OPINIÓN

EL PUNTAL
13/04/2026

Alí: el síndrome de Eróstrato

Eróstrato de Éfeso es aquel personaje de patética memoria que en el año 356 antes de Cristo incendió el templo de Artemisa —una de las siete maravillas del mundo antiguo— movido por el único y desnudo deseo de que su nombre perdurara. Su afán de protagonismo era tan enfermizo que los magistrados atenienses dictaron una ley para prohibir la mención de su nombre, bajo pena de muerte. La ley, claro, no funcionó. Hoy recordamos a Eróstrato precisamente por esa vanidad patológica que no puede apagarse a sí misma.

Con parecida intención, Jesús Alí de la Torre no incendió ningún templo, sino que se dispuso a leer un comunicado de renuncia a Morena con toda la solemnidad de quien baja de una nube. Este gesto recuerda la teatralidad anacrónica de la política del siglo pasado. Acusó a Morena de no respetar sus derechos político-electorales y de frustrar sus "legítimas aspiraciones" de gobernar el municipio Centro, como si gobernar fuera una herencia y no un mandato.

Conviene detenerse en la palabra "legítimas". Aspirar es humano y hacerlo con razones es político. Pero aspirar porque se cree que el cargo pertenece por derecho natural es padecer el síndrome de Eróstrato, es decir, confundir el realce del nombre propio con la cosa pública.

Cabe recordar que la gestión anterior de Alí de la Torre en el municipio de Centro no es precisamente la que uno exhibiría como credencial. Dejó en la memoria colectiva de Villahermosa el "Museo de Evidencias de su Vanidad Irrefrenable" —el Musevi— acrónimo más exacto para representar lo que muchos capitalinos dicen de esa obra, y que los urbanistas llaman "elefante blanco", es decir, una versión arquitectónica del ego: grande, costosa e incapaz de sostenerse por sí misma.

Ahora, desde su nueva trinchera de indignado, Alí de la Torre dirige sus críticas hacia la actual alcaldesa de Centro, Yolanda Osuna Huerta, y sostiene que en materia de agua —precisamente donde más se ha invertido y donde más profundo ha sido el abordaje del rezago histórico— no se ha hecho nada. Los capitalinos padecen, dice, la falta del líquido vital.

Resulta perturbador que alguien que ya gobernó una ciudad y pretenda hacerlo de nuevo no sepa distinguir entre las fugas que deja la ampliación de una red hidráulica —consecuencia inevitable de abrir tuberías nuevas en infraestructura envejecida— y la ausencia total de acción. Pero lo más asombroso es que, en ese mismo alarde de desinformación, estime el costo de las obras hidráulicas en "más de 10 mil millones de pesos". La cifra es pública y, según dio a conocer en su momento la propia administración municipal, asciende a poco más de 1,200 millones de pesos. No 10 mil. Mil doscientos.

¿De dónde sale esa cifra fantasma? De la misma fuente que alimentó el incendio de Eróstrato: la necesidad de hacer ruido y de provocar que algo arda, aunque sea la verdad.

Las obras son reales y sin precedente en décadas: el acueducto Usumacinta, la nueva Planta Carrizal II y la plataforma de captación en el río Carrizal para sustituir la fuente de abastecimiento de la Planta Villahermosa. El 80% de esa inversión provino directamente del gobierno federal al ayuntamiento. Son hechos que existen en planos, en contratos, en tuberías ya enterradas y en agua que hoy llega a zonas donde antes no había.

Hay una imagen que lo dice todo. Cuando Eróstrato fue capturado, confesó que había quemado el templo porque quería ser famoso. No tenía otro argumento.

Jesús Alí de la Torre abre la boca para respirar cuando siente que se ahoga. Es comprensible, porque a veces la asfixia política duele. Lo que ya no es comprensible ni tolerable es que, en ese esfuerzo desesperado por tomar aire, confunda el oxígeno con la mentira y pretenda que los demás lo inhalen como si fuera verdad.




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