OPINIÓN

ESTADOS UNIDOS IMPONE PODER ENERGÉTICO (I)
29/05/2026

Estados Unidos

Estados Unidos logró en apenas una década lo que muchos países tardan generaciones en construir: una posición dominante como potencia energética global. El país que durante años dependió de importaciones para sostener su consumo interno hoy actúa como exportador decisivo de petróleo crudo, gas natural y productos refinados. No se trata de un giro fortuito, sino del resultado de una estrategia sostenida, respaldada por inversión, tecnología y una lectura nítida de que la energía es poder económico y geopolítico. Mientras otros gobiernos improvisan, Washington consolidó un sistema energético flexible, competitivo y capaz de responder a crisis globales sin sacrificar estabilidad interna.

El reciente avance de las exportaciones energéticas estadounidenses confirma que la energía dejó de ser un sector más: hoy es un eje de su influencia global. Entre enero y mayo de 2026, estas ventas generaron 146.5 mil millones de dólares, frente a 87.5 mil millones en el mismo periodo de 2025, un salto de 67%. El petróleo crudo aportó 55 mil millones, el gas natural 33.5 mil millones y los refinados 58 mil millones, prueba de que su fortaleza no descansa en un solo producto, sino en una plataforma exportadora amplia y rentable. A ello se suman gasolina, diésel y turbosina, cuya relevancia creció conforme otras regiones enfrentaron presión sobre cadenas logísticas y sistemas de refinación.

El cierre del Estrecho de Ormuz a finales de febrero de 2026 puso a prueba la resiliencia del sistema energético internacional. Por esa ruta transitaba cerca de una quinta parte del comercio marítimo mundial de petróleo y una porción crítica del GNL, de modo que la interrupción alteró precios, seguros, rutas y decisiones de compra. Mientras numerosos países enfrentaron escasez y aumentos abruptos en costos energéticos, Estados Unidos respondió con capacidad de exportación récord. Sus envíos de crudo alcanzaron niveles históricos en abril y mayo, consolidando su papel como proveedor de equilibrio para economías que perdieron acceso confiable al Medio Oriente. Eso no fue casualidad: fue la culminación del shale, la perforación horizontal, la fractura hidráulica y la expansión sostenida de ductos, terminales y capacidad portuaria.

El gas natural es otro pilar de esta consolidación. Estados Unidos no solo produce más gas del que consume; construyó, además, en tiempo récord una plataforma exportadora capaz de abastecer mercados distintos y capturar valor estratégico. Entre enero y mayo de 2026, el GNL generó 26 mil millones de dólares y el gas por gasoducto otros 7.5 mil millones, con Europa absorbiendo cerca de la mitad del GNL y México concentrando alrededor del 78% del flujo por ducto. La capacidad de exportación de GNL, ya la mayor del mundo, siguió ampliándose con proyectos como Plaquemines y Golden Pass, reforzando un canal permanente de influencia económica sobre aliados y socios clave.

México ocupa un lugar central en esta dinámica, pero desde una posición de dependencia. Estimaciones públicas de 2026 sitúan esa dependencia en torno a 70%–75% del gas natural consumido en el país, principalmente proveniente de Estados Unidos por ducto. Esa realidad sostiene buena parte de la generación eléctrica y de la actividad manufacturera, pero también implica que una decisión regulatoria, un evento climático en Texas o una disrupción logística al norte de la frontera puede traducirse con rapidez en vulnerabilidad para México. La interdependencia existe, sí, pero es asimétrica: Estados Unidos vende una molécula estratégica y México la compra porque su producción interna, su almacenamiento y su planeación siguen sin cerrar la brecha.

La diferencia entre ambos países radica en la visión estratégica. Estados Unidos entendió hace años que la energía no es solo un recurso económico, sino un componente central de su seguridad nacional, de su política exterior y de su competitividad industrial. Por eso abrió espacio a la inversión privada, impulsó la innovación tecnológica, desarrolló infraestructura de clase mundial y conservó un marco regulatorio estable para atraer capital y acelerar proyectos. La revolución del shale no habría sido posible sin financiamiento, servicios especializados, certidumbre jurídica y rapidez para conectar producción con demanda. Cada decisión respondió a un objetivo superior: convertir la energía en motor de crecimiento interno y en instrumento de influencia internacional.

México, en cambio, sigue sin comprender cómo apalancar sus recursos fósiles para generar estabilidad y capacidad de negociación. La producción de petróleo mantiene una trayectoria descendente, la refinación arrastra ineficiencias estructurales y la dependencia del gas estadounidense continúa creciendo al mismo tiempo que aumenta el consumo eléctrico e industrial. El país no ha encontrado un equilibrio entre lo que produce y lo que demanda, y por eso se ve obligado a importar volúmenes crecientes de combustibles y gas natural. Esa fragilidad reduce márgenes de soberanía económica, limita la capacidad de maniobra y expone a la industria nacional a choques externos. Continuará. (– Grupo Caraiva – Grupo Pech Arquitectos)

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