Los tiempos son más propicios para disfrutar la vida que para morirse.
Moi Mëme.
Le antepongo el don al nombre del personaje del que me ocuparé en esta ocasión porque bien se lo merece. Tuve la oportunidad de conocerlo estando yo radicado en París allá por el año de 1966, cuando enterado de su envidiable trayectoria diplomática se desempeñaba como embajador de México en Francia, pues periódicamente acudía yo a sus oficinas por diferentes motivos.
El deseo de saludarlo hizo que le solicitara una audiencia para platicar con él, llevándome la agradable sorpresa de que era un gran conversador, pero lo que más me agradó de él fue su gran sencillez. En la primera oportunidad lo invité a desayunar, pensando que tal vez no me aceptaría debido a sus ocupaciones, pero grande fue mi sorpresa cuando aceptó con gran facilidad. Llegado el día me hice acompañar de mi gran amigo, Felipe Remolina Roqueñí, abogado como yo, quien en ese momento no daba crédito a mi atrevimiento.
Durante el convivio hablamos de diferentes temas y sabiendo que él era yucateco le pedimos que nos platicara sobre su estado natal. Así lo hizo, también nos enteramos que había sido Delegado Permanente de México en la UNESCO.
Su nombre completo era Silvio Arturo Zavala Vallado, nació en Mérida, Yucatán, el 7 de febrero del año 1900 y murió en la ciudad de México el 4 de diciembre de 2014. Se graduó en el Instituto Literario de Yucatán y posteriormente en la Universidad Autónoma de Yucatán. Fue historiador, diplomático, escritor y académico. Se desempeñó como catedrático en el Colegio de México, de 1963 a 1966; asimismo fue fundador del Centro de Estudios Históricos, miembro del Colegio Nacional, de la Academia Mexicana de Historia y de la Academia Mexicana de la Lengua Española.
Tan importante personaje de nuestra cultura mexicana es don Silvio Zavala que existe, entre otros, un busto de él en el Archivo de Indias en Sevilla y a diez años de su partida, es decir, en el 2024, por parte de la Academia Mexicana de la Historia y el Colegio Nacional, lo recordaron con mesas de pláticas sobre su vida y obra.
Fue becario de las fundaciones Guggenheim y Rockefeller y Doctor Honoris Causa de varias universidades de México y de otros países, así como merecedor del Premio Príncipe de Asturias en 1993.
Al retornar ambos de Francia nos carteábamos, lo que para mí era motivo de orgullo y admiración, pues sabiendo que era una persona muy ocupada no me explico cómo se daba tiempo para contestar mis misivas.
Al personaje de quien me ocupo ahora, como ya lo dejé dicho en renglones anteriores lo conocí en su centro de trabajo, algo muy raro en mí, pues por lo regular a otros los he conocido de manera puramente casual en la barra de alguna taberna, pues son lugares donde siempre hay alguien dispuesto a platicar con el vecino de asiento. Lo mismo me ha ocurrido en los andenes y en los trenes europeos, donde conocí a varios de los que con el tiempo se hicieron grandes amigos míos, amistades que duraron hasta que algunos de ellos lamentablemente fallecieron, habiendo dejado una honda huella en mi vida. Hubo uno que le pareció tan interesante nuestra charla que al transbordar yo de un tren a otro me acompañó hasta la puerta del vagón suplicándome que al retornar a Madrid le telefoneara para reunirnos y retomar la conversación que habíamos dejado inconclusa. Así lo hice, y desde entonces cada vez que volvía a España era inevitable nuestra reunión, que siempre fue placentera.
La última vez que lo busqué sus familiares me dieron la triste noticia de su fallecimiento. En alguna otra ocasión volveré a tocar este tema porque tengo otras anécdotas que me gustaría compartir con quienes tienen a bien leer mis columnas, pues fue una amistad que perduró por muchos años y compartimos momentos muy agradables en los restaurantes y bares a los que concurríamos sin límite de tiempo, pues ahora, sin darme cuenta, me desvié del tema inicial. (Enero 13/2026).