Itinerarios

Las cinco plagas de Estados Unidos

Y vino la plaga del alcohol y fueron los inmigrantes italianos los culpables. Y luego la de la heroína y tocó a los asiáticos cargar con la culpa. Luego vino el crack y a los afroamericanos se les consideró responsables de esa plaga.

Después inundó la cocaína las calles de las ciudades estadunidenses y en el punto de mira quedaron los colombianos.

Ahora, con el fentanilo, quieren, en Washington, ponernos, a las y los mexicanos, en la picota.

Siempre miran los estadounidenses al capo extranjero en el ojo ajeno e ignoran a los cárteles de la droga locales en el propio. Siempre buscan, entre los inmigrantes o mejor aún, más allá de sus fronteras, a los culpables de esas plagas que —en tanto les son necesarias para mantener el control doméstico del imperio— ellos mismos financian y fomentan.

Droga, política, comercio, guerra, dominación y xenofobia van en los Estados Unidos siempre de la mano.

No tengo memoria de político norteamericano alguno, de instituciones gubernamentales o académicas, de periodistas o de medios de comunicación que, en los Estados Unidos, se atrevieran a mirarse seria, sistemática y honestamente en el espejo y a preguntarse por el grado de responsabilidad que, como sociedad y como gobierno, tienen en cada una de estas plagas que los han golpeado en el siglo XX y en lo que va del XXI.

Los norteamericanos siempre miran hacia afuera; siempre son “los otros” los culpables.

Tampoco tengo memoria, más allá del esfuerzo de algunos intelectuales estadounidenses a los que los medios se encargan de sepultar de inmediato en el olvido, de un intento de reflexión profunda para entender las consecuencias sangrientas y terribles que, esta obsesión patológica de culpar a “los otros”, ha provocado fuera de esas fronteras que, con muro o sin él, mantienen cerradas pero, solo de sur a norte, para que, contra ellas, se estrellan los migrantes y para que, a través de ellas y gracias a la complicidad de las autoridades de todos los niveles, la droga cruce su territorio y llegue a sus grandes ciudades sin problemas.

Como, sin problemas se venden allá y pasan luego hacia acá, las decenas de miles de armas de guerra con la que los sicarios asesinan a mansalva.

Les duelen sus muertos, los que caen víctimas de la plaga del fentanilo y reclaman para ellos venganza, pero no les inquieta en absoluto, ni se preguntan tampoco por el rastro de sangre que, en otros países, dejan sus armas, su dinero, su ambición de dominio, su afán desmedido de hacer negocios a cualquier costo. Allá, a causa de la droga, mueren decenas de miles de personas; fuera de sus fronteras mueren centenares de miles.

A quienes caen víctimas del fentanilo —como antes cayeron otros por la heroína o el crack—, no los atiende allá un estado omiso e irresponsable que no ataca las causas de la descomposición social, ni trata las adicciones como lo que son, un problema de salud pública. A quienes caen en nuestros países por la guerra contra la droga Washington ni siquiera los toma en cuenta. Son, somos para ellos, desechables.

Que ahora amenacen con invadirnos no solo es un despropósito