OPINIÓN

Más allá de la cancha (II)
07/07/2026

Cuando el patriotismo no debería durar solo 90 minutos

SEGUNDA DE DOS PARTES

Un partido dura noventa minutos, tiene un ganador, genera emociones inmediatas y millones de personas lo viven al mismo tiempo. En cambio, la educación, la ciencia y la cultura son procesos que toman años y cuyos resultados no siempre son visibles de inmediato.

Al profundizar en esta reflexión encontré que no solo se trata de una decisión de los medios de comunicación, sino también de la lógica del sistema económico en el que vivimos. La mayoría de los medios son impresos que necesitan generar ingresos, y éstos dependen de la atención del público. Mientras más personas vean un programa, lean una noticia o interactúen con un contenido, mayores serán las ganancias obtenidas mediante la publicidad.

En ese contexto, el futbol se convierte en un producto sumamente rentable. Un gol, una final o una polémica deportiva generan millones de espectadores en cuestión de minutos, mientras que un descubrimiento científico, un logro académico o un avance cultural suelen atraer mucho menos interés. No porque sean menos importantes, sino porque producen menos audiencia y, en consecuencia, menos beneficios económicos.

Quizá el problema no sea que el futbol ocupe un lugar importante, sino que el dinero determine qué merece nuestra atención como sociedad. Cuando el éxito de una noticia se mide por la cantidad de clics o de espectadores, existe el riesgo de que la educación, la ciencia y la cultura queden relegadas, aunque sean fundamentales para el desarrollo del país.

Esta reflexión también puede explicarse desde una teoría de la comunicación conocida como "establecimiento de agenda" (del inglés, agenda setting) Esta explica que los medios de comunicación no nos dicen exactamente qué pensar, pero sí influyen en los temas sobre los que pensamos. Si un medio de comunicación decide hablar del próximo partido, de la alineación, de un penal o de un gol, entonces el futbol ocupa una gran parte de la conversación pública. Mientras tanto, otros temas importantes reciben menos espacio y terminan pasando desapercibidos.

Sin embargo, no solo los medios participan en esta dinámica. Las instituciones y quienes ejercen el poder también influyen en los temas que ocupan la conversación pública. Así como los medios suelen dar mayor espacio a aquello que genera mayor audiencia y, por lo tanto, más beneficios económicos, quienes gobiernan también comunican qué asuntos consideran prioritarios mediante sus declaraciones, sus acciones e incluso sus silencios.

Hace unos días vi una entrevista a la presidenta Claudia Sheinbaum. Al ser cuestionada sobre las madres buscadoras, decidió no responder y señaló que la pregunta era una provocación. Más allá de las posturas políticas que cada persona pueda tener, ese momento me llevó a reflexionar sobre cómo el poder también construye la agenda pública: aquello de lo que se habla, pero también aquello de lo que se deja de hablar. Cuando el dinero decide qué vende y el poder influye en aquello de lo que se habla, la atención de una sociedad deja de construirse únicamente por la importancia de los hechos y comienza a depender de los intereses que los rodean.

Al final del día, una sociedad no siempre habla de lo más importante, sino de aquello que quienes cuentan con más poder económico o político deciden colocar en el centro de la conversación.

No creo que el futbol sea el problema. Al contrario, me parece admirable que un deporte sea capaz de unir a millones de personas sin importar sus diferencias. Lo que preocupa es que esa misma unidad e interés no aparezcan con igual fuerza cuando hablamos de educación, cultura, ciencia, o de la clase trabajadora, cuyo esfuerzo diario sostiene y construye este país antes de que ruede un balón. Mientras celebramos a quienes representan a México en una cancha, pocas veces reconocemos a los que representan día a día un gran esfuerzo.

Ser mexicano no debería significar sólo vestir una playera verde o cantar el Himno Nacional antes de un partido. También significa conocer nuestra historia, valorar nuestra cultura, reconocer nuestros problemas y participar en la construcción del país. Tal vez el verdadero reto no sea dejar de emocionarnos por un gol, sino lograr que ese mismo orgullo permanezca vivo incluso cuando el partido termina.  Empecemos a tomar decisiones. Empecemos a ser.

No somos exclusivamente una cancha ni un balón. Somos las personas que todos los días construyen este país desde un salón de clases, un hospital, un laboratorio, un campo, una oficina o un hogar. Somos historia, cultura, trabajo y comunidad.

Estamos hechos para unirnos, no solo cuando la selección entra a la cancha, sino también cuando México enfrenta los retos que realmente ponen a prueba nuestra identidad. Ahí es donde el verde, el blanco y el rojo dejan de ser solo colores en una playera y se convierten en lo que representamos todos los días como país: trabajo, esfuerzo, esperanza y comunidad.

No decido vestir una playera para demostrar que amo a mi país, decido alzar la voz, cuestionar, participar y llevar a México en mis acciones. Porque México siempre será mucho más que una cancha y el patriotismo no debería durar únicamente noventa minutos. (FIN)

Las opiniones aquí expresadas son responsabilidad exclusiva de sus autores, y por ello no corresponden necesariamente con las de esta casa editorial ni de su sitio web




DEJA UN COMENTARIO