Leer para vivir: Julieta Campos, retrato en sepia

Su enorme acervo literario nos permite incursionar y transitar de manera magistral por los más diversos géneros de la narrativa moderna

Traductora, novelista, ensayista y dramaturga: Julieta Campos. Connotada escritora latinoamericana nuestra. Su enorme acervo literario nos permite incursionar y transitar de manera magistral por los más diversos géneros de la narrativa moderna, incluyendo el ensayo antropológico y político. El ámbito de la ficción representa quizá el corpus central de su obra varia. 

Leer para vivir: Julieta Campos, retrato en sepia
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La solidez de la palabra se contempla como ante un espejo habitado acaso por personajes indefinibles dentro de un espacio y un tiempo inciertos, donde el pasado se empeña en contaminar el presente –escribe Fabienne Bradu– y el futuro es insistentemente desplazado; y donde una circularidad envolvente se configura mediante serpentinas frases que van rodeando lo indecible. Tiempo y memoria. Duelo de ambivalencia que rodea al relato más profundo sin acabar de abordarlo. Su desarrollo no representa un simple divertimento cerebral, nos dice la propia autora, sino que se asemeja a una cuerda floja donde el derecho a sobrevivir permanece en constante juego. Ciertamente. La experiencia de la escritura –nos confirma Julieta– transita por una constante ambivalencia: el deseo de narrar y el de introducir en la ficción la otra mirada, la mirada siempre suspicaz de la crítica. 

Y es que poco reconocemos que la escritura se genera en soledad. Para que germine, el escritor tiene que propiciar a su alrededor un espacio de distanciamiento con el mundo: sólo así podrá, encasillado en su extraño feudo, escribir. Sin embargo, la escritura también convoca al otro, a los muchos otros, los otros lectores posibles, para participar de un ritual sin el cual el acto de escribir quedaría trunco. El escritor requiere de un lector por lo menos y deseablemente de muchos. El escritor por supuesto agradece o repudia la lectura del crítico. Agradece si la considera inteligente y eso ocurre, casi siempre, cuando coincide o se acerca a la lectura de lo que se ha escrito; o si le descubre virtudes insospechadas hasta para él mismo. La repudia, y creo con razón, cuando no es una lectura amorosa y se abstiene de anudar con el texto un escarceo erótico. Porque la relación del escritor con la palabra es un acto erótico destinado a inducir tantos otros como puedan multiplicarse las lecturas. Y, a manera de adenda, más adelante cita: hay dos tiempos para la escritura: el que exige el aislamiento y el que reclama la compañía. En el primero, el escritor entrega, se entrega a la escritura como a un o una amante. No le ronda el deseo de otra mirada. Solamente cuando el texto ha sido terminado, surge la tentación de ofrecerlo como un objeto amoroso, a miradas ajenas.

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El proceso de la escritura transita por ese largo y múltiple camino que va del enclaustramiento a la trascendencia. El escritor no sabe, casi nunca, por qué ni cómo escribe. Este proceso es aleatorio, azaroso, incierto. Inmerso en esa extrema condición en la que el creador nos induce hacia mundos inéditos, siempre nuevos. Inserto en una vorágine de sucesos, el narrador ofrenda esa otra unidad diversa de vida, confabulando hacia un sentido siempre enriquecedor de existencia. Y nos restituye dentro de un todo. Morimos y renacemos en la trama misma de los personajes que, como encubiertos por una pátina de resonancias, sigilosamente se acercan, envuelven y modifican la razón nuestra. La literatura se constituye así como otra forma inasible de enriquecimiento. Un relato, un ensayo, una novela, un texto corto, pueden ser determinantes para modificar el rumbo de eso que hemos dado en llamar la existencia en lo humana. 

Mis textos, dice la escritora de MUERTE POR AGUA, fueron creciendo en una forma orgánica como crecen los árboles, echando raíces y luego llenándose de ramas y hojas. Lo mío –afirma– es un continuo de historias donde converge un destino colectivo con muchos individuales, todo ello en una isla: Cuba. Lugar donde también se vislumbra el acoso permanente del mar, la cortina impenetrable de las olas, el sopor siempre húmedo y aquel entorno como envuelto en una grisalla de niebla marina. 

Adentrarnos al mundo magistral de esta escritora cubano-mexicana nos permite potencializar el espectro de nuestra propia mirada. 

Ramón Bolívar, CDMX, 2019.

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