Venezuela

la cabeza de Jano

Los hechos recientes en Venezuela obligan a una reflexión alejada de la propaganda y las posturas extremas. Lo ocurrido no admite lecturas binarias, no puede explicarse en blanco y negro. Exige un análisis que reconozca la complejidad del momento actual, en el que se cruzan reclamos de legitimidad, violaciones jurídicas y disputas geopolíticas que utilizan el sufrimiento de la población como herramienta.

La figura de Jano ayuda a entender esta situación. Este dios romano de dos rostros, que miraba al pasado y al futuro al mismo tiempo, refleja con claridad la paradoja venezolana. Por un lado, se observa el colapso institucional de un régimen que fue vaciando poco a poco los principios democráticos. Por el otro, se ve el regreso de prácticas intervencionistas que debilitan las bases del orden internacional. No se trata de dos miradas sobre un mismo problema, sino de la convivencia de dos males históricos que se refuerzan entre sí.

El argumento presentado por Washington sigue el esquema clásico de la falacia "red herring", conocida como "arenque rojo" o "pista falsa", una estrategia que busca desviar la atención del tema central para confundir a la opinión pública. El término proviene del uso de un pez de olor fuerte para distraer a los perros de caza y alejarlos de su objetivo real.

Mire usted: el discurso oficial comenzó con la promesa de liberar al pueblo venezolano y juzgar a Nicolás Maduro por narcoterrorismo. Esta narrativa apelaba a valores universales difíciles de cuestionar sin parecer defensor de la opresión.

Sin embargo, esa máscara pareció desmoronarse rápidamente. Apenas cuarenta y ocho horas después de la intervención, Donald Trump afirmó de forma abierta el "derecho" de Estados Unidos sobre las reservas de petróleo venezolano. Lejos de tratarse de un lapsus aislado, lo repitió en varias ocasiones, lo que sugiere que las motivaciones económicas ocupaban un lugar central en la operación. El "arenque rojo" desempeñó su papel como señuelo inicial, aunque el cazador terminó revelando de forma prematura cuál era su verdadera presa.

La posterior tarea de control de daños encabezada por el secretario de Estado, Marco Rubio, resulta reveladora. El tono más cuidadoso, el lenguaje diplomático y la insistencia en que Estados Unidos no busca "dirigir" a Venezuela pueden leerse como un intento de reinstalar la distracción y devolver el debate al terreno humanitario.

Aquí surge una pregunta clave: ¿puede considerarse legítima una intervención cuando sus fines declarados no coinciden con sus verdaderas razones? La tradición filosófica de Kant sobre la paz perpetua sostiene que la legitimidad de las acciones políticas depende de la universalización racional de sus principios, es decir, que puedan aplicarse a todos. Si se aceptara la apropiación de recursos ajenos bajo pretextos humanitarios, se regresaría al estado de naturaleza hobbesiano donde la fuerza determina el derecho.

El pensamiento crítico latinoamericano ha advertido muchas veces cómo los discursos de civilización o protección esconden proyectos de dominación económica. La antigua "carga del hombre blanco" adopta hoy la forma de la "responsabilidad de proteger", pero la lógica sigue siendo la misma: un centro de poder que decide el destino de otros países mientras extrae sus recursos bajo la apariencia de ayuda.

La imagen de Jano obliga a aceptar dos verdades incómodas al mismo tiempo. Una intervención puede aliviar el sufrimiento de una población y, a la vez, violar el orden internacional. El pueblo venezolano pudo haber sufrido bajo el gobierno de Maduro y estar siendo utilizado ahora en una operación de saqueo geopolítico.

La declaración abierta de apropiación del petróleo marca un nuevo nivel de deterioro de las normas internacionales. Ya no se intenta siquiera guardar las formas del derecho internacional; se trata de la palabra del vencedor, que impone reglas y se queda con el botín, como si el petróleo justificara cualquier transgresión.

Venezuela se encuentra hoy en el umbral que custodia Jano, ese espacio entre lo que fue y lo que será. En los próximos meses se sabrá si el pueblo venezolano logra una verdadera autodeterminación o si, simplemente, ha cambiado de dueño.