OPINIÓN

EPIGMENIO IBARRA

La razón y la garantía de la victoria
02/07/2020

El vuelco histórico que se produjo en México el 1 de julio de 2018 fue precedido, provocado, por un vuelco -también histórico- en el pensamiento y en el discurso tradicional de la izquierda en México.

Luego de dos campañas presidenciales, de un fraude electoral en el 2006 y de perder a manos de un adversario que sobrepasó los límites de campaña y compró votos en 2012; tras años de resistencia, victorias parciales y derrotas que parecían definitivas; después de recorrer varias veces todo el país y escuchar a su gente en el pensamiento de Andrés Manuel López Obrador operó un giro copernicano.

Cuando en el 2017 se preparaba para iniciar su campaña electoral, el ahora presidente de México hizo a un lado una idea que prevalece en los grupos de izquierda del mundo. Sin que sus adversarios se dieran cuenta de la importancia de este cambio, dejó de considerar al capital y a la plusvalía -en un país donde todo el mundo sueña con tener un capital y hacerse de la plusvalía correspondiente- como causa fundamental de la desigualdad, y centró el origen de ésta en la corrupción.

"Ahora sí voy a ganar", me dijo una vez en el camino entre Querétaro y Guadalajara durante la campaña. "Será la lucha contra la corrupción -sentenció- lo que finalmente nos unirá a todas y todos y nos conduzca a la victoria". Y así fue. A votar salimos 30 millones de personas, decididas a poner fin al corrupto régimen neoliberal y lo logramos con tal margen que hacía imposible cualquier maniobra para arrebatarnos el triunfo.

Desbaratamos con nuestros votos a una oposición que no registró entonces, y no registra aún, la profundidad de ese cambio discursivo, su efecto movilizador, la sincronía entre los sentimientos de esta nación -harta e indignada de tanto, tan descarado y tan omnímodo saqueo- y la promesa de desterrar de raíz ese cáncer que infectaba todos los órdenes de la vida en México.

Más allá de las banderas ideológicas, de los partidos, los trucos de mercadotecnia política, la guerra sucia y las promesas electorales, súbitamente ese enunciado aparentemente tan simple, tantas veces repetido por un candidato de proverbial y reconocida honestidad como López Obrador, prendió entre la gente. Hizo crecer en la conciencia colectiva la convicción de que bastaba con ser decente para ser revolucionario, para ser protagonista de la transformación de México.

Que en cada plaza y en cada entrevista, López Obrador hablara de lo mismo, pusiera los mismos ejemplos de la inaudita y congénita corrupción del régimen: el NAICM, el avión presidencial, el desmantelamiento de la industria petrolera, los sobornos, los excesos de los gobiernos neoliberales, provocó la burla de intelectuales y líderes de opinión. No se dieron cuenta, aún no se dan cuenta, de cómo el pensamiento obradorista entraba en sintonía con las aspiraciones de hombres y mujeres de muy distintas formas de pensar y de diferentes clases sociales.

No fue el hartazgo frente al PRI y al PAN, no fueron las deficiencias de sus candidatos, sus errores de campaña o de estrategia lo que provocó y seguirá provocando la debacle de la oposición. Fue una profunda, razonada, legítima y vigente aspiración colectiva. Una fuerza telúrica -la razón de la victoria- que colocó a López Obrador en Palacio Nacional y que lo empuja -la garantía de la misma- para que culmine la tarea de demoler al viejo régimen. Queremos las y los mexicanos vernos libres para siempre -de raíz- de la corrupción. Aquí las cosas no habrán de ser jamás como antes.  

@epigmenioibarra 




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