OPINIÓN

CANETTI EXPLICA A CONFUCIO
27/04/2026

Chino Confucio

Yo tuve un hermano que en su pequeño despacho de la UJAT tenía en la pared un cartel con una frase del filósofo chino Confucio que vivió hace más de 2.500 años. El cartel era de un diseño muy elegante y hermoso por su aparente sencillez: lo recuerdo con un fondo oscuro, una pequeña luna y unas aún más pequeñas estrellas, una leyenda que decía: "La ignorancia es como la noche. Sólo que sin luna y sin estrellas." En el cartel aparecía también un pequeño hombre, apenas visible, perdido en la oscuridad, caminando, se suponía en la inmensidad de la vida. También, mi hermano les repetía a sus muchos alumnos que llegaban a visitarlo: "Nadie puede aprender por otro." Frase también de Confucio. Mi hermano y yo tomábamos café en unas pequeñas y delicadas tazas de porcelana china, lo cual nos parecía un gesto de exquisitez y de sabiduría oriental, al tiempo que platicábamos sobre los más diversos temas. Mi hermano en la vida humana se llamó Lácides García Detjen y hoy es la primera vez que escribo sobre él. Ya no está en el plano terrestre sino volvió, leí hace poco esta idea y la hago mía, al plano celeste en el cual se reparten por un azar incomprensible para la mente humana los signos zodiacales. Él está en un nuevo casillero del Zodiaco, es decir de la vida...yo lo conocí Escorpión de octubre, quién sabe en qué constelación cayó ahora su destino. Donde haya caído su nueva vida rendirá buenos, notables y provechosos frutos. Quiero pensar que el mito del eterno retorno es cierto, -en este caso- y vuelve con su ciclo interminable.

Lácides y yo éramos muy asiduos a la lectura de Elias Canetti. Lo comentábamos mucho y volvíamos seguido a un pequeño y jugoso ensayo de Canetti de título "Canetti en sus Diálogos", que forma parte del libro de ensayos La conciencia de las palabras.  Desde el año 2001 tomé la costumbre de que mi primera lectura del año fuera precisamente este ensayo. Lo he leído decenas y decenas de veces y la riqueza que depara la relectura me ratifica el milagro del conocimiento, de la hermosura de las palabras, de los conceptos, de los ritos y de la sensibilidad. Ya ido Lácides en 2015, siempre que leo el texto de Canetti me detengo en los renglones que narran la muerte del discípulo predilecto de Confucio: Yen Hui, el Puro, muerto a los 32 años, cuya muerte sumió a su maestro en un inmenso dolor que lo hizo exclamar: "!El Cielo me ha despojado! ¡El Cielo me ha despojado!" Así nos sentimos los verdaderos amigos de Lácides y sus auténticos alumnos: nos sentimos despojados por un oscuro designio, por un destino arbitrario.

Ello me hace recordar una pregunta que recibía Confucio en su peregrinar por los caminos de la China antigua: -"Maestro, ¿qué es la muerte? Si aún no se conoce la vida, cómo se va conocer la muerte". En el fondo íntimo de la pregunta subyace una complejidad que es imposible explicar en lenguaje humano: sólo lo puede explicar la vida misma con su lenguaje inextricable y tal lenguaje no es asequible para nosotros. El siguiente párrafo nos aclara todo: "Confucio...aborrece la palabra rápida de los sofistas, el juego verbal apasionado. Lo que cuenta no es el choque de la respuesta veloz, sino el ahondar de la palabra en busca de su responsabilidad."

Qué hermoso tema y concepto: la responsabilidad de las palabras.

En su ensayo Canetti nos dice con claridad que Confucio era un maestro, que predicaba la responsabilidad no solo de las palabras sino también del poder. Su misión en aquella China de hace más de dos milenios y medio más que enfrentar al poder, era modularlo, hacerlo un instrumento de servicio para la colectividad. Es imposible entender a cabalidad cómo funcionaba aquella sociedad antigua; lo grandioso es que aquel filósofo que andaba de pueblo en pueblo,  es hoy el guía espiritual y de valores de una inmensa potencia que, poco a poco, está tomando la supremacía mundial con sus 1,413 millones de habitantes.

Otra idea fascinante en el ensayo está escrita así: "Para Confucio...su dicha que no termina nunca es aprender." Cuando nos detenemos a leer y pensamos un poquito en tal dicha la vemos con la claridad con que se mira el propio rostro en un espejo refulgente: aprender es una dicha que no termina nunca...siempre hay cosas nuevas que investigar, desentrañar, incorporar. La dicha de aprender es una facultad o virtud que debemos enseñar generación tras generación; esa dicha es la que ha hecho que el mundo se mantenga en movimiento y de pie, y que el aire que respiramos sea puro.

Ahora que vivimos el mundo del internet y las redes digitales y que los jóvenes parecen tan lejanos a la vida verdadera o, al menos, eso parece...Confucio a través de Canetti nos da una idea que se convierte en una esperanza o reconciliación con eso que se llama genéricamente juventud: "Un joven debería ser tratado con el máximo respeto. ¿Cómo sabes si un día llegará a valer tanto como tú vales ahora? Quien haya llegado a los 40 o 50 años sin haberse distinguido por algo, no merece respeto alguno."

Comencé hablando del cartel de Confucio que mi hermano tenía en su despacho. Ahora que escribo esta nota recuerdo el inmenso respeto que tenía por sus alumnos. Era un respeto genuino...los comprendía desde los pies hasta el último pensamiento. Cuando los alumnos mostraban disposición para aprender los apoyaba con todo; cuando predominaba su pereza y confusión tropicales tomaba su actitud con la paciencia de un sabio oriental. Alguna vez, en mi presencia los invitó a que leyeran en voz alta la leyenda del cartel: "La ignorancia es oscura como la noche. Sólo que sin luna y sin estrellas."

Según avanzo en el tiempo me vuelvo más místico, o sea, más espíritu. Creo en el verso de Montale como en una oración de plena certeza: "Ya no creo que la realidad es lo que se ve." Así que imagino que aquel hermano –un modelo confuciano- Lácides García Detjen, caminó ayer desde el barrio de las Nieves hasta el centro de la ciudad, en su ciudad natal,  y abrió sus libros: renovó su dicha de aprender o, está en su pequeño despacho en la UJAT tomando su café y es precedido por la sombra luminosa de los sabios. Al final, ¿qué podemos saber nosotros? Mi espíritu y mi mente me dicen que paralela a esta vida, a esta realidad, transcurre otra realidad donde los muertos están vivos y su savia, hecha de palabras, gestos, ritos, esperanzas, deseos...sigue viva.




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