OPINIÓN

La pandemia, la fe y el retorno a la espiritualidad
20/06/2020

Este año 2020, es un año de conmoción mundial. Han pasado seis meses del mismo y hemos empezado por un problema de salud que recorre el mundo, el Coronavirus o COVID-19.  Este es un virus, que independientemente de su origen, ha profundizado diversos problemas sociales, económicos y políticos que ya existían por décadas e incluso por generaciones en diferentes escalas espaciotemporales. Me refiero concretamente, a las cíclicas crisis económicas de los países denominados del tercer mundo, que están en América Latina, África, Asia; a los conflictos raciales que se han perpetuado en países del primer mundo, como se considera a los Estados Unidos de América y a las amplias protestas en Europa.

También se han acentuados precarias condiciones de amplios sectores poblacionales carentes de empleos y de ingresos salariales dignos, así como de servicios de salud y vivienda, que están al margen que el modelo de desarrollo económico de orden capitalista expulsó hace tiempo. Cifras y datos hay para demostrar estas afirmaciones en amplias zonas geográficas continentales, nacionales y locales. Ahora esto es parte de un todo complejo que es necesario reflexionar en su momento de forma multidisciplinaria y descolonizadora como lo plantea constantemente un filósofo de nuestro tiempo, Enrique Dussel.

Sin embargo, hay un ámbito que atraviesa al ser humano, en su inmensa mayoría, y son los asuntos de la fe, de la espiritualidad o el de la religiosidad, según se le quiera interpretar. En el planeta, hay cuatro religiones predominantes, así como sus diversas ramas o disidencias, diría Bernardo Barranco, sociólogo de la religión. Estas son el islamismo, budismo, hinduismo y el cristianismo. De modo tal, que se considera que hay un 90 por ciento de la población mundial en alguna de ellas y que sociológicamente están en la categoría de prácticas socioculturales porque forman parte de la vida cotidiana, social, familiar e individual de sus practicantes o creyentes. 

El cristianismo como religión institucionalizada fundada desde el Estado o poder del emperador Constantino en el Siglo III de la era cristiana, se encuentra en crisis en términos éticos y morales; sin embargo, existen conceptos fundamentales históricos y tradicionalmente fuertes basados en las Escrituras, la Biblia, el libro sagrado en donde se definen algunos aspectos ejes de la espiritualidad cristiana: el amor al prójimo, la concepción de la vida eterna, la salvación, el libre albedrío, y la concepción de un solo Dios, una fe, una iglesia o asamblea en el estricto sentido del origen de la palabra griega.

CONFINAMIENTO Y REFLEXIÓN

En estos meses que el COVID-19 pasó de ser una epidemia a pandemia, las muchas expresiones del cristianismo, tanto católicas y no católicas, han tendido también al confinamiento y a la sana distancia que la Organización Mundial de la Salud (OMS) recomendó a todos los sectores sociales de los espacios públicos e institucionales como son las reuniones congregacionales en templos, capillas o catedrales, e incluso las reuniones celulares en casa. 

Las tecnologías y herramientas digitales han permitido que se lleven a cabo misas católicas de un papa solitario en el Vaticano, así como congresos y conferencias internacionales, nacionales y locales, desde Estados Unidos, China o Corea o en algún otro sitio de México por pastores y líderes de las iglesias evangélicas, donde el único testigo es una plataforma virtual y detrás de ella, cientos y miles de congregantes que escuchan activamente los mensajes de esperanzas, salvación, arrepentimiento y oración ante la presencia de un virus letal como el COVID-19. Algunos dicen que eso es lo que le hacía falta a la humanidad para retraerse de la vida cotidiana y entrar a la reflexión, a la convivencia familiar, a estar más cercanos pese al distanciamiento social. 

La era digital ha entrado al mundo subjetivo del individuo y al de la colectividad organizada en asuntos de la fe, como parte de los nuevos movimientos sociales derivada de la tercera y cuarta revolución industrial o revolución digital y tecnológica. 

Una característica de estos nuevos movimientos es el activismo digital, en donde se reúnen grupos celulares para evangelizar, orar, rezar, testimoniar experiencias personales de sanidad o salvación, así como también para enviar o recibir condolencias por algún familiar creyente que muere por el COVID-19. 

Incapaces aún de convocar a reuniones oficiales masivas por los decretos gubernamentales y sanitarios, los actores de la fe (líderes, sacerdotes, creyentes, dogmas y estructuras), en la era digital abren espacio para escalar a esferas más íntimas del sujeto convocado o de la unidad doméstica o familia que interactúa mediante un proceso comunicativo que aporte diálogos, actitudes, escenarios, mensajes. Un nuevo código del lenguaje espiritual que le devuelva la esperanza de la vida y el fin de una era más cercana cada vez a un apocalipsis con síntomas de destrucción, caos, muertes, pestes, hambrunas, terremotos, violencias. 

Una nueva tendencia espiritual surgida en China, está recobrando desde los años 60 del Siglo XX que no son esos los signos que hay que hay que entender del fin de la era, sino convocar al espíritu humano a reconciliarse con el Dios humanizado para lograr una nueva era gobernante que admita al nuevo hombre renacido, regenerado, transformado.  

Es interesante observar que, en estos procesos, las personas encuentran consuelo, o al menos, una alternativa ante la incertidumbre de un tiempo que varias generaciones de la población mexicana, y particularmente la tabasqueña, no había vivido en las dimensiones y proporciones que el coronavirus está dejando a su paso, pese a las condiciones climáticas y ambientales que tiene el trópico húmedo, pues se han dado cepas virales como el dengue hemorrágico. 

El sureste mexicano, y sin excepción, Tabasco, durante varias décadas, se le considera como una entidad con adeptos que practican algún culto de los grupos protestantes-evangélicos, y donde los proyectos evangelísticos tienen un largo alcance como la familia, han encontrado un nuevo activismo a través de las redes sociales (Facebook, Zoom, WhatsApp, entre otros) para presentar una única opción espiritual para el hombre, para la humanidad. 

Para ello, se exhorta a hacer en este final de los tiempos, una autoevaluación personal, alrededor de la familia, y de su entorno social, laboral, amistades, para comenzar un nueva vida y a confrontarse con los modelos bíblicos como ejemplos de vida; lo cual, cabe mencionar en esta reflexión, que no pone en tela de juicio la espiritualidad del mundo subjetivo de los individuos en la sociedad local que asuman tales prácticas, sino que se ocupa de entender la manifestación de nuevos procesos sociales que están emergiendo en el terreno de una sociedad que ha vivido por décadas los embates de una modernización y globalización ajena muchas veces a sus intereses personales y colectivos y que en los tiempos del COVID-19, la fe, virtualmente, se la está proporcionando.



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