Narrador oral
05/01/2026
EL NARRADOR ORAL: EL QUE SOSTIENE EL MUNDO CON LA PALABRA
En El hablador, Mario Vargas Llosa nos entrega una de las metáforas más potentes sobre la narración oral y su sentido profundo. Mascarita —apodado así por el lunar desmesurado que le mancha el rostro— es un personaje incómodo, desplazado, marcado. Parte hacia lo más intrincado de la selva peruana con el pretexto de realizar investigaciones serias sobre los pueblos amazónicos y, como suele ocurrir con quienes escuchan demasiado, desaparece. Años después, el narrador de la novela lo reconoce en una exposición fotográfica en Italia: ahí está Mascarita, no como antropólogo ni académico, sino como narrador, contando historias a indígenas que lo escuchan en una especie de trance colectivo. En casi todas las imágenes es una figura central, no por lo que es, sino por lo que hace: narrar.
Mascarita ha dejado de ser un individuo común para convertirse en algo más antiguo y más necesario: un chamán de la palabra. Los capítulos en los que se reproducen las historias que cuenta no son un recurso literario accesorio; son la prueba de que la narración oral no es ornamento, sino estructura profunda de comunidad, memoria y sentido. El narrador oral no informa: transforma. No explica el mundo: lo vuelve habitable.
Esa comprensión no es nueva. En el Códice Matritense, transcrito por Miguel León-Portilla, el narrador aparece descrito con una precisión que todavía hoy debería incomodarnos por su vigencia: "donaíroso, dice las cosas con gracia, artista del labio y de la boca". No cualquiera narra. El narrador es un artesano del lenguaje vivo, alguien que trabaja con el cuerpo, el ritmo, la respiración y el silencio. La palabra dicha es un acto estético, pero también ético: implica responsabilidad frente a quien escucha.
Narradores los ha habido en todas las épocas y en todos los territorios: en Oceanía, Asia, Europa, África, América. Antes de la imprenta, antes de la escuela, antes del Estado, hubo alguien que contó una historia alrededor del fuego. La oralidad no es un estadio primitivo que deba superarse; es una tecnología cultural compleja que sigue operando allí donde la escritura no alcanza o no basta.
En el hogar, como ha señalado el narrador oral argentino Daniel Mato, la narración es una de las formas más profundas de construcción del lazo afectivo. Narrar en casa estrecha vínculos, cultiva y enriquece la tradición oral familiar, divierte y abre conversaciones que de otro modo no existirían. Según Mato, contar historias ayuda a niñas y niños a aprender a escuchar con atención, entrenar la concentración, fortalecer la memoria y mejorar la comprensión verbal. Además, estimula la expresión oral y escénica, amplía el vocabulario, desarrolla la sensibilidad estética y la imaginación. Un niño que escucha historias amplía su mundo referencial, explora sus emociones y aprende a enfrentar simbólicamente las circunstancias adversas de la vida.
En la escuela, Daniel Mato insiste en que la narración oral no debe reducirse a una técnica pedagógica más, sino asumirse como un espacio de libertad expresiva. Narrar en la escuela cumple los propósitos del hogar, pero además abre canales alternativos de comunicación, estimula la creación plástica, corporal, musical y escénica, y devuelve a la lectura su dimensión gozosa y compartida. Frente a una escuela saturada de formatos, mediciones y discursos instrumentales, la narración oral rehumaniza el aula y devuelve la palabra a quienes han sido entrenados solo para repetirla.
En la comunidad, la narración oral —como también subraya Daniel Mato— funciona como un territorio simbólico de encuentro. Contar historias permite el conocimiento mutuo, el intercambio de saberes, opiniones e informaciones, y puede ser una herramienta poderosa para la elaboración, contención y resolución de conflictos. Allí donde la palabra circula y es escuchada, la comunidad se reconoce a sí misma y ensaya formas colectivas de cuidado y resistencia.
En los últimos tiempos, en Tabasco, ha surgido una ola de narradores orales que viene a enriquecer las comunidades artísticas, educativas y populares existentes. Es un movimiento vivo, diverso, profundamente enraizado en el territorio. Sin embargo, su promoción no es sistemática ni cuenta con el respaldo real de las instituciones del Estado. Como Mascarita, muchos narradores siguen hablando desde la intemperie, sosteniendo con la palabra lo que el abandono institucional deja caer.
Pero ahí están. Y mientras alguien narre —con gracia, con riesgo, con verdad— el mundo seguirá teniendo sentido. Porque narrar no es repetir historias: es mantener encendida la posibilidad de escucharnos.
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