OPINIÓN

María callas, la divina
13/11/2020

María Anna Cecilia Sofia Kalogeropoúlou  nació en Nueva York un 2 de diciembre de 1923, hija de inmigrantes griegos recién llegados a la Gran Manzana. Su padre, al instalar su segundo negocio, por la complejidad de su apellido, lo cambió a Callas, nuevo apellido que años más tarde lo adoptó esta diva para llamarse ya simplemente María Callas, que en griego se pronuncia Cal-las.

Su vida estuvo llena de altibajos, de los más espectaculares éxitos y  también de dolorosas tragedias. Tras de la separación de sus padres, acompañó a su madre en su regreso a Grecia, donde para inscribirse en el Conservatorio Nacional de Atenas tuvo que falsear su edad, ya que la mínima requerida era 16.

 Sufrió el autoritarismo de su madre, que siempre la llamaba gorda y la  mal comparaba con su hermana: más tarde declaró que si bien admiraba la fortaleza de su madre y agradecía su apoyo, ésta siempre vio en ella un sustento económico y nunca se sintió querida por ella.

Tras su debut en 1942  en el Teatro Liceo Nacional de Atenas, comenzó  una carrera de éxitos, cada vez mayores, y que parecían no tener fin. Al debutar en la Scala de Milán, el teatro más importante de Italia, fue aclamada por el público como "La Divina", apelativo con el que a partir de entonces se le llamó.

Al final de la segunda guerra regresa a Nueva York y Edward Johnson, director del Metropólitan Opera House le ofrece los papeles principales  para su temporada 1946/47 con las óperas Fidelio de Beethoven y Madama Butterfly de Puccini y ante el asombro de este rechaza la oferta alegando que ella no canta Fidelio en inglés.

En Italia conoció a quien sería su esposo: un acaudalado industrial de la construcción llamado Giovanni Battista Meneghini, 30 años mayor que ella, pero que sería su apoyo y  decisivo en la gestión de su carrera de soprano.

El 23 de mayo de 1950 debuta en el Palacio  de Bellas Artes de la Ciudad de México, cantando Norma, y es en ese mismo escenario donde intercala un célebre Mi bemol al final del segundo acto de Aida conocido como «el agudo de México» al lado del tenor Mario del Mónaco y en donde cantaría las dos únicas funciones de Rigoletto a lo largo de su vida.

En Bellas Artes cantaría con Giuseppe Di Stefano "Rigoletto", "Traviata", "Bohemia" y "Lucia de Lamermoor" formando desde entonces una de las parejas más famosas en la Historia de la Ópera. Juntos grabaron 9 óperas completas: "Rigoletto", "El Trovador", "Manon Lescaut", "Baile de Máscaras", "La Bohemia", "Los Puritanos", "Cavalleria", "Payasos" y "La Traviata"

En 1957 durante una fiesta en Venecia le presentaron al magnate Aristóteles Onassis y el 3 de noviembre de 1959 Maria Callas dejó a su marido Giovanni Battista Meneghini por el magnate naviero griego, un idilio que la prensa de la época difundió exhaustivamente. Esta tortuosa relación sentimental se convertiría en una «tragedia griega». La soprano se retiró durante un breve tiempo mientras duraba su relación con Onassis, y a su regreso, por falta de práctica y excesiva vida social, a nadie se le escapó que su voz había perdido fuerza y evidenciaba  signos de decadencia.

En 1965 en la Opera de Paris al terminar el último acto y caer el telón, María se desplomó y la llevaron inconsciente al camerino. Ese año la Callas realizó su última representación con ópera con Tosca en el Convent Garden londinense. Llegaba a los  41 años.

En 1966 renuncia a la ciudadanía estadounidense y toma la nacionalidad griega. De esta manera técnicamente anula su matrimonio con Meneghini. Tenía la esperanza de que Onassis, a quien en verdad amaba, le propusiese matrimonio, pero Onassis dilataba la relación y  con diversos pretextos nunca  intentó formalizarla. Y el 20 de noviembre de 1968 Onassis abandonó abruptamente a Callas para casarse con  Jacqueline Kennedy. María, herida en lo más profundo de su orgullo, nunca pudo superar el mal trance  y jamás se lo perdonó a pesar de que Onassis, más tarde, la buscaría repetidas veces cuando su matrimonio con la viuda estadounidense se había convertido en un martirio.

El  16 de septiembre de 1977, María se despertó en su casa de París. Desayunó en la cama. Tenía un dolor punzante en el costado izquierdo y se desmayó.  Reclamaron la presencia del médico  que salió inmediatamente pero  María,  murió antes de que llegara. Su funeral tuvo lugar el  20 de septiembre y su cuerpo fue incinerado en el cementerio parisino de Pére Lacgaise. Su urna fúnebre fue robada y encontrada unos días más tarde. Tras su recuperación se dispersaron sus cenizas en el mar Egeo.

Cantó todas las óperas, incluso algunas materialmente olvidadas, con gran maestría, formidable talento dramático, un timbre de voz inigualable, que abarcaba tres octavas,  y una particular hermosura física. Su irrupción en el mundo de la lírica dejó una marca imborrable. Aquí le rendimos un recuerdo.




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