OPINIÓN

Causas perdidas
21/11/2019

La partidocracia mexicana en su expresión pura de las ideologías de izquierdas no figuran desde décadas atrás al extinguirse sus actores públicos icónicos, personajes quienes mantuvieron sus principios inquebrantables pese al persecución del régimen revolucionario entonces prevaleciente, temeroso porque en ellos siempre vio un peligro a su ambición por perpetuarse en el mando de la gobernanza aun así fuese por la vía del fraude, comprando lealtades corporativistas.

Literal, la política de izquierda tiene desde entonces acta de defunción. Como tal dejó de ser lo que antaño representó para el país la expresión progresista del núcleo social, un auténtico contrapeso a las fundamentalistas arbitrariedades de las castas gobernantes; una a verdadera oposición, aunque minoritaria a la que no le importó estar entre el fuego cruzado pendiendo sus vidas de un hilo por defender su ideal de justicia social.

Si bien la reforma política de 1977 le brindó la inédita oportunidad para salir de la clandestinidad, -a la que fueron confinados- para constituirse en partidos políticos y opción de gobierno, también hay que reconocer la desventaja con la que siempre compitieron contra un régimen priista que fue juez y parte, al tener este a su merced los ases de una voluntad popular forzada.

En el extremo de las expresiones de izquierdas, el Partido Popular Socialista de Vicente Lombardo Toledano desde el período cardenista no fue sino una simulación servil a los intereses del régimen, mientras que el Partido Mexicano Socialista de Heberto Castillo Martínez representó dignamente el interés de un colectivo social ideológicamente discrepante al codicioso pensamiento del oficialismo.

Contrastes entre quienes desde la comodidad cómplice aparentaron tener un espíritu socialista y  aquellos quienes genuinamente empeñaron su integridad física con la convicción de sus arraigadas ideas en pro de contribuir a forjar una sociedad que gozase de la elemental calidad de vida, consagrada en el artículo cuatro de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos.

Unos insurrectos -en la enfermiza obcecación del priismo gobernante- a quienes se les privó incluso de la libertad de expresión así como de manifestaciones de sus afines; en cambio, su destino siempre fue la prisión por “atentar” a la paz pública mexicana.   

Legalmente constituido el cinco de mayo de 1989 con la fe notarial de los tabasqueños Jesús Ezequiel de Dios y Payambé López Falconi, cuando ninguno de sus pares del país no aceptó por temor al autoritario presidente Carlos Salinas, el Partido de la Revolución Democrática fue quizás el último de sus reductos donde su pretensión fue pervivir el interés común de impulsar un gobierno progresista.

Pero la conjunción en los intereses contrapuestos de las tribus distorsionadas, les orilló a los auténticos políticos de izquierda a excluirse porque aquella que representó una opción quedó rehén de quienes traicionaron la causa.

Personajes como Valentín Campa, Gilberto Rincón Gallardo, hasta el propio José Woldemberg, luego presidente del único Instituto Federal Electoral genuinamente ciudadano, entre otros tantos decidieron continuar permeando sus ideales fuera de las estructuras de la partidocracia, o bien impulsando otro instituto.   

La excepción fue Heberto Castillo Martínez quien previa consulta con su militancia cedió el registro del Partido Mexicano Socialista para dar vida al PRD, en el que sin claudicar a sus ideas de izquierda se mantuvo hasta expirar, el cinco de abril de 1997.  

En el discurrir de los años aparecieron otros partidos enmascarados en el falso  socialismo, como el Partido del Trabajo, de Alberto Anaya, y Movimiento Ciudadano, de Dante Delgado Rannauro, quienes usurpan el ejercicio de la política para su propia rentabilidad facciosa, pero ni por asomo procuran la defensa de una vocación real.

Morena en su pragmatismo de izquierda -inspirado “por ya saben quién”- como el arca de Noé dio cabida a personajes que en el pasado le fueron adversos pero que en una aparente reivindicación se sumaron al régimen de la cuarta transformación. No en vano, una vez cumplido su objetivo principal de llegar al mando del país, ahora enfrenta el desafío por transitar de ser un movimiento a un formal instituto político en la forma y el fondo. Un momento de inflexión que les pone en el riesgo de desaparecer por pugnas internas.

Invertidos los roles, los partidos de centro derecha que en el pasado inmediato poseyeron la gobernanza geopolítica mexicana están lejos de constituir ese contrapeso que jugó la izquierda, hasta que en la coyuntura de las elecciones del uno de julio de 2018 lo perdieron todo, presidencia de la República y Congreso de la Unión, por olvidarse de representar el interés de los mexicanos, quienes en voluntad popular optaron por la alternancia.

Perdedora de gran parte del dominio incluso en las entidades federativas, la derecha ahora minoritaria ha sido incapaz de cohesionar además de estructurar una agenda política que les permita ser el punto de equilibrio de contrapeso en la democracia mexicana hoy dominada por el régimen de la cuarta transformación y coaligados; incompetentes a responder ante la eventualidad de aquello que violente el espíritu republicado, federalista del país.

Tampoco se trata de adoptar una sistemática oposición que en nada abona al interés ciudadano, dimensionando los errores de quienes ahora están en el mando mexicano.  

Bitácora

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eduhdez@yahoo.com




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