Colombia 2026 y México 2006. Costos y Aprendizajes (I)
25/06/2026
Colombia
Primera de dos partes
La elección de Colombia tras una campaña y jornada de votación donde hubo desde la intervención abierta con promesas y amenazas del presidente de Estados Unidos, una masiva compra de votos, hackeo del software desde Israel, irregularidades manifiestas del órgano electoral apurado en forzar un resultado positivo para el candidato de Estados Unidos (de hecho tiene la ciudadanía estadounidense -lo que recuerda el cambio de la constitución mexicana para permitir que el hijo de un estadounidense, Fox, pudiera ser candidato y presidente) con base en un preconteo incompleto y una suma forzada y no revisada de voto del extranjero, con más 30 mil casillas de proceso dudoso no revisadas y un adelanto ilegal del escrutinio; y que a pesar de todo eso no pudieron imponer una ventaja que llegara a siquiera a un punto porcentual, ni esconder que jamás la izquierda democrática colombiana había obtenido tal cantidad de votos, se parece demasiado a lo que ocurrió en México en 2006. ¿Y cuál fue el costo del fraude en México? Para legitimarse Calderón declaró una "guerra al narcotráfico" que se tradujo en una violencia generalizada en el país y 100 mil desaparecidos, además de al mismo tiempo, el jefe de policía, García Luna, pactaba y trabajaba para uno de los grandes carteles que se apoderaron territorial y fácticamente de varios estados del país. ¿Regresará la guerra sucia a Colombia?
Sin embargo, el candidato democrático Iván Cepeda, a diferencia de Andrés Manuel López Obrador en 2006, a 4 días de la votación ha reconocido los resultados electorales a pesar de las abrumadoras irregularidades que podrían, en un tribunal neutral, haber descalificado el proceso. Pero tienen claro que no hay un tribunal electoral ni un poder judicial neutral, como tampoco lo hubo en México en 2006. En ese año, incluso se denunciaron amenazas y presiones contra los jueces del Tribunal Electoral para forzar el reconocimiento de Calderón.
Cepeda, al reconocer la victoria del títere gringo expuso la importancia de que "no hizo concesiones a la política convertida en espectáculo", no se "había maquillado" ni cedido ante formas publicitarias o diríamos populistas, compra de conciencias, ni a "alianzas inescrupulosas".
En México, en cambio, desde 1988 y luego, notoriamente en 2006 no se reconoció la validez de los fraudes electorales operados por el neoliberalismo internacional y esa resistencia impulsó la firmeza con que en 2018 se pudo vencer clara e inobjetablemente no a un partido, sino a un régimen y a su clase política que había construido lo que Gramsci llamó un "bloque histórico" (conjunto de clases asociadas económicamente con un segmento intelectual de académicos, comunicadores, abogados, comunicadores -intelectuales orgánicos- (los tecnocrátas) que les permiten tener hegemonía en la manera de pensar en el país). Sin embargo, el triunfo no fue fácil, y a diferencia de Cepeda y las primeras campañas presidenciales, AMLO si tuvo que hacer "alianzas inescrupulosas" y hacer uso de un alto grado de pragmatismo no sólo para ganar la presidencia, sino, más importante, para lograr muchos de los cambios estructurales antineoliberales (contrarreforma energética, contrarreforma educativa) que se lograron o que, como la reforma judicial, se completaron ya en el segundo sexenio; defendiendo tan claramente los intereses y logros populares nacionales, que en la segunda elección de la 4t, históricamente se votó como nunca y se eligió a una mujer. Estas alianzas inescrupulosas, incluso pasando por encima de la militancia del partido en algunos estados, después vendrían a convertirse en los mayores problemas que tiene ahora la 4t y los puntos de apoyo y agresión por parte de la oposición. Por un lado están los que en el contenido y acciones de su función pública son incongruentes e incluso contrarios a los principios del Humanismo Mexicano, los corruptos e incompetentes como Cuauhtémoc Bravo y los de plano infiltrados como Lily Téllez y Germán Martínez. Y todos los que siguen actuando y funcionando con las reglas y prácticas del viejo régimen. Una situación, sin embargo, por la que han pasado todas las revoluciones o cambios sociales como explicaron muy bien en su momento Graham Greene (el General), respecto a Panamá con Torrijos; y Penn Warren respecto a Luisiana en la década de los 20-30 en "Todos los hombres del rey".
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