PLANO TANGENTE
05/05/2026
¿QUÉ ESPECIES IMPORTAN MÁS?
«Todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros».
George Orwell
Cualquiera que lleve varios años conduciendo habrá notado algo: cada vez son menos los insectos que impactan con el parabrisas del auto. Ante esto, el primer instinto es una alegría en solidaridad con las polillas y los escarabajos. Sin embargo, escarbando un poco en las razones se llega a la cruda conclusión de estar presenciando la extinción de poblaciones enteras, a tal grado que ya no hay ni moscas que atropellar. En el imaginario colectivo, cada especie que desaparece se percibe como una pérdida irreparable, un fracaso moral en nuestra relación con la naturaleza. Y lo es. Pero cuando trasladamos esta visión al contexto urbano, la realidad se vuelve más incómoda y compleja.
La ciudad no es un ecosistema natural, ni aspira a serlo. Es una construcción humana que impone filtros ambientales extremos: contaminación, fragmentación del hábitat, ruido constante, islas de calor y una oferta de alimento radicalmente alterada. En este escenario artificial, no todas las especies desempeñan el mismo papel ni tienen el mismo valor funcional. Por eso surge una pregunta que rara vez se formula en voz alta: ¿toda desaparición de fauna urbana es necesariamente negativa?
Vivimos en lo que muchos científicos denominan el Antropoceno, una etapa geológica en la que la actividad humana no solo transforma los ecosistemas, sino que redefine qué especies sobreviven y cuáles quedan relegadas. Las ciudades representan quizá la expresión más radical de este proceso. En ellas, la biodiversidad no desaparece por completo, pero sí se reorganiza bajo reglas distintas. No prosperan necesariamente las especies más complejas o especializadas, sino aquellas capaces de tolerar el disturbio humano (Lewis & Maslin, 2015).
Así emergen los grandes ganadores de la urbanización, organismos oportunistas, de rápido crecimiento y alta plasticidad adaptativa. Entre ellos destacan la rata ( Rattus norvegicus), la paloma ( Columba livia) y la cucaracha ( Periplaneta americana). Estas especies no solo sobreviven en la ciudad; la explotan con eficiencia. Encuentran refugio en sus estructuras, alimento en los residuos y, con frecuencia, disfrutan de la ausencia de depredadores naturales. Son ejemplos clásicos de especies sinantrópicas, aquellas que han desarrollado una estrecha asociación con los humanos y los ambientes modificados por nuestra actividad.
Su éxito, por puro balance, tiene un costo ecológico claro. Estas especies no reemplazan funcionalmente a las que desplazan. Por el contrario, tienden a simplificar las redes tróficas, reduciendo la complejidad de los ecosistemas urbanos y, en muchos casos, incrementando riesgos sanitarios para las poblaciones humanas.
Desde la perspectiva de la ecología funcional, no todas las especies aportan lo mismo. Algunas cumplen roles clave, como la polinización, el control biológico de plagas o el reciclaje de nutrientes. Otras, especialmente las invasoras o fuertemente sinantrópicas, pueden alterar o interrumpir estos procesos. La desaparición local de estas últimas, por lo tanto, no siempre supone una pérdida. En algunos casos, puede significar una liberación de nichos ecológicos o una oportunidad para que especies nativas más funcionales recuperen terreno.
Esto no equivale a justificar la extinción en términos absolutos. Es fundamental distinguir entre la extinción global (un evento irreversible) y la extirpación local en entornos altamente transformados como las ciudades. Muchas de estas desapariciones urbanas son en realidad desplazamientos o reducciones poblacionales provocados por cambios en el manejo urbano, campañas sanitarias o modificaciones del paisaje. En ciertos contextos, estos ajustes pueden generar efectos positivos medibles, como la disminución de vectores de enfermedades o la mejora de algunos servicios ecosistémicos (Bradley & Altizer, 2007).
El dilema se encuentra lejos de ser sencillo. ¿Debemos conservar toda forma de vida por igual, independientemente de su función o impacto sobre el sistema? ¿O es legítimo priorizar aquellas especies que sostienen procesos ecológicos clave y contribuyen al bienestar humano? En el contexto urbano, estas preguntas dejan de ser un llano ejercicio ético para convertirse en asuntos prácticos de salud pública, planeación territorial y sostenibilidad.
El error más habitual es concebir la naturaleza en términos binarios, bueno o malo, pérdida absoluta o ganancia. La ecología, como disciplina científica, nos enseña que los sistemas vivos operan en gradientes, en equilibrios dinámicos y en compensaciones constantes. La ciudad no es la negación de la naturaleza, sino una versión profundamente modificada de ella. En esa versión, algunas ausencias pueden ser pérdidas graves, como la de polinizadores nativos, mientras que otras representan ajustes necesarios en un sistema ya transformado.
La extinción urbana es un tema incómodo que exige información y madurez para interpretarla. Gestionar la biodiversidad requiere más que nostalgia romántica. Hay ciertos problemas que sólo se solucionan no metiéndose en ellos, pero ya que el daño está hecho, que el desbalance existe y que las especies han invadido, toca enmendar el curso. En la ciudad la naturaleza no desaparece, se reconfigura; y si una vez se hizo para el mal de la naturaleza, también se puede hacer para su bien. ([email protected])
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