Autoestima

Lo diré con pena: 8 segundos

¿Cuánto tiempo duró el primer trance de amor entre el príncipe y la princesa? Lo diré con pena: 8 segundos. Numerosos hombres sufren de eyaculación prematura. (Más bien quienes la sufren son sus parejas). Tengo un conocido que por recomendación de otro se aplicó en la parte correspondiente una pomada que según esto hacía disminuir la sensación, con lo cual se retrasaba la terminación del acto. La pomada no tuvo tal efecto, pero ahora el pobre infeliz no sabe si ya se hizo de las aguas o no. Vuelvo al relato. La princesa halló entre las matas de su jardín al príncipe. Una bruja lo había convertido en sapo. Lo llevó a su cama, le dio un beso y el feo sapo se transformó en un apuesto príncipe. Al menos eso fue lo que la princesa les contó después a sus papás. En la cama sucedió lo de los 8 segundos, tiempo mínimo si se considera que investigadores al servicio del novelista Irving Wallace averiguaron que el promedio universal del acto amoroso es de 7 minutos, por lo cual escribió una novela con ese nombre: The seven minutes. Cuando el príncipe se desplomó, exhausto, de espaldas sobre el lecho la princesa le preguntó irritada: "¿Qué ya acabaste?". "Sí -respondió con voz feble el célere galán-. Y no habrá más sino hasta el mes entrante". "¡Joder! -masculló entonces la princesa-. ¡Ahora me explico por qué la bruja te convirtió en sapo!"... No revelaré la nacionalidad de estos dos tipos, pero sí que ambos tenían una autoestima del tamaño de una catedral. De una catedral grande, se entiende. Como las de Toledo, Burgos, Chartres, Saltillo, Laon o Notre Dame. De uno de ellos se cuenta que al llenar su solicitud de pasaporte en el renglón correspondiente a sexo puso: "Enorme". Del otro se dice que cuando el cura lo amonestó: "Debes amar a tu prójimo como a ti mismo", replicó sorprendido: "¿Tanto?". Se encontraron los dos en una calle de Nueva York, y uno le preguntó al otro: "¿Cómo te ha ido?". "No muy bien -respondió el otro, triste-. Tengo un trabajo, pero gano solamente 500 mil dólares a la semana". "¿Cómo es posible? -exclamó el amigo con asombro-. ¿Y entonces de qué vives, che pibe?"... Haré la descripción de la nueva vecina que se mudó al departamento número 14. A más de tener hermoso cuerpo y agraciado rostro era de trato amable y conversación amena. Don Geroncio, el añoso marido que vivía en el 13, buscaba el menor pretexto para ir a tocarle la puerta: que para preguntarle si en su departamento estaba funcionando el internet; que para sugerirle que al salir se abrigara bien, pues afuera había bajado la temperatura. Uno de esos días empleó el más gastado de los subterfugios: fue a pedirle una tacita de azúcar. En esa ocasión tardó más que de costumbre en regresar. La esposa de don Geroncio marcó el número telefónico de la vecina y le preguntó, irritada: "¿Por qué se está tardando tanto mi marido?". Replicó la guapa mujer: "Y créame que a sus años estas interrupciones no ayudan nada a que se tarde menos"... Doña Holofernes experimentó un extraño síntoma del que jamás había oído hablar. Acudió a la consulta de un ginecólogo y le dijo: "Doctor, cada vez que me inclino me salen monedas de diversas denominaciones: de un peso, de 5, de 10...". "No se preocupe -la tranquilizó el facultativo-. Está usted pasando por una etapa de cambio"... En la selva dos elefantes vieron por primera vez a Tarzán al natural cuando iba entrando al río. Uno de los paquidermos le preguntó muy intrigado al otro: "¿Y con esa cosilla puede tomar agua?"... Se llevó a cabo la elección de alcalde de Cuitlatzintli. Uno de los candidatos obtuvo dos votos. Su esposa le reclamó hecha una furia: "¡A mí no me engañas, cabrón! ¡Tú tienes una querida!"... FIN.