SEGUNDA DE DOS PARTES
Las deudas históricas con los pueblos mayas de Tabasco son tierras robadas, lenguas asfixiadas, identidades destruidas con instrumentos legales, militares y simbólicos a lo largo de cinco siglos. Y no se han pagado. Ni se tiene intención de pagarlas. Celebrar olmecas extintos mientras esas deudas siguen abiertas es otra muestra más de la hipocresía política mexicana; es el Estado diciéndole al indígena: te robé la tierra, maté tu lengua, y encima voy a elegir yo cuál de tus antepasados merece una estatua.
Hay que usar un término, aunque incomode: genocidio cultural. Es una descripción técnica de lo que ocurrió y sigue ocurriendo en Tabasco con su herencia maya. Lento, sistemático, sostenido por décadas de política pública que nunca tuvo como objetivo preservar lo chontal sino administrar su desaparición de la manera menos escandalosa posible.
La lengua yokot´an retrocede generación tras generación mientras ninguna institución estatal asume con seriedad real su preservación. Los saberes tradicionales sobre el agua, el monte, el calor y el medio, se pierden sin que nadie los considere urgentes. Las comunidades chontales enfrentan contaminación de sus cuerpos de agua, desplazamiento por megaproyectos y olvido presupuestal estructural, mientras la industria petrolera extrajo durante décadas la riqueza de ese mismo territorio y no dejó ni infraestructura digna ni compensación justa.
Y todo esto tiene consecuencias que van mucho más allá de lo cultural, tiene consecuencias en la psique del tabasqueño. En su autoestima colectiva, en saberse parte de algo con profundidad y dignidad.
Hay en el habitante promedio de Tabasco (y quien haya crecido ahí lo reconocerá, aunque le duela admitirlo) un acomplejamiento identitario profundo. La sensación incómoda de pertenecer a un lugar que no sabe bien qué es, que mira hacia afuera con reverencia (a lo chilango, a lo gringo) y hacia adentro con vergüenza, que celebra lo ajeno (y lo llama propio) y descalifica lo realmente propio (preferimos enorgullecernos de la cochinita pibil que guisamos, a invitar al fuereño una manea).
Ese acomplejamiento es el resultado directo y previsible de haber construido una identidad colectiva sobre una mentira, mientras se enterraba el relato verdadero bajo capas de negligencia institucional y conveniencia política. Cuando una cultura aprende a avergonzarse de sí misma, sus hijos crecen sin saber desde dónde hablan ni hacia dónde van.
Una cabeza olmeca de piedra no puede curar esa herida. El reconocimiento honesto de la herencia maya chontal, si se tuviera el valor de asumirlo, quizás sí podría empezar a hacerlo.
La pregunta que nadie con poder en Tabasco quiere responder
Tabasco tiene, si tuviera el coraje de mirarse sin el filtro de sus élites, un patrimonio cultural vivo de una riqueza extraordinaria. Una lengua que todavía respira, aunque cada vez con menos aire; y sobre todas las cosas una historia de resistencia que atraviesa la colonia, las guerras del siglo XIX, el despojo petrolero de los 50´s y la violencia simbólica del presente. Comunidades que mantienen, a pesar de todo, una relación con la tierra, el calor y el agua que ningún museo puede reemplazar.
Pero sus gobernantes posan con piedras muertas. Sus empresarios bautizan sus negocios con nombres de civilizaciones extintas. Sus intelectuales orgánicos reproducen el relato cómodo sin hacerse preguntas incómodas. Y la clase política tabasqueña en su conjunto sigue eligiendo, año tras año, el pasado que no le exige nada sobre el presente que lo demanda todo.
Confunden identidad con cobardía disfrazada de orgullo. Y la pregunta que esta columna deja sobre la mesa no es arqueológica ni siquiera estrictamente cultural. Es una pregunta de poder, brutal y directa: ¿a quién le conviene que Tabasco recuerde mal, que no sepa quién es, que busque sus raíces en piedras extintas en lugar de en comunidades vivas?
La respuesta lleva nombre y apellido. Muchos nombres y muchos apellidos. Y la mayoría de ellos han gobernado este estado en algún momento de los últimos cincuenta años, y mantienen el aparato económico excluyente y extractivista que condenará el futuro de una entidad con una riqueza cultural e histórica única en el mapa mundial. (fin)
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