Se ha vuelto común observar a habitantes de diversas comunidades bloquear carreteras o avenidas cada vez que buscan que sus demandas de obras o servicios reciban atención casi inmediata.
Al inicio, esta forma de actuar podría interpretarse como una expresión genuina de desesperación. Sin embargo, tras la quinta o sexta vez —cuando ya se sabe que el bloqueo suele detonar la respuesta gubernamental— algo se ha transformado, casi sin notarse, en la naturaleza del acto, ya que a la protesta la acompaña una especie de protocolo.
Burrhus Frederick Skinner nunca pisó esas comunidades ni padeció sus carencias, pero sus palomas hambrientas habrían reconocido sin dificultad la coreografía. En su célebre experimento de mediados del siglo pasado, el psicólogo conductista colocó aves en una caja donde un disco liberaba pequeñas bolitas de alimento al ser picoteado. Los animales descubrían el mecanismo por azar, picoteando sin orden hasta acertar. Luego repetían el gesto una y otra vez, no solo por hambre, sino porque el patrón había quedado inscrito en su conducta.
El niño que estira el pantalón de su madre en busca de un caramelo atraviesa un proceso similar. Descubre, casi por accidente, que ese gesto específico produce el dulce; a partir de entonces, deja de ser un niño que pide para convertirse en un organismo que ejecuta una respuesta aprendida.
El condicionamiento operante —ese control de la conducta mediante la manipulación de consecuencias— no permaneció confinado a los laboratorios de psicología experimental. Migró silenciosamente hacia la gestión de lo colectivo. Muchos sistemas políticos contemporáneos funcionan como cajas de Skinner a escala industrial, donde poblaciones enteras aprenden cuáles son las conductas que activan determinadas respuestas del gobierno.
El plantón que antecede a la audiencia con la autoridad o el paro que precede a la firma de acuerdos son síntomas de una ecuación imposible: recursos finitos frente a necesidades infinitas. En ese desequilibrio estructural, el riesgo es terminar priorizando no lo más prioritario ni urgente, sino lo más estridente.
Skinner llevó su experimento un paso más allá al modificar los esquemas de refuerzo. Las palomas dejaron de recibir alimento tras cada picotazo; ahora la recompensa llegaba de manera intermitente, a veces después de diez intentos, otras tras una espera incierta. La incertidumbre no debilitó la conducta: la intensificó de forma casi obsesiva. Las aves picoteaban con mayor frecuencia precisamente porque no podían anticipar cuándo aparecería la siguiente bolita.
Ahí se encuentra el mecanismo más sofisticado del condicionamiento político. Las concesiones gubernamentales se distribuyen con una lógica errática que mantiene a los ciudadanos en alerta constante. No toda demanda obtiene respuesta; no toda crisis merece presupuesto. Esta irregularidad multiplica las presiones, porque nadie conoce la combinación exacta de intensidad, momento y visibilidad que activa el mecanismo. Comunidades enteras quedan atrapadas en un bucle donde importa menos la planeación participativa que la destreza para accionar el interruptor adecuado.
La pregunta no es si los gobiernos manipulan mediante recompensas intermitentes. La pregunta es si nosotros hemos renunciado a los instrumentos genuinos de participación democrática; si hemos abandonado la deliberación sobre prioridades y, con ella, la responsabilidad colectiva de organizarnos para colaborar con el gobierno en el uso más sensato de recursos que, de por sí, son escasos.
Hay pueblos que optan por la inmediatez del bloqueo antes que por la paciencia de la planeación, porque aprendieron que estirar el pantalón del poder con suficiente insistencia suele dar resultado, aunque ello obligue a responder más al ruido que a la necesidad. Esa es la coreografía dominante. Pero —por el bien común— quizá ya sea momento de cambiar la música.