Estudiar o trabajar, el dilema

La brecha entre los que obtienen un título y quienes no ya era amplia hace una década

¿Prefieren los jóvenes estudiar o trabajar? A mí me recomendaron no trabajar antes de ir a la universidad, que porque me iba a gustar el dinero y ya no iba a querer seguir. Trabajé por la misma razón que casi todos: por necesidad. Después pude seguir estudiando, gracias a la ayuda de muchas personas. Pero no todos tienen la misma suerte.

La brecha entre los que obtienen un título y quienes no ya era amplia hace una década, lo que ahora con la pandemia se profundiza todavía más. Con una situación más precaria que hace tres años, muchos estudiantes se están quedando fuera de la universidad. Y de la prepa, la secundaria e incluso la primaria. De los que todavía están, la mayoría tiene un rezago importante porque la educación se llenó de distancia, intermitencias e incomodidades por donde la atención (ese recurso tan precioso por lo escaso y difícil de mantener) se cuela como agua entre las manos.

Muchos jóvenes han preferido trabajar para aliviar las urgencias inmediatas, en lugar de esforzarse en comprender materias que les parecen aburridas, totalmente desconectadas de su realidad e intereses.  Ahora, como antes, es muy válido tratar de estar mejor con las opciones que haya a mano, aunque no sean muchas ni muy bien remuneradas.

Hemos visto crecer los ejércitos de repartidores que, celular en mano, arriesgan su vida, integridad física y el que a veces es su único patrimonio (la motocicleta, corcel moderno), para darle a otros la comodidad de recibir su comida o mandados donde estén. Aunque no tienen ningún tipo de seguridad en caso de accidente, es una de las pocas opciones de relativo bajo presupuesto donde pueden autoemplearse para tener un modesto ingreso, a pesar de que sea muy variable.

Los oficios que requieren más conocimientos, técnicos o prácticos, suponen otros esfuerzos y riesgos, pero tampoco garantizan ingresos muy altos o estables. Los jóvenes podrían elegir ser albañiles, mecánicos, plomeros, electricistas, carpinteros, sastres... pero es difícil sin alguien de quien aprender, o sin saber conseguir clientes. Otro problema es que, cuando el horizonte es corto, es muy fácil dejarse llevar por el alcohol, las drogas y cometer el error de no trabajar hasta que el dinero se acabe. Aunque con dedicación y suerte, pueden lograr mejores ingresos que un asalariado promedio y hasta dar empleo.

De todos modos, habría que dejar de pensar un título universitario como sinónimo de éxito, como prueban miles de desempleados en diversos ámbitos. Si bien es obligatorio el grado para algunos trabajos (médicos, abogados y maestros incluidos), el profesionista se prepara en las aulas pero se consolida (o desmorona) cuando al fin ejerce. Es el trabajo el que nos forma y transforma. No un papel. 

Me acuerdo de la anécdota de una chica que siempre la regañaban en la prepa por pintarse las uñas en clase. Un maestro le dijo que si seguía así no iba a entrar a la universidad y que poner pinturitas no era un trabajo. La chica, efectivamente, no entró a la universidad. Pero puso su negocio de uñas y ahora tiene cinco empleados e ingresos muy superiores a los de ese maestro.

Las crisis de educación y empleo por la pandemia pueden ayudarnos a redefinir qué es el éxito. Ojalá todos pudieran dedicarse a lo que les gusta sin temer a la precariedad, pero mientras, hay que continuar en el mejor y más creativo de los esfuerzos.