OPINIÓN

Enrique González Pedrero
10/04/2026

entre la idea y el poder

Acercarse a la vida y la obra de figuras relevantes entraña siempre el riesgo de caer en controversias que, más que iluminar, oscurecen. La razón es conocida: hay juicios ajenos a la reflexión que conducen a la descalificación o al elogio automático. Con frecuencia se olvida que el mismo esfuerzo invertido en denigrar podría emplearse en comprender. Sin embargo, ni la condena ni la apología constituyen, por sí solas, posiciones razonables; ambas resultan insuficientes sin una disposición crítica capaz de tomar distancia de las preferencias políticas.

Con ese cuidado me acerco una vez más al legado de Enrique González Pedrero —político, académico e intelectual— con motivo del aniversario de su natalicio, el 7 de abril. La intención no es añadir una voz más al coro de adhesiones o rechazos, sino intentar una distancia que rara vez se permiten el seguidor o el adversario. Sobre su trayectoria se ha dicho mucho; lo difícil, acaso, es volver a ella con otra mirada.

Pensar a González Pedrero exige, de entrada, resistir la tentación de separarlo en dos figuras —el teórico y el político—, como si se tratara de esferas independientes. Su vida desmiente esa división. En ella, la teoría no aparece como refugio ni la praxis como mera ejecución; ambas se presentan como dimensiones en tensión, entrelazadas de manera constante.

Desde esa perspectiva, resulta pertinente formular algunas preguntas que abren el análisis en lugar de clausurarlo: ¿hasta qué punto su praxis política logró encarnar su concepción teórica de la democracia como formación cultural del ciudadano? ¿Puede un gobierno formar cultura política sin que esa aspiración se diluya en la urgencia de gobernar? ¿Qué ocurre cuando una idea de nación se confronta con la complejidad de las realidades locales? ¿Es posible que la política, pensada como formación del espíritu colectivo, sobreviva a su realización práctica sin desfigurarse?

Más que respuestas definitivas, estas preguntas permiten trazar algunas líneas de interpretación. En el núcleo de su pensamiento se encuentra la idea de que la democracia trasciende un conjunto de reglas o procedimientos y se afirma como una forma de vida. En ello se advierte una cercanía con la tradición de Alexis de Tocqueville, para quien la democracia dependía menos de las instituciones que de las costumbres que la sostenían. En González Pedrero, sin embargo, esta intuición adquiere un matiz particular: la democracia no solo se hereda o se observa, también requiere ser cultivada.

De este modo, su vida pública se volvió un campo de prueba donde la democracia dejó de ser concepto para convertirse en algo que había que enfrentar en la práctica. Me atrevo a nombrarla una democracia como pedagogía. Concebirla en estos términos implica asumir que el gobierno, además de administrar, incide en la formación del horizonte cívico de la sociedad. Pero esa aspiración tropieza con la lógica del poder. Gobernar no es un ejercicio contemplativo, supone decisiones inmediatas, negociación constante y la gestión de conflictos que rara vez se ajustan a la claridad de una idea.

La experiencia de gobierno de Enrique González Pedrero —a diferencia de muchos teóricos, él sí gobernó, y Tabasco fue su laboratorio— hizo visible esa tensión. El territorio no es un espacio neutro, sino una trama densa de intereses, desigualdades y memorias políticas. De ahí se desprende una lección decisiva: la cultura —incluida la democracia como formación cultural— no se decreta. Puede impulsarse, incentivarse u orientarse, pero no imponerse.

Conviene subrayar que su paso por el gobierno no significó la renuncia a su horizonte teórico. Al contrario, supuso someterlo a la prueba de lo real. Su acción política buscó coherencia con su concepción formativa de la democracia, aun cuando tuvo que desenvolverse dentro de estructuras que difícilmente cambian. El poder, incluso con intenciones transformadoras, tiende a imponer su propia lógica, aunque abre márgenes en los que es posible imprimir un estilo, introducir variaciones o abrir posibilidades.

En ese margen —estrecho pero decisivo— siempre queda lugar para que el poder pueda ser ejercido de otro modo. No se trata de transformar de raíz el orden existente; se trata de alterar su modo de operar, de introducir una inflexión que interrumpa la inercia dominante.

En conclusión, la lección que deja su experiencia es clara: la política rara vez realiza plenamente las ideas, pero exige sostenerlas en la acción. Gobernar implica aceptar límites y mantener el rumbo que traza el pensamiento. Solo en esa tensión —nunca del todo resuelta— la inteligencia no se somete al poder, lo orienta.

CANDILEJAS

"Cuando se carga con el fardo del poder, hay que hacerse fuerte para soportar sus excesos y no ser aplastado por la inhumana carga... Es una suerte de artilugio semejante al que Ulises utilizó, tapándose los oídos con cera y amarrándose al mástil de su embarcación, para no sucumbir al dulce canto de las sirenas, sin dejar de escucharlo. En vez de perder los sentidos y quedar a la merced de aquella fuerza desencadenada, separar los poderes afuera, a fin de controlar mejor adentro el manejo equilibrado de la facultad de ejercerlo" (Enrique González Pedrero, Puntos de Referencia, FCE, 2012, p. 18).





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