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16/03/201805:00 a.m.Autor: Joel Hernández Santiago
Candidatos y ciudadanos: caminos distintos

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Candidatos y ciudadanos: caminos distintos

Joel Hernández Santiago

En unos días, el 30 de marzo, comenzarán las campañas electorales. Para entonces se sabrá quiénes estarán en las boletas  del 1 de julio de 2018 y quienes no, sobre todo en lo que respecta a los llamados candidatos independientes, que al final de cuentas no son tan independientes.

Son tres y tres: Los que ya están listos para dar la batalla ‘máscara contra cabellera’ en el ring político, porque ya están asegurados a través de esas coaliciones insospechadas  de agua y aceite que integraron y los tres que posiblemente consigan su registro, y las prerrogativas correspondientes a su circunstancia.

Si se ven así las cosas, todo parece caminar sobre rieles y nuestras elecciones rechinarán de limpio. Horas después de cerrar las casillas sabremos quién será el nuevo presidente del país a partir del 1 de diciembre de este año y quienes consiguieron pase de abordar para estar en el Senado, en la Cámara de Diputados, en los Congresos locales y gubernaturas.

El país todo –o casi todo- se removerá en sus entrañas para dar acceso a todos esos señores que durante meses, semanas, días, horas estuvieron prometiendo el cielo y las estrellas a los electores. Ya veremos quién y qué cumple cada uno de ellos. Y será, porque hoy mismo están más a la vista, más expuestos al escrutinio público y a la denuncia cierta...

Así, si las cosas fueran tan fáciles y tan diáfanas, con una democracia consolidada en México y con candidatos a la altura del arte, surgidos de partidos henchidos de ideología, doctrina, proyecto de nación, estructura y método, pues entonces no tendríamos que preocuparnos los mexicanos, acaso sí, preocupados en no meter la pata con nuestro voto, que es nuestro capital político.

Pero ya se ve que nos está costando mucho dolor intentar con la democracia. El entuerto está siendo doloroso y acaso sea el parto de los montes porque, lo que se ve ahora mismo, es un panorama desolador, en donde la clase política del país vive en su mundo aparte…

Muy aparte de los ciudadanos que no forman parte de la toma de decisiones, con participación activa, razonada, justa, inteligente y comprometida para fortalecer a nuestro país y heredar un portaviandas lleno de dulces y sabrosuras, para nuestros hijos y sus hijos. No. No es así. Porque esa clase política vive su propio mundo y sus propios conflictos, mentiras, agravios, engaños, traiciones y nada de gracia ni otra cosita.

Por otro  lado, esa mayoría del país que mira con azoro y hasta con indignación el grado de ebullición de la República, en donde se vive a fuerza de instinto de conservación y no porque hubiera un gobierno –gobiernos—que miren con atención lo que hace falta, lo que clama el cuerpo social mexicano y cuáles son las soluciones. Nada.

Así que de pronto vemos a distancia cómo los candidatos de los diferentes Frentes o Coaliciones, se enfrascan en su batalla de descalificaciones, de filtraciones, de agravios y de amenazas de justicia para el adversario a quien se le encuentran “pecados imperdonables”, según se dice.

Esta vez a Ricardo Anaya le encuentran triangulación de recursos provenientes de sus posiciones burocráticas, aunque apenas se presuma si hubo delito o no, el chiste es agotar existencias de respetabilidad.  Más tarde se harán de información para encontrarle peras al olmo de López Obrador o su gente… Un AMLO que ya de por sí mete la pata en la selección de sus acompañantes en su barco que navega proceloso en el mar político.

José Antonio Meade ha cambiado el tono de su discurso. Del lenguaje pulcro y –porque así quiere aparecer-: académico, pasó al casi familia Burrón, cuando dice una que otra majadería por ahí, un “Yo mero” o un “Éntrale” que le lanzó a AMLO para que ‘no le saque’ a debatir. Pero hasta antes de este 30 de marzo, Meade no levanta ni con el pétalo de una rosa. Sigue ahí, atorado en sí  mismo, impulsado por la cúpula y el dinosauriato de su partido, pero no: no y no. No cala.

El presidente Peña Nieto dice que él no meterá las manos en el proceso electoral y que serán los votantes quienes habrán de tomar la decisión de gobierno. Sí. Pero no. Resulta que en el mismísimo discurso, en Veracruz, dice que no se meterá, pero que “tiene a su preferido” Ese que cumple con todas las virtudes que enumeró el 13 de marzo, pero que visto fríamente, él no las tiene, de ello hemos sido testigos todos aquí.

Y lo peor. Que estas elecciones vienen siendo una caja de pandora, por lo demoniaco y por los peores presagios que parecen cumplirse ya.

Apenas el 13 de marzo, el secretario de Gobernación, Alfonso Navarrete Prida, dijo que a la fecha han sido asesinados 30 aspirantes a puestos de elección popular en México, en distintos lugares y de diferentes partidos: todos de forma trágica, e impune, por lo que se ve.

En otro lugar del mundo, en donde los instrumentos de gobierno, las instituciones de gobierno y los hombres y mujeres de gobierno se movieran en democracia, con uno sólo que hubiera muerto, se armaría tremendo jaleo legal e institucional. La sociedad y el gobierno acometerían en contra de quien hubiera causado tal daño. Aquí no: aquí resulta fácil enumerar a treinta muertos políticos, y como si nada: a otra cosa: pase de hoja…

Así que este es el retrato hablado, en el momento, del proceso electoral mexicano. Más desolador no puede ser, pero es, y en esas aguas vamos a navegar de aquí al 1 de julio. Sobreviviremos. Pero ¿aprenderemos la lección de lo que debe ser un hombre y una sociedad en democracia?  ¿Aprenderemos a ser democráticos con todos los beneficios pero también con todas las responsabilidades? Mmmm…