OPINIÓN

INSTRUCTIVO PARA LEVANTAR LA CEJA
01/06/2026

La inteligencia artificial

«Ni yo puedo hacerte todas las preguntas, ni tú puedes darme todas las respuestas».

José Saramago


La ironía socrática, una de las herramientas más poderosas del pensamiento occidental, consistía en que Sócrates fingiera ignorancia para cuestionar las certezas de sus interlocutores. En lugar de imponer verdades, se presentaba como alguien que no sabía, obligando a los demás a justificar, profundizar y, en muchos casos, descubrir las debilidades de sus propias ideas. Esta aparente humildad era, en realidad, una estrategia brillante para despertar el pensamiento crítico y demostrar que las preguntas bien formuladas son más valiosas que las respuestas memorizadas.

Durante buena parte del siglo XX, la educación giró alrededor de la memoria. Se aplaudía al estudiante que recordaba las fechas, fórmulas o definiciones. Sin embargo, con el creciente acceso a la información, la inteligencia ya no reside en tener las cosas en la mente, sino en saberlas buscar. Esto se ha vuelto más evidente con los modelos de lenguaje grande, como ChatGPT o Gemini. Aunque suene trillado, el verdadero valor ya parece estar en saber formular preguntas antes que en conocer las respuestas.

Los sistemas de inteligencia artificial (IA) generativa funcionan de manera muy distinta a las tecnologías anteriores. La calidad de lo que producen depende enormemente de cómo se les pregunta. Una pregunta vaga suele generar respuestas superficiales; una pregunta precisa, contextualizada y crítica produce resultados mucho más útiles. Diversos estudios recientes sobre alfabetización en inteligencia artificial coinciden en ello: la interacción efectiva con la IA depende de la capacidad humana para estructurar problemas, contextualizar información y evaluar críticamente las respuestas obtenidas (Han, 2024).

La conversación y el cuestionamiento son ejercicios más importantes que nunca; a pesar de ello, su práctica ha sido desplazada. Hace apenas dos décadas, viajar implicaba conversar con otras personas. Para llegar a un sitio había que preguntar direcciones, evaluar alternativas, decidir rutas y construir mentalmente una imagen del entorno. Hoy basta con abrir un mapa en el celular y seguir instrucciones. La herramienta es extraordinariamente útil, pero también modifica procesos de desarrollo cognitivo. Diversas investigaciones en neurociencia han mostrado que la navegación automatizada reduce el esfuerzo intelectual asociado con la orientación espacial y la construcción mental del entorno. Cuando el algoritmo decide por nosotros, dejamos de preguntarnos cuál podría ser el mejor camino (Dahmani & Bohbot 2020).

Algo similar ocurre con la lectura. Leer exige imaginar. Obliga al cerebro a construir escenarios, voces, paisajes y personajes. Un libro nunca entrega imágenes completas; el lector debe generarlas mentalmente. En cambio, el video ya llega terminado. La música, el rostro, el color, el movimiento y hasta la emoción vienen prediseñados.

No significa que el video sea malo. El problema aparece cuando sustituye por completo a la lectura y a la imaginación activa. Algunos investigadores llaman a esto "externalización cognitiva", transferimos procesos mentales que antes realizábamos nosotros hacia dispositivos o algoritmos. La memoria, la orientación, el cálculo mental e incluso parte de la creatividad comienzan a depender de herramientas externas.

La inteligencia artificial podría acelerar todavía más este fenómeno. Muchas personas ya la emplean para resumir textos, redactar o resolver problemas. Y aunque la herramienta es excepcional para aprender, también pueden convertirse en una vía rápida para dejar de pensar. Se crea, entonces, un bucle en el que abusar de la IA atrofia el criterio y la falta de criterio hace más atractivo el uso de IA.

Paradójicamente, mientras más poderosa se vuelve la inteligencia artificial, más importante se vuelve la inteligencia humana para cuestionar, comparar, contextualizar y dudar. La IA está diseñada para siempre brindar una respuesta convincente, y ese es su peligro. Por eso, formular buenas preguntas y evaluar críticamente las respuestas será probablemente una de las habilidades más importantes del futuro. Investigaciones recientes incluso consideran que el prompt engineering (o ingeniería de instrucciones) es una nueva competencia esencial del siglo XXI (Federiakin et al. 2024).

Esto tiene implicaciones enormes para la educación. Tal vez el objetivo ya no debería ser únicamente brindar contenidos, sino enseñar a preguntar. Enseñar a distinguir una pregunta superficial de una profunda. Enseñar a detectar cuándo falta contexto, cuándo una respuesta parece lógica, pero carece de sustento, cuándo un problema está mal planteado desde el inicio. Y quizás lo mejor sea postergar el uso de herramientas de IA hasta que esté bien cimentada la lógica que exigen. Así como primero escribimos a mano antes de utilizar editores de texto, o aprendemos a dividir antes de tener derecho a las calculadoras.

Lo más bonito es que aprender a utilizar la IA no exige más entrenamiento que lo que mejor hacemos, o deberíamos hacer, como humanos: conversar. Saber comunicarnos, en toda la extensión de la palabra, es el acto de organizar nuestras ideas, empatizar con cómo podemos ser entendidos y mostrar curiosidad. Y el motor de la conversación es la pregunta. Por eso es tan peligrosa la desconexión. No perdemos únicamente la oportunidad de aprender de algo o de alguien; también dejamos pasar la pasión de cuestionar.

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