OPINIÓN

Villahermosa: ciudad de memoria y encuentro
26/06/2026

Villahermosa

El sociólogo Richard Sennett lleva décadas estudiando las ciudades a partir de una distinción que parece sencilla, pero encierra una profunda comprensión de la vida urbana. En su libro "Construir y habitar", distingue la "ville" —la infraestructura física compuesta por calles, edificios, tuberías y parques— de la "cité", la dimensión intangible de la ciudad, es decir, las actitudes de sus habitantes, los vínculos que establecen con los lugares que habitan y el carácter que la comunidad proyecta hacia el mundo. Son, en cierto sentido, dos ciudades que conviven en una sola.

El error de muchos gobiernos consiste en creer que al construir la primera surgirá automáticamente la segunda. No ocurre así. Una "ville" impecable puede albergar una "cité" agotada, sin orgullo ni narrativa propia. Y una ciudad que carece de relato termina siendo, en el fondo, un lugar del que la gente se marcha en cuanto tiene oportunidad.

Traigo a colación esta referencia porque Villahermosa celebra esta semana su 462 aniversario con un festival que reúne más de cincuenta actividades artísticas en distintos espacios públicos. Además, 2026 posee un significado histórico singular: la ciudad conmemora dos siglos de haber recibido esa categoría y 110 años de portar el nombre que hoy la identifica.

Este ejercicio de contar el tiempo invita al festejo, pero también, si se observa con detenimiento, a una reflexión más profunda acerca de lo que se ha construido y de lo que se ha habitado. Convoca a reflexionar sobre las historias que circulan entre generaciones y las razones que tienen las personas para sentir que este lugar les pertenece y que ellas también pertenecen a él. Resulta revelador que las respuestas las ofrezca la cultura.

Al inaugurar el "Festival Villahermosa 2026", la presidenta municipal, Yolanda Osuna Huerta, señaló con claridad que la prestación de servicios, la infraestructura y el impulso cultural no compiten entre sí. Son expresiones de una misma responsabilidad pública.

Conviene detenerse en esa afirmación porque encierra una comprensión precisa de lo que diferencia a las ciudades que crecen de aquellas que solo se expanden. Las primeras han comprendido que la "ville" y la "cité" necesitan fortalecerse mutuamente; que una plaza bien diseñada, desprovista de vida cultural, se reduce a mobiliario urbano; y que una agenda de cincuenta actividades durante una semana de aniversario no representa un gasto, sino una inversión en memoria colectiva.

Cuando una comunidad descuida sus espacios de encuentro simbólico, lo que está en riesgo no es únicamente el concierto que no se realizó o la exposición que no llegó a montarse. Lo que en realidad se pierde es la conversación que nunca ocurrió, el vínculo que no llegó a tejerse o la historia que quedó sin contarse.

Los pueblos que en algún momento parecen extraviar el hilo de sí mismos —ese desánimo difuso que no siempre adopta la forma de la violencia, sino de la ausencia de un sentido compartido— rara vez se recuperan mediante obras públicas. Recuperan su rumbo cuando alguien decide que todavía vale la pena reunirse, recordar y crear en común. Por eso, un festival bien entendido trasciende la idea de una celebración para convertirse en el momento en que una ciudad ejerce uno de sus actos más difíciles y necesarios, el de mirarse a sí misma y reconocerse.

Villahermosa celebra cada año su festival porque crear juntos forma parte del tejido ordinario de la vida pública. La ciudad festeja como lo hacen los pueblos que confían en sí mismos: con memoria, con carácter y con formas propias de hablar y de convivir. Son esos momentos los que, como advirtió Octavio Paz, permiten a una comunidad reencontrarse con la autenticidad más profunda de su ser colectivo.

Las opiniones aquí expresadas son responsabilidad exclusiva de sus autores, y por ello no corresponden necesariamente con las de esta casa editorial ni de su sitio web




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