
NOTICIAS
MUNDO
El año nuevo y el misterio del círculo
Ha terminado el año y entre las comparsas y los juegos de pirotecnia que iluminan con lluvias de colores la noche, se desliza silencioso el comienzo de un nuevo viaje sideral de 365 días, el del planeta Tierra alrededor del Sol, con sus afelios o puntos más lejanos y sus perihelios, los de la mayor cercanía.
Es el fin y, al mismo tiempo, el comienzo del ineludible círculo, el año solar, hasta cuando en algún trance, de los inconmensurables tiempos del universo, se empiecen a debilitar los imantados magnetismos universales; y entonces las esferas flotantes den tumbos de ebriedad insondable.
Por lo pronto, no hay diferencias entre el fin del trayecto y su origen, porque el periplo es un círculo, viaje ritmado por las oscuridades del cosmos. El lugar de llegada, imaginario puerto en el que el año recala, se enrosca sobre sí y hace el tránsito a otro bucle, en una especie de vuelo de un Sísifo aéreo, sin tormentos.
Es un círculo en términos astronómicos, metafísicos y además simbólico-mágicos. Astronómicamente hablando, la ruta sideral de la Tierra forma en realidad una elipse, pero al regresar al punto de partida, el principio geométrico es el mismo, el de un trazo que hace el recorrido de 940 millones de kilómetros, durante 365 días alrededor del Sol; mientras este actúa como un centro gravitacional cuya capacidad de atracción determina las distancias de los astros, los fríos eternos y congelados de Urano, tan lejano; o la inconsistencia gaseosa de Júpiter, envuelto en gazas de hidrogeno y de helio; o también la calidez perfecta pero inestable de la Tierra, con la inmensa laguna azul de sus océanos.
Ahora bien, metafísicamente el eterno movimiento en redondo de la Tierra, su traslación orbital, da pie a los imaginarios de una energía lumínica que, al regresar sobre sí misma, determina esotéricamente una fuente de buenas vibraciones, de las que debe aprovecharse cada ser, interesado en sintonizarse con la luz que no se extingue.
Bajo una perspectiva filosófica más estricta, el desplazamiento circular en el que todos nos embarcamos como en una rueda, se ha asociado con el principio del Eterno retorno, esa idea defendida sobre todo por Nietzsche, según la cual, las cosas y los sucesos estarán siempre de regreso en algún momento. Todo lo que va, vuelve en algún instante, que se prolonga ad aeternum, un instante de ida y regreso, un circuito de aparentes visos conservadores que, sin embargo, envuelve la posibilidad revolucionaria de que, con cada regreso, el ser humano pueda superarse y mejorar su condición, convertirse de ese modo en un espíritu más libre, avizorar las potencialidades de su horizonte como súper hombre.
Por último, simbólicamente el movimiento circular encierra el imaginario de la totalidad, algo que no necesariamente estaría sugerido en la línea que progresa siempre hacia adelante. En el viaje sideral del planeta coinciden dos figuras circulares: el movimiento elíptico de la Tierra alrededor de su estrella y la geometría incandescente de esta última. La traslación del planeta y la imponencia del Sol, ambos fenómenos de formas circulares, encierran la totalidad, el poder y la luz que es la vida, algo que mágicamente puede incluir también el futuro predecible del infortunio y la felicidad; lo cual es delicia para los horoscopistas de toda condición.
Quizá la idea más dialéctica, nacida de la ley del círculo, sea la del movimiento en espiral, próxima a los marxistas. La masa de individuos marchamos como humanidad en círculos; la historia se mueve a través de ciclos, pero cada uno de estos va en ascenso; con lo cual cada uno puede ser mejor que el anterior, una visión circular pero optimista. Solo cabe esperar el hecho de que el ciclo que comienza con el año nuevo nos haga más felices y más libres, en cuanto más capaces de enfrentar los retos de la existencia.
DEJA UN COMENTARIO