«El que quiera ser águila que vuele, el que quiera ser gusano que se arrastre, pero que no grite cuando lo pisen».
Emiliano Zapata
Tras décadas sin noticias importantes del gusano barrenador del ganado ( Cochliomyia hominivorax), este parecía un capítulo cerrado para México y gran parte de Centroamérica. La gran campaña de erradicación basada en la Técnica del Insecto Estéril (TIE/SIT) había logrado empujar la "frontera sanitaria" hacia el tapón biológico del Darién. Sin embargo, hoy vivimos un recordatorio incómodo: las erradicaciones no son eternas si se relajan la vigilancia, la trazabilidad y el control de movilización. La reemergencia reciente del gusano barrenador en la región no es un "accidente entomológico"; es el resultado esperable cuando un parásito con alta capacidad de expansión se encuentra con movimiento de animales, comercio informal e inspección insuficiente.
En el relato regional hay un matiz clave de fechas. Distintas fuentes sitúan señales tempranas en el oriente de Panamá (zona del Darién) desde 2021–2022, pero la "identificación del brote" a escala de salud pública y zoosanidad regional se consolida en 2023, cuando el problema se volvió multipaís al involucrar a Panamá y Costa Rica (CDC, 2026). A partir de ahí, el mapa deja de ser una anécdota local y se convierte en tendencia en todos los países de Centroamérica y México, previamente controlados; se comienzan a reportar casos en animales y también en humanos. Para el 24 de febrero de 2026, el resumen de situación del CDC hablaba de más de 156 mil casos en animales y más de 1,350 en personas en la región afectada.
En México, la evidencia publicada coincide con lo que muchos ganaderos del sureste han visto en campo. Los primeros casos confirmados de esta nueva etapa se documentaron en noviembre y diciembre de 2024, con detecciones en bovinos de Chiapas y Campeche. Y aquí entra la parte incómoda del planteamiento, porque no hubo ninguna reacción, lo que hubo fue una acción tardía y mínima. Quedó en evidencia la escasez de técnicos por estado, la baja capacidad para vigilar rutas secundarias, la limitada trazabilidad y, en la práctica, el poco control sobre movilizaciones irregulares. La expansión hacia el norte–noroeste, entonces, no tiene nada de enigmático, simplemente sigue la ruta de los circuitos comerciales por donde se moviliza el ganado.
Dados los errores en la contención, la estrategia de control ha evolucionado a erradicar la plaga por medio de la Técnica del Insecto Estéril. La TIE consiste en inundar el ambiente con machos estériles de las mosca hasta que las hembras, que típicamente se aparean una sola vez, queden neutralizadas desde el punto de vista reproductivo. Pero esa sencillez conceptual esconde una compleja logística que abarca cría masiva, esterilización por irradiación, transporte, liberación sistemática, monitoreo y, sobre todo, escala. Para hacer posible la operación, se ha invertido en renovar la planta de insectos estériles de Metapa, Chiapas. En ella se prevé generar decenas de millones adicionales de moscas estériles por semana, del orden de 60 a 100 millones semanales, esperando empujar el frente de contención hacia el sur.
Sin embargo, conviene poner esa cifra en perspectiva histórica. La planta que operó en México durante la década de 1980 alcanzaba una capacidad cercana a 500 millones de moscas estériles por semana. Esto sugiere que, aun con la nueva infraestructura, la producción proyectada difícilmente cubrirá las necesidades si existen múltiples frentes activos de dispersión.
Paralelamente, se ha promovido el uso de trampas y atrayentes para controlar las poblaciones de gusano barrenador. Trampas con hígado en descomposición (o sus lixiviados) funcionan, sí, pero no son específicas para C. hominivorax. Simplemente imitan un manojo químico de descomposición y herida que atrae a múltiples moscas necrófagas. Para que funcionen, estas trampas deben ir acompañadas de identificación taxonómica rigurosa de los ejemplares capturados. De otro modo, deberían emplearse atrayentes sintéticos como el Swormlure, desarrollados justamente para acercarse a la señal química más relevante para el gusano barrenador. Cuando se usan lixiviados como "atrayente universal", sin la fase posterior de identificación, el sistema se vuelve un registro de moscas que llegan más que un sistema de alerta específico para el vector que importa.
Las soluciones ineficientes empeoran el problema y llevan a otro dilema social: desincentivan que el productor reporte sus casos de gusano barrenador. No porque minimice el problema sanitario, sino porque la experiencia le enseña que notificar un caso puede implicar costos inmediatos, restricciones a la movilización, inspecciones adicionales, estigmatización del predio, sin recibir a cambio el beneficio esencial, una respuesta rápida y efectiva que realmente contenga el brote.
Todo el problema del gusano barrenador expone las debilidades en vigilancia, manejo y confianza del país. Sin embargo, el pesimismo tampoco nos llevará lejos. El mensaje final es no bajar la guardia, sino: vigilar y atender heridas de los animales, reportar casos observados y exigir soluciones reales al problema. Es un golpe moral ver que a otras personas no les importa; respondamos dándole importancia.
(jorgequirozcasanova@gmail.com)