OPINIÓN

Generación Sin Techo (I)
21/05/2026

La nueva crisis de vivienda en México

PRIMERA DE DOS PARTES

Hay una conversación que ocurre en millones de familias mexicanas y que nadie puede describir con claridad. Sucede en el comedor en domingo, entre padres que ya tienen casa y hijos que ya no tendrán. Se disfraza de consejo, de paciencia, de "ahorra y no gastes en estupideces". Pero debajo de esa conversación hay una verdad que duele más mientras más se evita: en México, para una generación completa, la casa propia se ha convertido en una espera y no en un logro. Y esa espera es la de una herencia que se traduce en esperar la muerte de alguien que se quiere.

Eso no es un problema de esfuerzo individual sino una crisis civilizatoria que hemos decidido ignorar tanto en México como en todos los países industrializados del mundo.

El precio que nunca baja

Durante décadas, el capitalismo prometió que el mercado resolvería el problema habitacional (al igual que todos los demás problemas). Más oferta, más competencia, precios accesibles. No ocurrió. Los precios de la vivienda en México llevan años creciendo muy por encima de la inflación y del salario real. En Villahermosa, el precio promedio por metro cuadrado en colonias medias supera lo que un trabajador formal gana en varios meses. Y no hay señal de que eso vaya a cambiar.

La razón no es una falla temporal, es una falla estructural, y tiene varios motivos que se alimentan entre sí.

El primero es que la tierra urbana no se puede reproducir

Una fábrica puede hacer más teléfonos; nadie puede hacer más Coyoacán, más Condesa, más centro de Monterrey. El valor de esos suelos lo produce la inversión pública (el metro, las escuelas, la infraestructura) pero ese valor lo capturan privados que no lo generaron (pero que se aprovecharon de los impuestos de todos). Mientras eso no cambie, construir más vivienda no resuelve el problema: el suelo seguirá siendo el cuello de botella y el gran negocio.

El segundo motor es que la vivienda dejó de ser un bien de uso para convertirse en un activo financiero.

Los departamentos en las ciudades mexicanas no compiten solo con las familias que necesitan habitarlos: compiten con inversionistas que buscan refugio para su capital, con plataformas de renta turística que transforman vivienda habitacional en hoteles informales (Airbnb), con fondos que adquieren unidades para arrendar y capturar rentas permanentes (Blackstone y Vantage). Cuando la vivienda es inversión, su precio no puede bajar sin que alguien pierda patrimonio. Y ese alguien tiene más poder político que el joven que necesita un primer departamento. De este punto es que se desprenden problemas específicos como el encarecimiento de los materiales de construcción, las regulaciones a la vivienda cada vez más asfixiantes y la baja inversión en infraestructura pública que permite mantener la plusvalía de distintas zonas a la alta (explicando la falta de expansión de los sistemas de transporte colectivo, las carreteras, el desarrollo de nuevos núcleos de vivienda, entre otros).

Los que ya tienen casa, contra los que la necesitan.

México tiene una de las tasas de vivienda propia más altas de América Latina. Más del 70% de los hogares son propietarios. En otro contexto, eso sería un logro social. En el actual, es una trampa política. Esos propietarios, cabe señalar, no son resultado más que del reparto agrario (y posterior privatización de los ejidos), vivienda subsidiada (mayormente durante el milagro mexicano), y un fenómeno en extinción que es la construcción de grandes desarrollos de vivienda social.

Porque esos propietarios (en su mayoría clase media y adultos mayores) tienen un incentivo directo en que los precios sigan subiendo. Su patrimonio, muchas veces el único que tienen, está atado al valor de su casa. Cualquier política que abarate la vivienda los amenaza directamente. Y como votan más, como tienen más voz, como son el núcleo de la estabilidad política del país, ningún gobierno ha querido enfrentarlos.

El resultado es una democracia de propietarios que excluye estructuralmente a los no propietarios. Una minoría creciente (jóvenes, trabajadores informales, arrendatarios) que paga rentas crecientes, sin acceso a crédito suficiente, sin acumulación patrimonial posible, viviendo en condición que se parece cada vez más al feudalismo: trabajando para pagar el techo de otro, sin perspectiva de cambiar esa relación. No porque sean irresponsables, sino porque el sistema está diseñado para que así sea. Continuará: Esperar que alguien muera para poder vivir.

Las opiniones aquí expresadas son responsabilidad exclusiva de sus autores, y por ello no corresponden necesariamente con las de esta casa editorial ni de su sitio web.




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