OPINIÓN

Clase Trabajadora: Entre el olvido y la explotación (I)
23/07/2026

Trabajadores

PRIMERA DE DOS PARTES

Hay 59.6 millones de personas en México que sostienen con su trabajo la vida pública y privada de 131 millones de habitantes. Producen, sirven, transportan, construyen, cuidan. Y, sin embargo, ese mismo país (con cifras, no por discurso) ha decidido que su bienestar es desechable; pareciera que lo hacen a ojos vendados, pero la negociación del bienestar del trabajador es el diseño del sistema en el que vivimos.

Vale la pena decirlo sin eufemismos: México no quiere resolver la pobreza, es un país que tiene un modelo económico que depende de ella para funcionar, y un sistema político que ha aprendido a administrarla en lugar de erradicarla, porque la pobreza gestionada (a diferencia de la pobreza resuelta) produce lealtades.

La arquitectura de la precariedad.

Las cifras del 1T de 2026 no dejan espacio para la interpretación optimista. El 54.8% de la población económicamente activa del país trabaja en la informalidad: más de la mitad de quienes generan riqueza en México lo hacen sin IMSS, sin AFORE, sin incapacidades pagadas y sin ningún derecho laboral exigible ante un juez. No es una anomalía del mercado. Es, sencillamente, cómo está deliberadamente construido el mercado mexicano laboral.

A esa cifra hay que sumarle el 38.8% de trabajadores en condiciones críticas de ocupación: jornadas de más de 8 horas a cambio de ingresos inferiores al mínimo, o personas subocupadas que necesitan más horas de trabajo y a quienes el mercado, deliberadamente, no se las ofrece. El resultado es una masa laboral que trabaja más y gana menos, atrapada en un punto medio entre el desempleo y la explotación que ningún indicador de crecimiento del PIB refleja (pero que convenientemente infla las estadísticas de empleo).

En cuanto al salario el 47% de la población ocupada percibe máximo un salario mínimo. Otro 30.8% gana entre uno y dos salarios mínimos. Es decir: casi ocho de cada diez trabajadores mexicanos viven con un ingreso que no alcanza para más que sobrevivir. En el campo, el 44.2% de las personas no gana lo suficiente para comprar la canasta básica alimentaria; en la ciudad, la cifra es del 26.9%. Trabajar en México ya no es garantía de no ser pobre.

El maquillaje estadístico de la desigualdad.

Aquí es donde el abandono deja de ser negligencia y se revela como estrategia. El gobierno mexicano ha celebrado públicamente la caída del coeficiente de Gini de ingresos a 0.391 (0 sin desigualdad, 1 desigual), presumiendo a México como el segundo país menos desigual de América. La cifra es real. Lo que se omite es cómo se logró.

Esa mejora no proviene de una transformación estructural del mercado laboral (ni formalización masiva, ni creación de industria de alto valor, ni fortalecimiento salarial real). Proviene, casi en su totalidad, del reparto de transferencias directas: los programas sociales. Los análisis disponibles son contundentes en un punto: sin esas transferencias, el Gini de 2024 habría sido de 0.450. El mercado laboral sigue siendo tan injusto y excluyente como siempre. Lo único que cambió es que ahora la desigualdad se cubre con dinero público antes de que la vea la estadística.

También es importante señalar que el coeficiente de Gini solo mide el ingreso, sin embargo, la riqueza también incluye la concentración de activos, en la cual podemos ver la radiografía real de la desigualdad en México, somo el país donde el 10% más rico acumula el 71% de la riqueza nacional, el 1% acumula hasta el 40%, mientras que el 50% más pobre solo acumula entre el 2 y el 9% dependiendo del indicador. 

La lógica de fondo es simple y, por eso mismo, incómoda: formalizar a la clase trabajadora (darle IMSS, acceso real a vivienda, cumplimiento efectivo de la ley federal del trabajo) le otorgaría independencia económica. Y la independencia económica no necesita agradecer nada en cada elección. Mantener la informalidad rondando el 55% mientras se mitiga la marginación con transferencias monetarias convierte lo que debería ser un derecho universal e incondicional en un favor gubernamental, renovable, condicionado, y sobre todo políticamente rentable. No se trata de sacar a la gente de la pobreza, se trata de volverla dependiente de quien la administra. Herencia colonial. 

Ningún efecto de este modelo es tan silenciosamente devastador como el que recae sobre los jóvenes. Continuaremos. 

Las opiniones aquí expresadas son responsabilidad exclusiva de sus autores, y por ello no corresponden necesariamente con las de esta casa editorial ni de su sitio web




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