«Jesús, conmovido, extendió la mano, lo tocó y le dijo: —Quiero. Queda limpio.
Al instante le desapareció la lepra y quedó limpio».
Pasaje bíblico
En el imaginario colectivo, las enfermedades infecciosas suelen asociarse con tratamientos breves y soluciones rápidas. Un antibiótico durante algunos días, o a lo sumo unas semanas, parece suficiente para eliminar al agente causal y recuperar la salud. Sin embargo, existen infecciones que desafían esta lógica y obligan a pensar la medicina en escalas de tiempo mucho más largas. La tuberculosis y la lepra, causadas por bacterias emparentadas, son ejemplos paradigmáticos: enfermedades antiguas y aún vigentes en México, cuyo tratamiento se mide en meses y, en algunos casos, en años. Comprender por qué ocurre esto requiere mirar con atención la biología de los microorganismos que las causan.
La tuberculosis es producida por Mycobacterium tuberculosis, una bacteria con características estructurales muy particulares. A diferencia de la mayoría de las bacterias patógenas, M. tuberculosis posee una pared celular extremadamente rica en lípidos, especialmente ácidos micólicos, que actúan como una barrera física y química frente a numerosos antibióticos. Esta pared no solo dificulta la entrada de los fármacos, sino que también ralentiza el metabolismo bacteriano, haciendo que la bacteria crezca y se divida con gran lentitud. En microbiología clínica, este detalle es crucial, muchos antibióticos son más eficaces contra bacterias que se multiplican rápidamente.
A esta resistencia estructural se suma otra estrategia evolutiva clave: M. tuberculosis puede permanecer en estado latente dentro del organismo humano. Millones de personas en el mundo albergan la bacteria sin presentar síntomas, gracias a una respuesta inmunitaria que logra contenerla, pero no erradicarla por completo. Cuando las defensas disminuyen por edad, desnutrición, diabetes, estrés crónico o inmunosupresión, la infección puede reactivarse de forma oportunista. Esta capacidad de "dormir" dentro del huésped explica por qué el tratamiento estándar de la tuberculosis requiere al menos seis meses, incluso cuando los síntomas desaparecen en las primeras semanas. Interrumpirlo de manera prematura no solo favorece recaídas, sino que facilita la aparición de cepas resistentes, uno de los mayores retos actuales en salud pública.
En México, la tuberculosis sigue siendo una enfermedad endémica. De acuerdo con estimaciones recientes, el país registra alrededor de 20 casos nuevos por cada 100 000 habitantes al año, con decenas de miles de personas en tratamiento activo. Aunque la mortalidad ha disminuido de forma sostenida en las últimas décadas, la enfermedad persiste, especialmente en contextos de marginación social, hacinamiento urbano y acceso limitado a servicios de salud. La Organización Mundial de la Salud subraya que el éxito del control de la tuberculosis depende tanto del tratamiento farmacológico como del acompañamiento continuo del paciente durante todo el periodo terapéutico (WHO, 2024).
La lepra, también conocida como enfermedad de Hansen, comparte con la tuberculosis algo más que su pertenencia al mismo género bacteriano. Es causada por Mycobacterium leprae, una de las bacterias de crecimiento más lento conocidas. De ahí que la lepra puede tardar años en manifestarse tras la infección y que requiere tratamientos prolongados y sostenidos que combinan varios antibióticos hasta por más de un año.
Además, M. leprae tiene una marcada afinidad por los nervios periféricos y la piel; de hecho, gran parte del daño que produce no se debe únicamente a la presencia directa de la bacteria, sino a la respuesta inmunitaria del huésped. La inflamación crónica de los nervios, cuando no se diagnostica a tiempo, conduce a pérdida de sensibilidad, deformidades y discapacidad. En la cultura popular y el folklore de algunas religiones la lepra aparece como una enfermedad cargada de estigma, como un castigo. Sin embargo, muchas de las secuelas históricamente asociadas a la lepra no son consecuencia inevitable de la enfermedad, sino del retraso en el diagnóstico y en el inicio del tratamiento.
En México, la lepra es una enfermedad poco frecuente, pero no inexistente. Cada año se notifican aproximadamente 200 casos nuevos, concentrados sobre todo en Sinaloa, Guerrero, Guanajuato y Nayarit. Aunque estas cifras luzcan ínfimas, su relevancia radica en el impacto social, económico y funcional que puede tener un diagnóstico tardío, especialmente en comunidades vulnerables.
El uso de tratamientos con múltiples antibióticos, como los empleados en tuberculosis y lepra, no está exento de efectos secundarios en el huésped. Entre los más relevantes se encuentran la toxicidad hepática, alteraciones hematológicas, efectos neurológicos y diversas interacciones medicamentosas. No obstante, estos riesgos son bien conocidos y manejables, además de que el mayor peligro para la salud individual y colectiva no es la duración del tratamiento, sino su interrupción prematura.
Las bacterias del género Mycobacterium son un caso extraño y complicado. Sus enfermedades nos recuerdan que la biología tiene sus propios ritmos, a los que poco les importa nuestra prisa. Respetarlos no solo es una cuestión médica, también es ética: completar un tratamiento largo protege al paciente, pero también a la comunidad. La tuberculosis y la lepra no son leyendas del pasado; son testimonios de la tenacidad que requiere afrontar una enfermedad.
(jorgequirozcasanova@gmail.com)