Cartas del Trópico
20/01/2026
Congruencia entre hechos y palabras; confrontación y caos
Quien escuche a políticos opositores y comentaristas afines, tendrá por seguro que la nueva ley federal de telecomunicaciones autoriza intervenciones telefónicas sin orden judicial. Esto contraviene el artículo 16 constitucional y es mentira repetida que distorsiona el debate público. Tampoco es cierto que el gobierno -como aseguró el senador Ricardo Anaya- tenga barra libre para localizaciones de ciudadanos vía GPS: hay protocolos que implican persecución de delitos graves y orden judicial correspondiente. Otra distorsión.
Los tiempos de confrontación que vivimos son proclives a la distorsión: deformar de modo intencional determinados mensajes y hechos. Se necesitan, desde varias trincheras, mociones éticas para elevar el debate. La confrontación de ideas es vital; la confrontación vía distorsiones conduce a mayor polarización.
REAL O INVENTADO
"Tengo la (casi) certeza de que hay algo que se quedará entre nosotros por largo tiempo: la degradación de la discusión pública. Y será nuestra acompañante porque su explotación ha resultado exitosa", escribió José Woldenberg. ¿Razones del éxito de tal degradación? Políticos, comentaristas y periodistas recurren a la salida fácil del insulto, mentiras y descalificaciones, antes que a la descripción precisa y el análisis/interpretación de hechos con tono propositivo. Así, la discusión pública se convierte en exceso retórico sin veracidad y que se aleja del interés ciudadano. Algo se olvida en el camino: la república que -se supone- todos queremos.
Distorsión también es simplificación: aparece el ´nosotros contra ellos´. Woldenberg enfatiza: "nosotros contra ellos ordena la confrontación que es rotunda, clara, inimpugnable (real o inventada es lo de menos)". El problema argumentativo aquí es igualar lo real y lo inventado. Si la realidad social está en tensión, el punto de partida es ése, si se quiere análisis veraz. Otra cosa es inventar confrontaciones. Por lo tanto, el problema no es sólo de lenguaje: hay problemas de convivencia social que se expresarían en la polarización verbal. Y es fundamental que no sea un invento. De otro modo, la confrontación se alimenta con distorsiones.
VICIOS PRIVADOS, AUSENCIAS PÚBLICAS
La política clásica surge con la ciudad (polis), que debe enterarse a tiempo de acciones de gobierno y el hacer de actores públicos; la política moderna privilegia la oscuridad: política sin reflectores y sin participación de quienes no son parte de la élite o no son expertos. Los medios de comunicación, desde hace 150 años, entraron en juego con efecto positivo: transparentar, documentar el quehacer político. Aunque poco a poco, políticos y periodistas establecieron acuerdos para manejar los tiempos públicos de la política como escenografía, con la decisión previamente tomada y lista para anunciarse, no para debatirse.
El viraje de la política como ´arte privado´ tiene consecuencias diversas, con una lección ética a destacar: cuando la política es deliberativa, verdaderamente deliberativa en la arena pública, hay mayores posibilidades de consenso sólido y cambio real en un país. Por el contrario, mientras la política se mantiene como coto privado, las posibilidades de consenso se pierden y el cambio es cosmético.
POSTDATA
Se vive la "época del posdeber", tiempo de contradicciones que afecta sobre todo a los ciudadanos. Ausencias significativas: congruencia entre palabras y hechos, coherencia entre proyecto y ejecución. Problema ético discursivo: las contradicciones no se viven como tales y muestran rostro esquizofrénico. Gilles Lipovetsky lo plantea, aunque sin tomar partido por la ética. Veamos su planteamiento:
"Otros fenómenos ilustran la disociación de la cultura sin
deber. Aquí, los robos y los crímenes contra los bienes no cesan
de tomar vuelo, la especulación le gana a la producción, la
corrupción y el fraude fiscal progresan; allí, se plebiscitan las
medidas de moralización, el futuro planetario, el trabajo y los
valores profesionales. Aquí el dinero-rey y la fiebre competitiva,
allí las donaciones filantrópicas, la benevolencia hacia las masas;
aquí la gestión higienista de uno y los planes de jubilación, allí el
super endeudamiento de las parejas, el alcoholismo y otros desfondamientos toxicomaníacos".
Es decir: hay valores contrapuestos que no preocupan a gobernantes y ciudadanos. Concluye Lipovetsky, sin hacerse ilusiones por un cambio de funcionamiento del sistema social: "Cuando se apaga la religión del
deber, no asistimos a la decadencia generalizada de todas las
virtudes, sino a la yuxtaposición de un proceso desorganizador y
de un proceso de reorganización ética que se establecen a partir
de normas en sí mismas individualistas: hay que pensar en la edad
posmoralista como en un caos organizador".
Es difícil aceptar la idea de "caos organizador". Donald Trump puede ser caos, pero ¿organizador?, la visión de caos organizador cancela congruencia entre palabras y hechos, y la coherencia entre proyectos de gobierno y resultados positivos para los ciudadanos.

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