OPINIÓN

Entendiendo la guerra en Oriente Medio
21/04/2026

Guerra

Segunda de tres partes

IV. Líbano: el Estado que nunca pudo ser

Pocos casos ilustran mejor la tragedia de las fronteras artificiales que Líbano. Creado por Francia en 1920 con la ambición de ser una república cristiana maronita en el corazón del Levante, el país fue diseñado para ser artificialmente grande: se incorporaron territorios con mayorías musulmanas precisamente para que los maronitas tuvieran más recursos y más profundidad estratégica. El resultado fue un Estado permanentemente inestable, con un sistema político confesional (cuotas de poder distribuidas por comunidad religiosa) que promovió el sectarismo en lugar de obliterarlo.

La guerra civil que devastó el Líbano entre 1975 y 1990 fue el escenario a pequeña escala donde se disputaron por delegación los conflictos regionales de la época (el conflicto palestino-israelí, la rivalidad sirio-iraní, las ambiciones saudíes). Desde entonces, el país nunca ha logrado reconstruir un Estado funcional. Hezbolá, nacido en los años ochenta como respuesta a la invasión israelí de 1982 y alimentado por Irán, llena ese vacío: provee servicios sociales, controla territorio y mantiene un arsenal militar que el Estado libanés ni puede igualar ni se atreve a confrontar.

El bombardeo israelí de 2024 y el de 2026 sobre el sur del Líbano (con miles de muertos civiles y el asesinato del liderazgo de Hezbolá) destruyó décadas de reconstrucción sin resolver ninguna de las causas estructurales del conflicto. Hezbolá puede tener su capacidad militar obliterada; la razón de su existencia (un Líbano sin Estado real, una población chiita sin representación, un Israel invasor) no desaparece con los bombardeos.

V. La paz relativa y sus guerras proxy

En los años previos al último ciclo de escaladas, Oriente Medio había logrado algo improbable: una paz incómoda pero funcional. Arabia Saudita, los Emiratos, Qatar, Kuwait y Omán (conscientes de que el petróleo tiene fecha de caducidad como recurso hegemónico) comenzaron a diversificar sus economías con una ambición nunca antes vista en la historia mundial. Sus fondos soberanos invierten en Londres, Nueva York, París y Tokio. Para los países árabes de la OPEP el mundo va a dejar de depender del crudo en algún momento, por lo que conviene tener patrimonio donde estará la riqueza futura.

Esa reconversión económica produjo un efecto político inesperado: obligó a países que se detestaban a cooperar, a suavizar sus guerras de influencia y a convertirlas en conflictos por delegación en escenarios periféricos (guerras proxy). Yemen concentra hoy una de las crisis humanitarias más devastadores del planeta. Lo que comenzó como una guerra civil entre el gobierno reconocido internacionalmente y los rebeldes hutíes (de tradición zaydí, una corriente del islam chiita [el mismo que en Irán]) se convirtió rápidamente en una guerra regional: Arabia Saudita y los Emiratos bombardean desde el aire con armamento estadounidense; Irán arma y financia a los hutíes. El resultado son más de cuatrocientos mil muertos (la mayoría por hambre y enfermedad, no por combates directos), millones de desplazados y la destrucción sistemática de la infraestructura de uno de los países más pobres del mundo, sin recursos petroleros (como sus vecinos) y en uno de los desiertos más aridos del mundo.

La ironía es que los hutíes, que empezaron como un movimiento local de reivindicación religiosa y política, se han convertido en actores regionales capaces de interrumpir el tráfico marítimo en el Mar Rojo (uno de los corredores comerciales más importantes del mundo) con drones y misiles de fabricación iraní. La guerra en Yemen, que muchos en Occidente ignoraron durante años, resulta tener consecuencias globales, que han obligado al despliegue de bases militares estadounidenses, francesas, italianas, japonesas y chinas en Djibouti (al otro lado del estrecho).

VI. Irán: el Estado que se salió del guión

1951, Mohammad Mosaddeq nacionalizó el petróleo iraní con un argumento impecablemente democrático: el petróleo pertenece al pueblo iraní. La CIA y el MI6 lo derrocaron en 1953 (las agencias de inteligencia de los países "más democráticos"). En 1979, la Revolución Islámica volvió a sacar a Irán del perímetro occidental (esta vez de forma duradera y con una intensidad ideológica que el golpe del 53 no había podido producir). Desde entonces, Irán es el enemigo del mundo occidental: ha sido sancionado, aislado, pero mantiene una influencia regional que no ha dejado de crecer.

Teherán sostiene a los hutíes en Yemen y a Hezbolá en Líbano. Israel percibe el programa nuclear iraní como una amenaza existencial. Irán sostiene que es estrictamente pacífico; el Organismo Internacional de Energía Atómica ha inspeccionado sus instalaciones en repetidas ocasiones sin hallar evidencia de desvío militar. Pero la desconfianza es estructural, y la lógica de la amenaza existencial tiene vida propia: cuando un Estado cree que su existencia está en juego, la racionalidad convencional deja de aplicarse.

Lo que rara vez se discute es la perspectiva iraní: un país rodeado de bases militares estadounidenses (en Irak, en el Golfo, en Afganistán hasta hace poco), con su principal enemigo regional armado hasta los dientes con tecnología occidental, sometido a sanciones que han destruido su clase media y que además se sabe que tiene armamento nuclear (aunque lo nieguen). En esas condiciones, desarrollar capacidad nuclear (aunque sea solo como elemento disuasorio) no es irracional. Es la lección que Irán aprendió observando lo que le ocurrió a Libia e Irak cuando abandonaron sus programas de armas; es lo que la India, China y Paquistán hicieron para mantener un piso parejo; no es algo raro en el mundo. Continuará.





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