¿Y si sí?

Futbol

"¿Y si sí?" Esa pregunta ha terminado por convertirse en el estado de ánimo de buena parte de la afición mexicana durante el Mundial. Después de tantos torneos marcados por la frustración, el optimismo se expresa con una duda cargada de deseo.

Más allá del futbol, el fenómeno merece atención. De vez en cuando aparecen frases que parecen desprenderse del lenguaje cotidiano para instalarse en la conversación pública. Millones de personas las adoptan y las viralizan por su poderoso impacto emocional para alentar las expectativas de grandes logros.

En una sobremesa con varios amigos, al terminar el partido frente a Ecuador, surgió la idea de que ese "¿Y si sí?" podía servir para asuntos mucho más importantes que un campeonato, un espectáculo o un evento de entretenimiento.

¿De dónde salen estas frases? ¿Por qué una pregunta tan simple logra colarse en el habla de millones de personas que ni siquiera se conocen? El "¿Y si sí?" apareció, se replicó y, de pronto, estaba en las playeras y en las conversaciones de la fila del súper.

Conviene mirar hacia otros lados del mundo, porque esto no es exclusivo de México ni del futbol. La historia guarda casos donde una frase corta, casi accidental, terminó cargando el peso emocional de comunidades enteras.

En 1972, durante la lucha de los jornaleros agrícolas en Arizona, muchos repetían que era imposible enfrentar las restricciones impuestas al movimiento; que "No, en Arizona no se puede". Dolores Huerta respondió con tres palabras que sobrevivieron a aquella coyuntura: "¡Sí se puede!". El lema acompañó durante décadas al movimiento campesino estadounidense, reapareció en las marchas migrantes de 2006, inspiró el "Yes We Can" de Barack Obama y dejó su huella hasta en el nombre del partido español "Podemos". Pocas veces una frase nacida en medio del cansancio ha recorrido un camino tan largo.

Islandia ofrece otro ejemplo. Allí es común escuchar una expresión equivalente a "todo saldrá bien", utilizada frente a los contratiempos más diversos, desde una camioneta descompuesta en un camino remoto hasta una erupción volcánica que cancela vuelos en medio continente. Una encuesta de la Universidad de Islandia, realizada en 2017, encontró que casi la mitad de la población la considera una filosofía de vida. Cuando la selección islandesa sorprendió al mundo en la Eurocopa de 2016, aquella disposición colectiva pareció adquirir un rostro visible.

Lo que tienen en común el "sí se puede" campesino y el "todo saldrá bien" islandés, y me atrevería a decir que también el "¿Y si sí?" mexicano, es que nadie las diseñó en una agencia de publicidad. Brotaron de conversaciones reales y después fueron repetidas hasta convertirse en patrimonio de todos. Quien las pronuncia siente que está hablando con palabras que también podrían haber sido suyas, y tal vez de ahí provenga la razón de su fuerza.

El sociólogo Émile Durkheim llamaba a esto "efervescencia colectiva", ese estado en el que una multitud reunida en torno a algo que la trasciende, un ritual, una fiesta, también un partido de futbol, empieza a sentir y a pensar de una manera que ninguno de sus integrantes lograría por separado.

Hay algo más, y tiene que ver con la gramática misma de la pregunta. "Sí se puede" es una afirmación; ofrece una certeza. "¿Y si sí?" hace lo contrario. Abre un espacio para que cada quien complete la frase con su propia esperanza. Su fuerza reside precisamente en que cada persona puede proyectar en ella lo que desearía ver transformado. Por eso admite muchos más destinos.

¿Y si sí leyéramos más, para entender mejor el mundo antes de opinar sobre él?

¿Y si sí recogiéramos la basura que dejamos en los espacios públicos, convencidos de que la ciudad también habla de quienes la habitan?

¿Y si sí dejáramos de esperar que toda solución provenga del gobierno y recuperáramos el sentido de la corresponsabilidad?

¿Y si sí desterráramos la mentira y el insulto de las redes sociales, donde con demasiada frecuencia la impunidad digital sustituye al diálogo?

¿Y si sí enseñáramos a nuestros hijos que el respeto se aprende observando a los adultos mucho antes que escuchándolos?

Cada una de esas preguntas contiene una pequeña rebelión contra la inercia. La esperanza deja de ser un refugio emocional para convertirse en una disposición práctica. El filósofo Ernst Bloch sostenía que la esperanza auténtica nunca permanece inmóvil; siempre empuja hacia una acción concreta porque, de otro modo, acaba reducida a un consuelo.

El Mundial terminará y es probable que con él desaparezca el entusiasmo que hoy alimenta el "¿Y si sí?". Casi todas las consignas tienen fecha de caducidad. Lo que permanece es aquello que cada generación decide hacer con ellas.

Dolores Huerta no cambió la historia por haber pronunciado una frase memorable. Lo hizo porque, después de decirla, organizó trabajadores, negoció, perdió batallas y volvió a empezar. La lección es clara: las frases memorables no se distinguen por su belleza ni por su ingenio. Permanecen porque, en algún momento, dejaron de describir un deseo y empezaron a orientar una forma de actuar. ¿Y si sí, por fin, nos decidimos a cambiar?

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