OPINIÓN

El ÚLTIMO ENCUENTRO
24/04/2026

Sobre Ivonne Melgar Navas

Mis primeros encuentros con Ivonne fueron en el patio de la FCPyS de la UNAM, en las nuevas instalaciones frente a Santo Domingo después del cambio de la Escuelita, -hoy anexo de la Facultad de Derecho, que fue donde comenzamos nuestros estudios formales. En la Escuelita no la recuerdo sino su aparición en mi vida es ya en el pedregal rumbo al Centro Universitario. Yo cursaba la especialidad de Ciencia Política y ella, un par de años menor que yo, estaba inscrita en Ciencias de la Comunicación. Recuerdo con detalles porqué nos hicimos amigos: se volvió mi consejera sentimental, luego política, pues a ambos nos tocó la lucha por el CEU, en la que participé a petición de mis compañeros de generación, pues yo venía de experiencias muy singulares y no entendía el proceso, pero Ivonne lo comprendía perfectamente y lo vivía con gran pasión. Recuerdo mucho las asambleas y marchas y a la militante Claudia Sheinbaum –con quien nunca crucé una palabra- y aquellas noches y madrugadas en C.U., en que mi guía fue mi compañero Fernando Soto Castro. Mi modesto auto estuvo al servicio del Movimiento y tuve mi pase firmado por Antonio Santos, uno de los líderes históricos del CEU. Posteriormente, invité a Ivonne a colaborar en una revista que, cito de memoria, se llamó La Rosa de Coyoacán, en ella dejamos nuestras juveniles huellas. Todo ello en 1989.

A partir de allí establecí un verdadero diálogo con Ivonne y desde entonces quedé deslumbrado por su inteligencia y por su sensibilidad. Conversábamos mucho. Nuestra amistad se truncó porque yo regresé a Tabasco y ella se cambió de casa, en la céntrica calle Hidalgo, casi al llegar a División del Norte., en Coyoacán. Luego supe que su mamá había retornado a El Salvador, -de donde precisamente Ivonne es nacida y un tiempo nos dejamos de ver. Recuerdo a su hermana Gilda y a su novio Martín Beltrán, entonces un muchacho muy inteligente, ingeniero químico,  pero muy radical que pedía para sus opositores la pira en leña verde y que hoy es un pan de Dios y su cordura y templanza mucho agradan cuando se tiene la suerte de convivir con él.

Como dicen los sabios, en el flujo y reflujo de las relaciones humanas nos acercamos y luego los caminos de la vida nos separaron. Luego, nos unieron de nuevo y tuve el placer de acompañarla en su fiesta por el aniversario de sus 50 años. En ese festejo Ivonne dio un pequeño y muy sustancioso discurso sobre la vida, la amistad y la responsabilidad vital. No omito que para entonces ya tenía en el periodismo mexicano una carrera...una carrera hecha por sí misma, en lo general, pues en toda trayectoria siempre alguien nos echa la mano, nos da una oportunidad, o nos abre una puerta, pero ella ha luchado por sí misma como nadie.

Aquella noche de sus 50 años Ivonne en su alocución frente a sus invitados proyectó un video de su llegada a México desde El Salvador a sus 13 años...y en su discurso mencionó unas líneas de un escritor húngaro de nombre Sándor Márai, cuyos libros había visto en Gandhi pero nunca había leído una línea suya. Ivonne, para entonces, ya lo tenía –peinado de raya en medio- me encanta esta expresión coloquial y populachera, y al escucharla yo quedé conmovido.

Más tarde compré mi primer libro de Sándor Márai y descubrí todo un mundo. La cita que Ivonne intercaló esa noche fue la siguiente y está en su novela El último encuentro:

"Me encontraba delante del piano, mirando las orquídeas. Aquella casa era como un disfraz. ¿O el disfraz era el uniforme? A esta pregunta solo tú puedes responder; y de alguna manera, ahora, cuando ya todo ha terminado, has respondido con tu vida entera. Uno siempre responde con su vida entera a las preguntas más importantes. No importa lo que diga, no importa con qué palabras y con qué argumentos trate de defenderse. Al final, al final de todo, uno responde a todas las preguntas con los hechos de su vida: a las preguntas que el mundo le ha hecho una y otra vez. Las preguntas son éstas: ¿Quién eres? ¿Qué has querido de verdad?...¿Qué has sabido de verdad?...¿A qué has sido fiel o infiel?...¿Con qué o con quién te has comportado con valentía o con cobardía? Estas son las preguntas. Uno responde como puede, diciendo la verdad o mintiendo: eso no importa. Lo que sí importa es que uno al final responde con su vida entera."

Hace unas semanas Ivonne cumplió 20 años de escribir su columna Retrovisor y fue agasajada por sus múltiples amistadas. En mi desordenado librero busqué mi ejemplar de Márai y no lo encontré. ¿Lo regalé? Muy probable. Lo adquirí de nuevo y lo leí de nuevo. Aquel hombre que lo leyó hace más de diez años y el que lo leyó hace unos días son ya dos hombres distintos ensamblados en un mismo cuerpo. Mi sensibilidad es otra. Sin vanidad, la he pulido. Más que disfrutar la novela la interioricé de una manera mucho más personal e íntima, y le agradecí a Ivonne haberme descubierto el mundo de Márai. Debo decir que a lo largo de mi vida he conocido gentes inteligentísimas pero ahora, rumbo a la edad de la Sabiduría y la Muerte lo que más admiro es la sensibilidad, la empatía emocional o la cadena o eslabón vital que nos une a nuestros congéneres, a todos aquellos que pasan para bien por nuestra vida. Aquella frase que André Maurois hace decir a Turguéniev  bien lo pudo escribir Márai: "Nuestra verdadera patria es el corazón de la gente que nos ama." Todo lo demás es un discurso político.

Doy gracias a Ivonne por varias cosas muy valiosas: sus consejos, su lucidez femenina (¡qué difícil de encontrar!), por su paciencia, por nunca comprender mi amor por su condiscípula, por Martin y aquella cena llena de vino que terminó a las 6 de la mañana y le dije a Martin, señalando los edificios de Copilco: "Martin estamos en París...!estamos en Place de Italie!" Le doy gracias por su solidaridad de amiga leal y paciente, por su cultura, por el vino mágico que alegra el corazón del hombre. Son muchas las cosas imposibles de escribir en un pequeño texto. Me despido de ella dándole un beso en la mejilla izquierda.  Sándor Márai me ilustra y todo lo que mi ingenio no puede decir él lo dice por mí: "Cada beso humano, es también una respuesta –a su manera distorsionada y tierna- a una pregunta que no se puede formular con palabras." Así es también una relación como la mía con Ivonne.




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