y una creciente competencia geopolítica con otras potencias. Diversos analistas consideran que estas circunstancias reflejan un cambio en la correlación de fuerzas del sistema internacional y el tránsito hacia un orden mundial cada vez más multipolar.
Más allá de las simpatías o diferencias ideológicas que puedan existir respecto de cualquier gobierno, el principio fundamental que debe prevalecer en las relaciones internacionales es el respeto a la soberanía de los Estados, al derecho internacional y a los mecanismos institucionales creados para resolver las controversias entre las naciones. Cuando esos principios son desplazados por acciones unilaterales, se debilita el sistema jurídico internacional construido durante décadas y se abre la puerta a un escenario de mayor incertidumbre y confrontación.
Estados Unidos enfrenta, además, desafíos estructurales de gran magnitud: una creciente polarización política, problemas sociales persistentes, elevados déficits fiscales, una deuda pública histórica y la necesidad de asegurar el acceso a recursos estratégicos indispensables para sostener su desarrollo económico, tecnológico y militar. En un contexto de competencia global, estos factores pueden influir en decisiones de política exterior cada vez más complejas y controvertidas.
Para México, esta realidad no puede ser motivo de indiferencia. Nuestra vecindad geográfica, los profundos vínculos económicos, comerciales, migratorios y de seguridad con Estados Unidos hacen que cualquier decisión adoptada por ese país tenga repercusiones directas sobre nuestra estabilidad nacional. En un mundo altamente interconectado, los conflictos internacionales ya no permanecen confinados a una región específica; sus efectos trascienden fronteras y terminan afectando a sociedades enteras.
La historia demuestra que la indiferencia frente a las injusticias suele tener un alto costo. Cuando la comunidad internacional guarda silencio ante actos que vulneran los principios del derecho o los derechos fundamentales, corre el riesgo de normalizar la arbitrariedad y debilitar el tejido moral sobre el que descansan la convivencia entre las naciones y la dignidad humana. La pasividad colectiva puede convertirse en el mejor aliado de los abusos de poder.
Por ello, la solidaridad entre los pueblos, la defensa del derecho internacional y la condena de cualquier acto que atente contra la paz constituyen responsabilidades compartidas. La empatía y la indignación ética han sido, a lo largo de la historia, motores indispensables para impulsar transformaciones sociales y políticas orientadas a la justicia, la libertad y la convivencia pacífica.
En este sentido, cobran plena vigencia las palabras del pastor protestante alemán Martin Niemöller, escritas tras la Segunda Guerra Mundial:
"Primero vinieron por los comunistas, y no dije nada, porque no era comunista.
Luego vinieron por los socialistas, y no dije nada, porque no era socialista.
Luego vinieron por los sindicalistas, y no dije nada, porque no era sindicalista.
Luego vinieron por los judíos, y no dije nada, porque no era judío.
Luego vinieron por mí, y ya no quedaba nadie que hablara por mí."
Este célebre texto constituye una permanente advertencia sobre la responsabilidad moral de cada sociedad frente a la injusticia. La persecución de unos termina comprometiendo, tarde o temprano, la libertad y la seguridad de todos.
La historia enseña que las grandes tragedias comienzan cuando la fuerza sustituye al derecho y el silencio reemplaza a la conciencia. México debe observar con atención los acontecimientos internacionales, defender los principios de soberanía, no intervención y solución pacífica de las controversias, porque en un mundo interdependiente la paz de una nación termina siendo, inevitablemente, la seguridad de todas. (Edén Político)
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