Desde la geopolítica
05/03/2026
El diálogo que callaron con bombardeos (I)
PRIMERA DE DOS PARTES
El sábado 28 de febrero amaneció de forma diferente para el pueblo iraní. Mientras el mundo occidental descansaba, en Oriente Próximo los aviones israelíes y estadounidenses iniciaron una operación militar conjunta de gran envergadura, denominada "Furia Épica" por Estados Unidos y "León Rugiente" por Israel. Teherán, Qom, Shiraz e Isfahán, fueron algunas de las ciudades bombardeadas. El objetivo, según la Casa Blanca, no era solo militar, sino político, querían descabezar a la República Islámica de Irán, y en gran medida lo consiguieron.
Entre las 48 figuras abatidas, cayó el líder supremo, el Ayatolá Alí Jamenei, pilar del régimen durante casi cuatro décadas; también fueron asesinados el ministro de Defensa, Aziz Nasirzadeh, y el comandante de la Guardia Revolucionaria, Mohamed Pakpur. El presidente de Irán, Masud Pezeshkian, igual fue blanco de ataques, pero logró sobrevivir. La estructura de poder que Irán había edificado desde 1979 recibió un golpe en el centro neural, pero no lograron decapitarla del todo.
Trump y Netanyahu han justificado esta masacre bajo el viejo libreto de la "guerra preventiva". Su argumento es que Irán estaba a semanas de obtener la bomba atómica, lo cual representaba una amenaza existencial para Israel. Es el mismo disco rayado que Netanyahu lleva décadas repitiendo. Así como en 2003 en Irak, Estados Unidos vendió al mundo la farsa de las "armas de destrucción masiva", que nunca existieron. Al igual que en esa historia, la mentira es solo la excusa para el ataque. Lo que realmente buscaban los misiles del 28 de febrero era un cambio de régimen. La coordinación de los ataques, dirigidos a matar líderes políticos y religiosos, no solo instalaciones militares, delata la verdadera intención: derribar a la República Islámica, no desarmarla.
Lo más grave, y quizá lo más ignorado, es que esto no ocurrió en un vacío de comunicación. Durante enero y febrero de 2026, Irán y Estados Unidos sostuvieron conversaciones indirectas en Mascate, Omán, y en Ginebra, Suiza. Del lado estadounidense estuvieron figuras cercanas al trumpismo como Steve Witkoff y Jared Kushner, mientras que el lado iraní estaba representado por Abbas Aragchi, ministro de Asuntos Exteriores. El objetivo de las conversaciones era evitar una guerra total y revivir un acuerdo nuclear. Irán ofreció detener su enriquecimiento de uranio, a cambio de levantamiento de las sanciones que asfixian a su pueblo. Incluso, se discutieron límites a su programa de misiles e Irán ya había realizado concesiones significativas, al grado que el 26 de febrero, Badr Al-Busaidi, ministro de Relaciones Exteriores de Omán, declaró que habían "progresos significativos" en las negociaciones; sin embargo, dos días después cayeron las bombas. La lección es brutal, Irán si quería negociar, pero el imperio no negoció, contraatacó.
Como ha señalado el analista Richard Haas, esto fue una guerra de "elección", no de necesidad. Y lo es porque responde a un libreto conocido, cuando la diplomacia no logra doblegar a un gobierno insumiso, se le bombardea. Porque el imperio puede atacar donde quiere y cuando quiere. Es el mismo libreto que utilizaron en Venezuela, para secuestrar a Nicolás Maduro, y es la misma lógica que impulsa el bloqueo genocida que asfixia a Cuba. La estrategia es desestabilizar, asfixiar y, cuando las condiciones lo permiten, decapitar a los gobiernos que se niegan a doblar la rodilla ante Washington. La gran diferencia es que esta vez atacaron el corazón de la fe islámica, en su rama chíita.
Irán no esperó ni dos horas para responder. La Guardia Revolucionaria lanzó una oleada de misiles y drones contra Israel y contra las bases de Estados Unidos ubicadas en Arabia Saudí, Baréin, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos y Catar. Sin embargo, la respuesta más letal no vino del aire, sino del mar. Horas después del ataque la Armada iraní tomó una decisión que había estado guardando bajo la manga: cerrar el Estrecho de Ormuz. En ese angosto paso de agua transita aproximadamente el 20% del petróleo mundial, y por ahora es intransitable, lo cual tendrá efectos en las cadenas globales de suministros y en los precios del petróleo.
Para entender lo que ocurre hoy en Irán, debemos viajar a 1953. En aquel año, el entonces primer ministro Mohammad Mossadegh, un nacionalista democrático, tomó la decisión de nacionalizar el petróleo. Reino Unido y Estados Unidos no se lo perdonaron y decidieron orquestar un golpe de Estado con la CIA y el M16, para derrocar a Mossadeghs y restaurar el trono del Sha Mohammad Reza Pahlavi. Derrocaron un gobierno democráticamente electo, para poner una monarquía ¿y hoy quieren hablar de democracia?; así comenzó una dictadura de 26 años sostenida desde Occidente, que saqueó los recursos del país y sembró el enojo que estallaría en 1979. Cuando el pueblo iraní recuerda 1953, no recuerda un hecho histórico lejano; recuerda la prueba fehaciente de que Estados Unidos no es un "liberador", sino un viejo conocido que ya destruyó su democracia una vez. Continuará.
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