OLMECAS Y LA MENTIRA CULTURAL (I)

QUE TABASCO LLEVA DÉCADAS REPITIENDO

PRIMERA DE DOS PARTES

Hay una imagen que define cualquier discurso a la clase política y empresarial tabasqueña: el gobernador en turno, el diputado de foto, el empresario con ínfulas de patricio, posando junto a una cabeza olmeca con la solemnidad impostada de quien acaba de descubrir sus raíces. La imagen se repite. Se publica. Se enmarca. Y nadie, absolutamente nadie en esos círculos, tiene la honestidad o la formación suficiente para preguntarse lo obvio: ¿qué diablos tienen que ver ellos con eso?

La respuesta es simple y devastadora: nada. Absolutamente nada.

Esa cabeza de piedra representa una civilización extinta hace 2,400 años. No hay continuidad cultural, lingüística o genealógica demostrable entre esa civilización y ningún tabasqueño vivo. Lo que existe es una élite regional que encontró en los olmecas el disfraz perfecto para no tener que mirarse al espejo y enfrentar la herencia cultural que sí tienen, que sí les exige algo, y que llevan siglos intentando ahogar: la herencia maya.

Conviene preguntarse dónde están los sitios olmecas que tanto enorgullecen a esta clase dirigente. Están, fundamentalmente, en La Venta, municipio de Huimanguillo: un territorio que ni siquiera es tabasqueño por vocación histórica profunda, sino por transferencia administrativa desde Veracruz en el siglo XIX, cuando el Estado mexicano decidió que era más eficiente controlarlo desde Villahermosa que desde Xalapa. El gran símbolo de la tabasqueñidad fue, literalmente, un traspaso burocrático.

Sobre esa base endeble, la clase empresarial tabasqueña construyó un edificio identitario entero. Empresas bautizadas Olmeca como si el nombre les confiriera nobleza. Gasolineras Olmeca, Plaza Olmeca, Universidad Olmeca. Marcas que usaron la palabra como señal de pertenencia a algo, como si el peso de las cabezas olmecas pudiera transferirse por osmosis a quienes nunca tuvieron nada que ver con ellas. El mercado olfateó lo que la política ya había resuelto: que el olmeca era el relato oficial, que nadie lo iba a cuestionar, y que convenía montarse en él antes de que alguien hiciera las preguntas incómodas.

¿Por qué funciona esta operación? Porque los olmecas son el pasado ideal para una élite. Son grandiosos en los libros de texto, están convenientemente extintos, y no exigen absolutamente nada. No votan u organizan asambleas comunitarias, no presentan amparos contra concesiones petroleras, no tienen hijos que reclamen tierras ni nietos que denuncien contaminación en sus ríos. Son el antepasado perfecto: visibilidad conveniente completamente inofensiva en la realidad. Una identidad de utilería. Un disfraz vistoso. Y mientras esa farsa se sostiene con financiamiento a un Museo Nacional Olmeca y fotografías oficiales, la verdad cultural de Tabasco sigue aquí, sobreviviendo a pesar de todo.

Tabasco es maya, no como curiosidad folclórica o dato de enciclopedia: es maya de manera estructural, predominante e innegable. Los mayas chontales (el pueblo yokot´an) ha habitado este territorio de forma ininterrumpida desde siglos antes de la conquista. Controlaron las rutas fluviales del Usumacinta y el Grijalva con una sofisticación que dejó atónitos a los propios españoles. Fueron ellos quienes recibieron a Cortés en Centla en 1519. Fueron ellos quienes le entregaron a La Malinche, sin la cual la conquista del centro de México habría tenido un curso radicalmente distinto. La historia de México arranca, en buena medida, en territorio chontal. No en La Venta.

Comalcalco existe. La única ciudad maya construida en ladrillo cocido está en Tabasco, es un prodigio arquitectónico sin equivalente en toda Mesoamérica, y recibe una fracción ridícula de la atención, el presupuesto y el orgullo que se derrama sobre las cabezas olmecas. Porque Comalcalco no sirve para el poder.

Porque lo maya no conviene. El mestizaje cultural tabasqueño, su cocina, su relación visceral con el agua y la selva, su cosmovisión del río como columna vertebral de la vida, sus festividades, buena parte del vocabulario que cualquier tabasqueño usa sin saber de dónde viene; no proviene de los olmecas, proviene de los mayas, del chontal. Siglos de convivencia, mezcla y continuidad con ese sustrato vivo que el poder regional decidió folkorizar, archivar y en última instancia traicionar.

Llamar a esto ignorancia sería demasiado generoso. No es descuido sino política. Y es una política con raíces coloniales que no se interrumpió con la Independencia, la Reforma o la Revolución Mexicana; pudo cambiar pero no parar, la Guerra de Castas fue la expresión más brutal de un conflicto que involucró a pueblos mayas de todo el país y que el Estado mexicano no resolvió hasta los años veinte del siglo pasado, a sangre y fuego, con los últimos acuerdos de pacificación arrancados a comunidades que llevaban décadas resistiendo el despojo.

Pacificación es la palabra oficial del estado mexicano ante la derrota de las comunidades indígenas. Y sobre esa derrota se construyó el México moderno, incluyendo el Tabasco moderno. Lo que siguió fue la continuación de la misma lógica colonial con otros instrumentos: la expropiación de tierras comunales convertidas en haciendas ganaderas, la irrupción de la industria petrolera sobre territorios indígenas sin consulta ni compensación real, la invisibilización sistemática del yokot´an como lengua digna de transmitirse a las siguientes generaciones, la conversión del indígena vivo en problema administrativo y del indígena muerto en atractivo turístico.  Continuará.

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